VULNERABILIDAD Y EMBARAZO EN ESTUDIANTES UNIVERSITARIAS

abril 9 2018

De acuerdo con datos de la última Encuesta Intercensal levantada en 2015 por el Instituto Nacional de Geografía y Estadística (INEGI), en México, las y los jóvenes constituyen un grupo de población numeroso (30.6 millones de personas entre 15 y 29 años), que requiere servicios médicos, empleos, oferta educativa suficiente y de calidad, entre otros para tener una calidad de vida adecuado. Esta realidad afecta de manera particular a las mujeres, quienes en muchos casos logran con grandes esfuerzos ingresar a las instituciones de educación superior, y afrontan retos que las colocan en situación de desventaja respecto de sus compañeros varones, y que las pueden orillar en un momento determinado a abandonar la carrera.

Uno de esos retos es el embarazo durante el transcurso de la vida universitaria. Desde siempre, resulta una estampa común ver a algunas alumnas acudir a sus clases y a sus actividades en un proceso de gestación avanzado, cargando un bebé, o acompañadas de un/a niño/a pequeño/a, lo cual representa una situación incómoda, que impacta en todas las áreas de su vida, y en su proyecto de futuro, y, sobre todo, que pone en riesgo su permanencia en las instituciones educativas de nivel superior. Ciertamente, no todas las jóvenes que se embarazan abandonan los estudios, y algunas, después de darse un tiempo para atender a su bebé, retoman sus actividades académicas, combinando así su rol de madres y de estudiantes universitarias.

¿Qué implicaciones tiene la maternidad en una etapa de la vida de grandes exigencias escolares, familiares y sociales? ¿Qué alternativas tienen para mantenerse en la universidad, aun bajo circunstancias que no resultan las óptimas para su desempeño académico? ¿Qué condiciones hacen posible que las jóvenes se embaracen en ese momento de su vida, justo cuando están definiendo su proyecto de futuro?

Examinemos algunos datos sobre embarazos en edades tempranas en México.

En primer lugar, resulta interesante que, en un momento en el que la educación sexual para niñas, niños y jóvenes se ha institucionalizado y alcanza prácticamente todos los niveles escolares en nuestro país, se observe un repunte en el número de casos de embarazos en mujeres menores de 19 años, ya que tanto el conocimiento sobre los diferentes métodos anticonceptivos, así como su acceso están ya garantizados desde hace tiempo, aunque no su utilización y su uso adecuado. De acuerdo con datos de la Encuesta Nacional de la Dinámica Demográfica (Enadid), entre los trienios 2006-2009 y el 2011-2013, la proporción de nacimientos en adolescentes pasó del 18% al 19.2% (INEGI, 2017). La misma Enadid del año 2010 ya consignaba que nueve de cada 100 mujeres entre 15 y 19 años tenían al menos un hijo o hija (citada en Universia, 2013).

Un embarazo temprano afecta a las jóvenes de todos los estratos sociales, aunque principalmente a las de escasos recursos. Durante mucho tiempo se consideró que estas últimas eran las más vulnerables por vivir en contextos de carencias educativas, familiares, sociales, laborales, culturales y económicas, es decir, donde impera la desigualdad social. Desde luego, las estudiantes universitarias no pertenecían, en principio, a ese grupo, pero en los últimos años, la realidad nos ha mostrado que también se encuentran expuestas a la posibilidad de un embarazo no planeado en un momento de la vida en el que resulta por lo menos inoportuno, y en el que ellas no cuentan con los recursos personales, familiares, económicos y sociales para hacer frente a tal responsabilidad.

Entendemos la vulnerabilidad como “la incapacidad de resistencia cuando se presenta un fenómeno amenazante…”, lo cual no permite a una persona o a un grupo de ellas, “anticiparse, hacer frente y resistir a los efectos de un peligro natural o causado por la actividad humana, y para recuperarse de los mismos” (Oficina de las Naciones Unidas para la Reducción de Riesgos de Desastre, 2015; Federación Internacional de Sociedades de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja, 2016). En este caso, nos referimos a una vulnerabilidad de tipo social que se refiere, sobre todo, a “la inseguridad e indefensión que experimentan las comunidades, familias e individuos en sus condiciones de vida a consecuencia del impacto provocado por algún tipo de evento económico-social de carácter traumático…” (Adamo, 2012). El embarazo en las mujeres adolescentes y jóvenes universitarias se puede considerar un evento que, en el momento en que se presenta, es siempre sorpresivo, y también traumático de muchas maneras, pues constituye una ruptura en el trayecto de vida que ellas mismas y sus familias habían trazado.

La vulnerabilidad se vincula principalmente con la falta de poder, misma que deriva en una capacidad disminuida para ejercer los derechos. En el caso de la población joven, la falta de poder les hace susceptibles de correr riesgos tales como abandonar los estudios, iniciar el consumo de sustancias, involucrarse en situaciones de violencia o enrolarse en bandas criminales, y tener embarazos tempranos, entre otros. Como puede inferirse, la vulnerabilidad no afecta de la misma manera a todas las personas, y también debe considerarse que los grupos son vulnerables debido a las condiciones sociales en las que viven, y en este caso particular, en una situación de desigualdad respecto de otros grupos, por el momento de la vida en el que se encuentran las mujeres jóvenes en nuestro país.

Mujeres y vulnerabilidad

A lo largo de la historia de la humanidad, las mujeres de todas las regiones del mundo han vivido en situaciones de vulnerabilidad en los ámbitos biológico, epidemiológico, social y cultural, lo que se traduce en un menor acceso a la educación y al trabajo asalariado, una mayor dependencia hacia los varones de la familia (quienes tienen la capacidad para tomar las decisiones relevantes para la vida de sus miembros), un menor acceso a la información (y por tanto, un menor nivel de conocimiento y de educación en general), un menor acceso a los servicios de salud (tanto preventiva como para el tratamiento de diferentes padecimientos), y una mayor toma de riesgos en salud sexual y reproductiva.

Es una realidad que en las últimas décadas en México el ingreso de las mujeres a las universidades y al mercado de trabajo ha aumentado considerablemente. Su incorporación a la educación también les da acceso a información y servicios de salud de mayor calidad, entre otros. Ahora bien, se ha considerado que un mayor nivel educativo de las mujeres constituye una situación que previene que se vean expuestas a distintos riesgos personales y sociales, como por ejemplo, la violencia de pareja, la deserción escolar, y desde luego, el embarazo no planificado. Esta condición de relativo privilegio –con respecto al grueso de la población– de un mayor acceso a la educación o con trabajo estable, sin embargo, no garantiza que éstas tengan mejores prácticas en el autocuidado de la salud.

Un embarazo temprano, entonces, afecta de forma importante el desarrollo personal y social de las jóvenes, y debido a la falta de cuidado que ya hemos mencionado, ellas pueden sufrir malnutrición, una mayor incidencia de aborto, partos prematuros y bebés con bajo peso al nacer, además de afectaciones a la salud de las madres, problemas en sus relaciones sociales, un escaso desarrollo cultural, y en un número considerable de los casos, abandono escolar.

Embarazo y riesgo de abandono escolar

Como ya se mencionó, un embarazo no deseado aumenta la probabilidad de que las jóvenes abandonen sus estudios universitarios y también pone en riesgo su proyecto de futuro pues deben modificar sus trayectorias escolares y profesionales, o bien aplazar sus planes de desarrollo académico, como puede ser concluir una licenciatura, estudiar un posgrado, desempeñar una labor en el campo en el que se han formado, por mencionar algunas. Ante un embarazo durante su formación profesional, las mujeres sólo ven dos posibilidades: abandonar la escuela y dedicarse al menos por un tiempo a la crianza y la educación de su hijo o hija, o bien mantenerse como alumnas, afrontando las dificultades propias de su condición, combinando sus estudios con las obligaciones maternas (Universia, 2013).

Los datos sobre embarazo en las estudiantes y sus consecuencias no son abundantes y es necesario rastrearlos en distintas fuentes, tanto de investigación como periodísticas (el tema en México surge, por ejemplo el 10 de mayo de cada año, con motivo de la celebración del día de las madres). De acuerdo con datos de la Secretaría de Educación Pública (2012), un embarazo o haber tenido un hijo es la cuarta causa de deserción escolar en jóvenes entre 15 y 19 años, y la tercera según la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo 2009, junto con matrimonio y unión en 12% de los casos (INEGI, 2009). En la población universitaria, se estima que entre 5 y 7% abandona por causa de un embarazo (De Vries, León Arenas, Romero Muñoz y Hernández Saldaña, 2011; Díaz Cárdenas, González Martínez y Ramos Martínez, 2010), y aunque no parece ser una proporción importante, para aquellas jóvenes que lo experimentan constituye una dificultad que hace que su permanencia en las instituciones educativas se ponga en riesgo, o bien que su ritmo disminuya por la necesidad de criar un hijo o una hija.

No es difícil imaginar entonces que, en caso de embarazo, las jóvenes deben hacer algunos ajustes en su estilo de vida. Por ejemplo:

• Surge la necesidad de trabajar para solventar sus estudios. La mayoría de ellas no laboran mientras cursan la carrera, pero las nuevas madres sienten la obligación de contribuir al sostenimiento de la familia, al gasto familiar y al pago de sus estudios.

• Tienen que planificar mejor sus traslados del hogar a la escuela y viceversa, y procuran evitar las horas pico para no sentirse incómodas en el transporte público, sobre todo en las etapas más avanzadas del embarazo.

• Padecen de falta de tiempo y de dinero para comer y dormir adecuadamente, lo que afecta su estado general de salud.

• Deben considerar a qué edad es conveniente que se separen del bebé para volver a clases, sea porque lo ponen en una guardería, o más frecuentemente, porque lo dejan al cuidado de otra mujer de la familia.

• Deben pensar si es pertinente asistir a clases con el bebé, y en qué horarios conviene hacerlo. No resulta extraño ver en los salones y otros espacios universitarios a las jóvenes cargando a sus bebés o a sus hijos o hijas pequeños.

¿Qué sabemos sobre la situación de las madres universitarias?

La literatura sobre el tema es aún escasa, pero algunos de los estudios localizados reportan que algunas estudiantes que se han embarazado y parido durante sus estudios superiores, han sentido rechazo y desconsideración de parte de familiares, profesores y amigos, así como soledad y vacío afectivo. Junto con lo anterior, su situación económica es difícil, y muestran un deterioro de su salud física, estrés y depresión; esta afectación de su salud emocional se acompaña de dificultad para comer y dormir (Estupiñán-Aponte y Vela Correa, 2012). El 18.7% de 418 estudiantes cubanas que participaron en un estudio publicado en 2013, reportaron haber tenido al menos un embarazo no deseado, dando como motivos una cultura inadecuada sobre educación sexual, y falta de control de los impulsos sexuales, con consecuencias sociales y psicológicas que se traducen en ver sus limitadas oportunidades de desarrollo y en una alteración abrupta de su vida (Morales Díaz, Solanelles Rojas, Mora González y Miranda Gómez, 2013).

Otras investigaciones mencionan también efectos como vulnerabilidad emocional, soledad, baja autoestima y poca claridad sobre su proyecto de vida. En síntesis, un embarazo no planeado en esa etapa de la vida, en opinión de Miller y Arvizu (2016) da como resultado para las jóvenes, trayectorias biográficas y escolares desacopladas del rol normativo supuesto por las instituciones de educación superior, así lo concluyeron después de una indagación que realizaron con alumnas de la Universidad Autónoma Metropolitana de la Unidad Azcapotzalco. Otros trabajos destacan el rol de las madres de las estudiantes, quienes constituyen un recurso valioso de apoyo para ellas, pues son quienes cuidan y atienden a sus hijas, y después también a los bebés, lo que no en pocas ocasiones permite a las jóvenes retomar los estudios (Preciado Cortés, Acuña Cepeda y García Rivera, 2005; Estupiñán-Aponte y Rodríguez-Barreto, 2009).

Ahora bien, no todo es negativo, pues también se ha encontrado que la maternidad, cuando es asumida positivamente, da como resultado una mayor productividad personal y las estudiantes encaminan sus objetivos al crecimiento profesional, para lograr un buen desempeño laboral (Estupiñán-Aponte y Vela Correa, 2012). Adicionalmente, cuando las jóvenes madres logran establecer una relación positiva con sus hijas o hijos, contribuyen a la formación de un vínculo seguro con ellos/as, lo que a ellas les da alegría y felicidad (Calesso, 2007 en Estupiñán Aponte y Vela Correa, 2012). Por otra parte, cuando las madres universitarias reciben el apoyo de la comunidad universitaria, hay un impacto positivo en el desarrollo personal y académico de ellas e incluso en el del bebé (Estupiñán-Aponte y Rodríguez-Barreto, 2009), aunque no siempre está exento de prejuicios. Desafortunadamente, se sabe poco sobre los apoyos que reciben de sus instituciones educativas, aunque en un estudio propio realizado con alumnas de la Universidad Autónoma Metropolitana Unidad Iztapalapa, las jóvenes percibieron el entorno escolar como amable, pero algunas reportaron también haber recibido comentarios negativos u ofensivos de parte de algunos profesores, y de compañeros varones; asimismo, les parece que la institución les provee de cierta seguridad, pero al mismo tiempo consideran que no facilita la estancia de aquellas que se embarazan.

Perspectivas de futuro

El embarazo en mujeres universitarias constituye un fenómeno que no ha sido suficientemente atendido, pues se considera como un tema de la vida privada de las jóvenes y sus familias. El impacto de un evento como este trasciende el ámbito personal para convertirse en una cuestión familiar y social, y por tanto, es responsabilidad de las sociedades y sus instituciones atenderlo y prevenirlo. Un descubrimiento en este terreno es el de que, aun cuando se piensa que hay información suficiente –e incluso excesiva– sobre sexualidad para la población infantil, adolescente y de jóvenes en nuestro país, también es cierto que su educación sexual y emocional tiene muchas deficiencias todavía. De ahí que las decisiones que toman en ciertos momentos de la vida, que no podemos decir que necesariamente sean erróneas, les toman desprevenidas o poco preparadas para afrontar las responsabilidades del cuidado y la crianza de los hijos.

Hay jóvenes que consideran que un embarazo es un evento catastrófico o por lo menos negativo en su curso de vida, pero aquellas que revaloran positivamente la experiencia, lo ven como una oportunidad para crecer, para madurar, para ser mejores personas, e incluso para volver a la universidad, concluir sus carreras, y desarrollarse en el terreno profesional, motivadas por dar un buen ejemplo y ser una guía para sus hijos e hijas. Es difícil, pues, ver el fenómeno en forma unidimensional, y más bien debe tomarse en consideración diferentes aristas, y desde luego, no abandonar su atención.

De modo que las mismas jóvenes, las familias, las instituciones educativas, y la sociedad en su conjunto deben tomar conciencia de que el embarazo temprano es una realidad en nuestro país, y que no debemos descuidar a aquellas poblaciones que, en apariencia, se encuentran protegidas y exentas de vulnerabilidad social, como es el caso de las comunidades universitarias. Madres, padres, profesores, servidores de la salud, y otros elementos de las redes sociales de las jóvenes debemos formar un frente común para prevenir que esos eventos se produzcan en momentos inadecuados, o bien para que ellas cuenten con las mejores herramientas para asumir la gran responsabilidad de la crianza y el cuidado de nuevos seres humanos.

Alicia Saldivar Garduño

Alicia Saldivar Garduño

Doctora en Psicología egresada de la Universidad Autónoma de México. Profesora investigadora de la Universidad Autónoma de Metropolitana – Iztapalapa
Alicia Saldivar Garduño
Compartir por Whatsapp:

Medios de comunicación y libertad de expresión


Sígueme en Twitter


Dirección: Av. Baja California No. 317, 2do. piso, Col. Hipódromo Condesa, Del. Cuauhtémoc, Ciudad de México, C.P. 06100 | Tel. 7159-4369

El Punto Sobre la i Facebook
El Punto Sobre la i Facebook
El Punto Sobre la i Facebook