Una nueva política para un nuevo Estado

diciembre 1 2017

Solo con una nueva forma de hacer política se podría llegar a un pacto entre actores políticos, sociales y empresariales para refundar el Estado mexicano. Pero no ha habido ni la disposición ni la voluntad en una mayoría de quienes han tenido en sus manos esa decisión, esa posibilidad, a lo largo de las últimas décadas. Sí ha habido proyectos, ideas, voluntades, pero siempre dentro de una minoría, siempre sin la fuerza para ejecutar esa gran reingeniería del sistema político, a la que en un tiempo le llamamos Reforma del Estado.

Sin embargo, la política y la ética dentro de la política son las únicas herramientas de transformación pacífica con las que contamos. Es urgente que podamos restituir toda la fuerza a estos instrumentos, reconociendo primero el nivel de degradación en el que se encuentran ahora.

Esa es la constante de toda la era de la llamada “transición democrática”1, que no llegó, o que no ha llegado, a una refundación auténtica del Estado. Sin embargo, es un hecho, que las minorías de todo signo, políticas y sociales, e incluso empresariales, reunieron talento y voluntad en un sinnúmero de ocasiones, y lograron mover a la mayoría, siempre resistente al cambio, para avanzar algunas transformaciones esenciales que sí cambiaron el rostro del viejo sistema hegemónico y anacrónico, que dominó la escena pública desde finales de los años veinte del siglo pasado hasta bien entrada la década de los años ochenta.

Estas reformas lograron ampliar y fortalecer derechos, consolidar la pluralidad política y rediseñar, crear y vigorizar algunas instituciones, como son las cámaras del Congreso de la Unión, los órganos autónomos del Estado, la Suprema Corte de Justicia, el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación, entre otras. Pero esto no ha sido suficiente y por lo tanto, subyace la sensación, la percepción en la sociedad, de que estamos más cerca de una crisis política generalizada, que del arribo a un nuevo Estado democrático y de derecho. Para argumentar lo anterior desarrollaré cuatro ideas y luego trazaré una conclusión muy sintética.

 

  1. Históricamente la mitad –dicho genéricamente– de las personas en nuestro país ha sido y es escéptica respecto a la política y a la capacidad de los políticos y de la política para transformar la realidad en un sentido positivo para la sociedad. Este es el Segmento A. 

 

  1. Históricamente la (otra) mitad de las personas ha pensado y piensa que es posible recuperar el Estado mexicano a través de la política. Este es el Segmento B. 

 

  1. Históricamente el mayor componente de este Segmento B, que es el Subsegmento B1, ha pensado y piensa que la ruta es retórica y ha ejercido y ejerce la política de manera tradicional con la pretensión — como anhelo o como simulación— de arribar a resultados mejores. 

 

  1. Históricamente, el componente minoritario del Segmento B, que es el Subsegmento B2, piensa que solo cambiando el modo de hacer política se puede arribar a estadios diferentes y mejores de desarrollo.

 1. Segmento A. Históricamente2 la mitad –dicho genéricamente– de las personas en nuestro país ha sido y es escéptica respecto a la política y a la capacidad de los políticos y de la política para transformar la realidad en un sentido positivo para la sociedad.

Para nadie es un secreto que la percepción del público hacia la actividad política es muy negativa, y en particular hacia los políticos profesionales, ya sean dirigentes partidistas, representantes populares o gobernantes.

La política y la situación política del país se han degradado en paralelo. Los grandes momentos de expectativa de cambio han surgido esporádicamente y se han evaporado como una constante. Los periodos de expectativa están registrados en la historia, en forma de fechas emblemáticas: 1968, 1977, 1988, 1997, 2000, 2006… y la decepción social está consignada en la historia cotidiana, con el desgano y el escepticismo de una gran franja social que conforma este Segmento A.

Pero, ¿por qué el hartazgo social? Este fenómeno, aunque se repite, va escalando silenciosamente. El riesgo inminente es un estallido social, pero aunque suene distante y retórico, esa posibilidad subyace en el imaginario colectivo.

El impulso democratizador de la sociedad se ha manifestado espasmódicamente durante décadas, y sin duda ha conseguido cambios positivos en el Sistema Político. Por ejemplo, se logró acotar al partido de Estado, se logró institucionalizar la pluralidad política, ampliar y consolidar derechos y libertades políticas y sociales; pero hemos fracasado en cuatro aspectos fundamentales: en erradicar el autoritarismo, la corrupción y el clientelismo y en reducir las brechas de desigualdad social.

Frente a esa realidad contundente, un promedio de un poco menos de la mitad de los ciudadanos3 se ha mantenido en el presente y a lo largo de la historia distante de los procesos políticos, de las elecciones locales y federales intermedias, y solo una mayoría concurre con mayor compromiso a la cita de cada seis años para elegir presidente de la República4, con la esperanza de que cambien las cosas. Pero más allá de los momentos electorales, la mayoría de las personas está escéptica y apática respecto a la política, y cuando se acercan a algún proceso de la “cosa pública” es simplemente para confirmar su decepción y su escepticismo.

 

2. Históricamente la otra mitad de las personas ha pensado y piensa que es posible recuperar el Estado Mexicano a través de la política. Este es el Segmento B.

Este segmento se compone de la llamada “clase política”, que incluye a los que todos entienden que son “clase política” (funcionarios públicos, dirigentes y militantes de partidos políticos, ministros, magistrados y jueces; integrantes de órganos autónomos, etc.) y también al ciudadano optimista que cree en el cambio y que quiere participar en él, con su voto, con sus redes sociales, con su candidatura, con su inserción en un espacio ciudadano dentro del poder público, etc.

Esta noción seguramente será controversial, sin embargo, esta idea ampliada de lo que es la “clase política” pretende hacer visible la complicidad en unos casos, y la corresponsabilidad, en otros casos, que ha existido, que existe y que tiende a fortalecerse entre una ciudadanía activasociedad civil organizada, ciudadanos comprometidos, militancias, empresarios vinculados al sector público y los gobernantes, los representantes populares, los jueces, magistrados y ministros, y los titulares e integrantes de los órganos autónomos.

Este segmento, compuesto por gente de buenas y de malas intenciones, por gente con principios y con ética y por gente sin escrúpulos, es el segmento que históricamente ha forjado este país, con sus directrices, sus orientaciones, sus políticas, leyes, reformas, campañas, votos, negocios, virtudes y miserias.

Todas las naciones se forjan en un mar de contradicciones, así de cruel y compleja es la dialéctica de la historia y México no es la excepción.

Este segmento es el que históricamente ha construido a nuestro país. Le debemos por igual que México tenga un pasado autoritario, pero también un presente más democrático; le debemos lo positivo y lo negativo de la transición democrática, la pluralidad política, la transparencia y la corrupción, los avances y los retrocesos, porque en ese segmento es donde se da la lucha real por el poder.

Aquí están los gobiernos, y los poderes en general, los partidos políticos, la sociedad civil organizada, las clientelas políticas, los contratistas, los proveedores de bienes y servicios, los opinadores, los empresarios e inversionistas; es decir, todos los jugadores que han tenido la capacidad de delinear lo que hoy es México.

En general, la llamada “clase política”, así, en sentido amplio, está convencida de la posibilidad del “cambio” a través de la política. Por cambio unos entienden hacer todo lo posible para mantener el estado de las cosas inalterado; otros, arribar al poder, suplantar a los que estuvieron en él y hacer lo mismo que los anteriores para favorecerse del poder. Otros también entienden el “cambio” como la inserción de un nuevo paradigma, de una nueva forma de hacer política, que nos impulse a evolucionar a una fase superior, más democrática, incluyente y sustentable del desarrollo.

Los más “duros”, obcecados y obsesivos de este segmento que a la “clase política en sentido amplio”, muchos de los que más poder o más riquezas alcanzan a acumular, dedican sus vidas a ello, muchas veces confundiendo su propia vida con sus afanes, e incluso destruyendo, a menudo, sus vidas y persiguiendo sus afanes, lo cual no deja de ser sorprendente y aleccionador.

 

3. Históricamente el mayor componente de este segmento B, que es el Subsegmento B1, ha pensado y piensa que la ruta es retórica y ha ejercido y ejerce la política de manera tradicional con la pretensión –como anhelo o como simulación– de arribar a resultados mejores.

Este segmento, aquí llamado arbitrariamente B1, es el que históricamente ha hecho gala del autoritarismo, la corrupción y el clientelismo político. Sea como inercia, o como “cultura”, este segmento ha hecho de estas prácticas añejas costumbres muy nocivas, y por eso están tan asentadas, en muchos espacios físicos del país –regiones, zonas, instituciones–, y en la mentalidad de la gente de conforma este subsegmento. Estas formas de hacer las cosas, de hacer “política”, lejos de ser derrocadas y desterradas por el pluralismo democratizador, lograron prevalecer e infectaron y corrompieron ese pluralismo; de tal suerte que uno de los saldos del fracaso de la llamada transición democrática ha sido, justamente, el hecho de que el autoritarismo, la corrupción y el clientelismo no desaparecieron, sino que se “pluralizaron.”

El monstruo, que combatíamos desde la pluralidad democrática, terminó por engullir dicha pluralidad, y reproducirse, a veces, con más fuerza, a través de ella. Si la corrupción y el clientelismo fueron alguna vez fenómenos de una sola tonalidad, es decir, ligados a un solo partido, al partido hegemónico del Estado, al PRI; hoy son claramente fenómenos policromáticos, ligados a todos los partidos políticos y a una gran porción de la sociedad.

Son esas maneras de hacer las cosas, con el mismo esquema político de siempre, por lo que no podemos despegar a una fase distinta de desarrollo, y observamos con frustración cómo es que la desigualdad social y económica del país se ha recrudecido5, porque el modelo político, es decir, la relación convivencial entre las distintas fuerzas y actores sociales, factores de producción y políticos, sigue siendo esencialmente la misma.

Siendo así las cosas, ¿por qué habrían de obtenerse resultados diferentes, mejores? Si no salimos de reproducir de manera persistente el mismo modelo del quehacer político. Este es el punto. ¿Cómo quienes integran el Subsegmento B1 pueden, quieren, o simplemente pretenden ser factor de cambio? La cuestión es que no pueden y en el fondo, no quieren. Este Subsegmento ha prevalecido, es plural y ha sido mayoritario durante toda la era de la llamada “transición democrática”.

Así lo demuestra el desempeño de los “nuevos gobiernos de todo signo” de esta era de la transición democrática, porque no han podido marcar grandes diferencias, ya que como hemos dicho y reiterado, reproducen el modelo clientelar, corporativo y autoritario que perpetúa la desigualdad social y la corrupción como condición inherente a la subsistencia del modelo mismo.

No solo se trata del modelo neoliberal, claramente anclado hacia la derecha del espectro ideológico, también el fenómeno se reproduce en esquemas que se han intentado desde los gobiernos de orientación de izquierda, a nivel local. Cierto es que los gobiernos locales están supeditados al modelo que ha prevalecido en el país y que sin duda es neoliberal, pero tampoco se ha observado en lo general, que la izquierda gobernante haya desterrado, ni quiera desterrar, los malos hábitos de la corrupción, el clientelismo, el corporativismo, ni tampoco el autoritarismo. Claro que hay excepciones, que son las menos y estas no han logrado prevalecer ni insertar en los espacios físicos del país –regiones, zonas, instituciones–, ni en la mentalidad de la gente una nueva cultura democrática y de ética política, indispensables para un cambio real de paradigma de desarrollo.

Otra característica intrínseca al viejo sistema político, donde todavía estamos atrapados, es el despilfarro de dinero. El afán por el derroche, la idea fija de que quienes entran al circuito de la “cosa pública” pueden, tienden y deben enriquecerse. De hecho la mayoría de las grandes fortunas en México se han construido históricamente al amparo del poder público.

 Los “nuevos gobiernos” de la transición6 no han acabado con los grandes sueldos para funcionarios públicos, incluidos los titulares y consejeros de los órganos autónomos del Estado, los ministros de la Suprema Corte y los magistrados de todos los Tribunales del país; ni con los recursos para las dádivas, que están camuflageados en forma de programas sociales, ni los grandes privilegios, ni los seguros médicos en instituciones privadas para los servidores públicos, ni la inmunidad procesal constitucional, mejor conocida como “fuero” para funcionarios de primer nivel y representantes populares. En fin, sigue bastante intacta toda la cadena de privilegio, y de impunidad que culmina en el ancla de la corrupción que no permite que nuestro país avance hacia el futuro, hacia el desarrollo sustentable, hacia la responsabilidad política, hacia la rendición de cuentas, hacia la transparencia, es decir, hacia un Estado democrático y de Derecho.

Otra forma de despilfarro ha sido el gasto en propaganda gubernamental.7 Vemos el derroche de las administracio nes de todo signo en los rubros de adquisiciones, productos y servicios; en contratos a particulares en un esquema de lealtades y complicidades, sin pasar por la calidad y la evaluación de los proyectos.

Tenemos un Estado debilitado, caracterizado por la inseguridad pública8, ahora penetrado por las redes del narcotráfico y la delincuencia organizada; la violación sistemática de los derechos humanos, la corrupción generalizada y una profunda crisis económica. También las instituciones de Seguridad Social se han ido debilitando, al igual que el nivel salarial, al tiempo que la pobreza y la desigualdad se han incrementado con rapidez.

Otro grave problema es que la reproducción del modelo que no nos permite evolucionar como país, no solo está en las esferas de gobierno y de la representación popular, sino que también está presente, de manera acentuada, en los partidos políticos que operan fundamentalmente en el esquema clientelar.

Hace unos años publiqué un libro titulado El sistema de partidos políticos en México: Un esquema residual del autoritarismo, en el que planteaba la necesidad de democratizar la vida interna de los partidos políticos a fin de generar y fortalecer la cultura democrática que pudiera cambiar de paradigma el quehacer de la política.

Desgraciadamente, en los partidos políticos se ensaya y se perfecciona el esquema clientelar del quehacer político. Se estimula el uso del dinero que normalmente proviene del erario público para la competencia interna; se premia al que ya está en el ejercicio de un cargo público y que puede administrar programas sociales para el reparto clientelar, al que logra un gran número de afiliaciones al partido por la vía de la compra de voluntades y coacción de las mismas, supeditando la entrega de beneficios gubernamentales –muchos de ellos diseñados para este propósito– a cambio de su “lealtad” partidaria. Muchos de estos personajes son los que “figuran posicionados en las encuestas”, hecho indispensable para que los partidos impulsen candidatos, sin importar la calidad política y la formación de los prospectos.

Esta “mecánica” partidaria relega las propuestas, el debate de las ideas y la comunicación social y estratégica de las mismas a un distante segundo plano. Pero quizás lo más nocivo de este modelo clientelar es que requiere de la desigualdad social, de la miseria y necesidad de la gente, para funcionar.

Sin duda este largo camino de degradación política mira hacia el pasado y ha extendido con éxito las prácticas del siglo XX hasta nuestros días.

 

4. Históricamente el componente minoritario del segmento B, que es el subsegmento B2, piensa que solo cambiando el modo de hacer política se puede arribar a estadios diferentes y mejores de desarrollo.

¿Cómo podemos hacer las cosas de manera diferente para arribar a resultados diferentes? ¿Cómo recuperar el Estado mexicano a partir de la política? ¿Cómo recuperar esa extraordinaria herramienta que es la política para arribar a un nuevo pacto fundacional de nuestro sistema político?

Hay que desterrar toda la inercia que he descrito líneas arriba, el autoritarismo, el corporativismo y el clientelismo, como caldo de cultivo para la opacidad, la corrupción, el despilfarro, el enriquecimiento inexplicable de funcionarios y ciudadanos proveedores amigos del gobierno y la impunidad, y mantengo la convicción de que en nuestro tiempo ya existe la posibilidad para lograrlo.

La crisis del Estado mexicano que vivimos, la enorme desigualdad que padecemos, el hartazgo social, la crisis económica, el debilitamiento de las instituciones de seguridad social, el deterioro salarial y el desempleo, la crisis de inseguridad en la que nos movemos día con día, las enormes catástrofes que padecemos año con año, y las nuevas plataformas de la tecnología digital y el conocimiento, nos brindan las condiciones para enterrar lo viejo y atrevernos a innovar en la praxis de la política.

Los días del nocivo esquema de hacer política están contados, y aunque pueden pasar todavía varios años en los que subsista este arcaico modo de hacer las cosas, el esquema llegará a su fin en la medida en que la era digital, sus plataformas y las generaciones que las impulsan, dominan y perfeccionan, acaben por desterrar estos males, para llevarnos a otro estado de cosas, en donde se recuperen las ideas, las propuestas y el conocimiento como pilares de una nueva etapa convivencial, la política pueda recuperar su dimensión ética y el Estado se reconstruya sobre bases racionales de desarrollo.

Este subsegmento B2 tiene que luchar incansablemente para prevalecer en todas las estructuras, en todos los espacios, en la mentalidad de la gente, para impulsar una cultura democrática genuina. Tiene que lograr que los principios y la lucha por las causas más sentidas sea una constante, que se haga costumbre. La era digital nos permitirá acabar con el clientelismo, a través de las plataformas digitales para votar en línea9, para participar cotidianamente en gobiernos y parlamentos abiertos, para castigar la impunidad e impulsar la transparencia y la rendición de cuentas como modo de vida.

Conclusiones

El presente artículo es más una reflexión que en un ideario. Pretende poner en el centro del debate una cuestión principal que todos obviamos. Es indiscutible que en la política siempre hay debate, ideas, confrontación de programas, proyectos, aspiraciones personales, orientaciones ideológicas, pero siempre nos olvidamos de algo esencial.

Olvidamos reflexionar sobre la manera de hacer las cosas, nos centramos en los proyectos y en los resultados inmediatos, en la lucha por el poder, en arribar al poder a cualquier costa, en arribar para luego cambiar, pero predomina el hecho de que la promoción del cambio, ha sido, y es sobre las premisas que tanto daño han hecho, sobre el mismo modelo, sobre la misma mecánica clientelar, corporativa, autoritaria… y la gran pregunta es: ¿Por qué tendríamos que arribar a un estado de cosas mejor y diferente, si hacemos todo igual que siempre?

Si todos transitamos por la ruta del clientelismo, del corporativismo, del autoritarismo, necesariamente nos allegamos a la opacidad, a la corrupción, al despilfarro, a compadrazgo y al largo etcétera, que nos impiden ser factores de cambio genuino y profundo.

Piensen por un momento que todos y todas seguramente hemos alternado nuestro tiempo en los cuatro segmentos conductuales que he tratado de describir. Hemos estado en la apatía y el desgano (segmento A), o en el entusiasmo de la participación cívica y política (segmento B), y dentro de esas ganas de participar, hemos estado en situaciones e inercias de reproducción del modelo de hacer las cosas, que es esencialmente nocivo (subsegmento B1), y también hemos estado en el subsegmento conductual ideal (subsegmento B2), que a mi juicio, es el que reúne al conjunto de personas que luchan por actuar diferente, con ética, con mística, con transparencia, con honestidad, con principios inquebrantables, con ideales, rechazando reproducir todos los esquemas que nos meten al laberinto de lo que estamos combatiendo, para tratar de arribar a un estado de cosas diferentes. Sin embargo, este subsegmento nunca ha prevalecido, nunca se ha consolidado como una mayoría que pueda generar una cultura democrática estable como forma de vivir.

Este es el reto que tenemos todos. Es urgente impulsar, desde un nuevo modelo de hacer política, las bases para transitar a un nuevo modelo de desarrollo cuyo eje básico sea el de la sustentabilidad, pero no lo vamos a poder hacer si seguimos reproduciendo el mismo modelo político nocivo que nos ha traído hasta la situación que vivimos actualmente.

Urge priorizar el cuidado y la atención que requiere nuestro planeta, nuestro medio ambiente y los recursos naturales, para lograr una convivencia armónica en el presente y hacia el futuro, entre la sociedad y su entorno a nivel comunitario, regional, nacional y global.

Es indispensable hacer énfasis en el desarrollo de capital humano, al tiempo de potenciar y fortalecer, la inversión pública –productiva y social–, en infraestructura como escuelas, hospitales, puertos, carreteras; infraestructura hidráulica, de telecomunicaciones, transportación y almacenamiento de combustibles; de protección social y de seguridad nacional; e impulsar una mucho mayor inversión pública en ciencia, tecnología, educación, salud y cultura.

Un esquema para el desarrollo sustentable integral de México requiere de austeridad en el gasto, reducción de recursos que se invierten en las actividades electorales y en las de propaganda gubernamental. Se requiere también de una lucha frontal contra la corrupción, y una aplicación a fondo de los preceptos de derechos humanos, de inclusión social, combate real a la pobreza, y la reconstrucción del Estado de Derecho.

Es urgente abandonar todo esquema clientelar y corporativo de hacer política, e invertir en la innovación, en la investigación científica y tecnológica, en las ideas, en una auténtica sociedad del conocimiento, en desterrar el Estado paternal, clientelar, machista y excluyente y construir un Estado igualitario, fundado en la ética y el conocimiento. Es indispensable repensar la república, impulsar un nuevo federalismo, lograr y consolidar un mejor nivel salarial para todas las personas trabajadoras, impulsar el fortalecimiento de la economía de los pequeños y medianos empresarios; exigir la reorientación de la política en el campo para garantizar la alimentación de los mexicanos con producción nacional, empoderar a la ciudadanía, garantizar la integridad física de los mexicanos en Estados Unidos, y de los migrantes en nuestro territorio.

Refrendar nuestra participación en las cuestiones políticas impulsando principios esenciales como lo son la austeridad, la transparencia y acceso a la información, la profesionalización del servicio público, el manejo escrupuloso de los recursos públicos, sean éstos administrados por el gobierno o por las organizaciones sociales; la erradicación de las prebendas y del tráfico de influencias, del nepotismo. Tenemos que impulsar como cultura cotidiana la rendición de cuentas, la continua fiscalización y evaluación periódica de la función pública y de la actuación de las organizaciones sociales, de los particulares proveedores de bienes y servicios de las instituciones públicas y de los órganos autónomos; impulsar la ratificación y la revocación de mandato, luchar permanente contra la corrupción, y por la desaparición de cualquier tipo de inmunidad constitucional o fuero, e impulsar la formación continua en la ética como parte esencial del modelo de convivencia.

 

 

 

 

1 La llamada transición democrática en México se ubica desde finales de la década de los ochenta hasta nuestros días.

2 Por “históricamente” me refiero genéricamente al periodo de la historia contemporánea de México, después de la revolución de 1917. Pero para efectos de las cifras serias disponibles en relación a la participación ciudadana hago referencia a datos del INE, que abarcan de 1991 a 2015.

3 42.19% ha sido la abstención promedio registrada por el INE de 1991 a 2015.

4 48.5% ha sido la abstención promedio registrada por el INE en las elecciones intermedias de 1991 a 2015, y de 34.31% ha sido la abstención promedio en las elecciones presidenciales registrada por el INE en el mismo periodo.

5 Son 53.4 millones de mexicanos quienes viven en la pobreza, y de estos 9.3 millones, en pobreza extrema según datos de Coneval 2016. Según datos del Reporte Global de Riqueza elaborado por Credi Suisse, en 2015, el 64% de la riqueza del país está en manos del 10% de la población más acaudalada. Según datos de Oxfam de 2015, México ocupa el lugar 87 de 113 países en desigualdad.

6 Algunos gobernadores y alcaldes están en la cárcel o prófugos de la justicia.

 7 Tan sólo en el gobierno de Enrique Peña Nieto se han gastado 37 mil millones de pesos en propaganda gubernamental, cifra equivalente a la cantidad de recursos que se invertirán en las primeras fases para la reconstrucción de las estructuras y viviendas dañadas por los sismos del 7 y 19 de septiembre de 2017. La expedición de la Ley General de Propaganda Gubernamental, reglamentaria del artículo 134 de la Constitución Política lleva atorada seis años.

8 La Seguridad está resquebrajada por la delincuencia común y por el crimen organizado quien establece cobros de “piso”, comete extorsiones, secuestros, trata y desaparición forzada de personas, y asesinatos, generando una grave crisis de derechos humanos que padecemos desde hace ya más de una década.

9 Para la elección presidencial de 2018 se registraron más de 80 aspirantes, por lo menos 40 de ellos han sido avalados por el INE. Tendrán 120 días para juntar 866 mil 593 firmas (1% de la lista nominal electoral nacional), y lo harán por la vía electrónica. Este es un claro ejemplo del avance y de la incidencia que tendrán en el presente y en el futuro inmediato las plataformas digitales en la participación ciudadana y en la política.

 

 

 

 

Ricardo Álvarez

Ricardo Álvarez

Maestro en Ciencia Política por la London of Economics and Political Scince (LSE) Secretario Parlamentario del Grupo Parlamentario del PRD en la Cámara de Diputados.
Ricardo Álvarez
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