Una izquierda sin cabeza… ni pies

abril 21 2019

Un artículo de Boaventura de Souza (2019), afirma que las izquierdas no reflexionan lo suficiente sobre las transformaciones sociales a su alrededor. Cuando están en el poder, su energía se centra en cualquier cosa que perturbe a éste, como bien sabemos que deben ser las exigencias cotidianas del capital y de la propiedad. Cuando no lo están, se enfocan en cuál de los diversos proyectos de las diferentes “tribus” y corrientes debe liderar y unificar a las facciones en pos de las siguientes elecciones.

El horizonte de visibilidad de la izquierda en general y a nivel global, es, por tanto, limitado por inmediatista. Esta incapacidad de reflexión, afirma el autor, hoy es suicida.

Por un lado, la derecha tiene mucha más capacidad para ello, por simple cuestión de números. Los intelectuales orgánicos de la derecha se encuentran prácticamente en todos los sectores de la sociedad: i.e., todos los operadores del sector financiero, todos los capitanes de la industria, los miembros de los think tanks, etc., y a ellos hay que agregar los intelectuales orgánicos oficiales, los que son promovidos por los medios: los Aguilar Camín, los Ciro Gómez Leyva, etc. en el caso de nuestro país, y sin olvidar además los intelectuales orgánicos en las academias científicas.

Jessica Feldman

Resguardo, óleo sobre lienzo, 150 x 150 cm.

En cambio, los intelectuales orgánicos de la izquierda se limitan esencialmente a los círculos de su militancia. Por otro lado, también afirma el autor, la izquierda ha sido incapaz de enarbolar e incorporar a las nuevas expresiones políticas provenientes de grupos juveniles emergentes que claman inclusión como los llamados ocupas, los indignados, y más cercanos a casa, los #YoSoy132. Todos ellos caracterizándose por una enérgica y espontánea, pero efímera y esporádica incursión en una política que por otro lado desdeñan y rechazan, dice.

El artículo ciertamente aporta a la reflexión. Dada la historia reciente que ha protagonizado la izquierda en nuestro país por ejemplo, la aseveración de de Souza es plenamente justificada. A la izquierda simplemente no se le da la reflexión, pues no tiene ni el acceso pleno, ni la pericia requerida para la obtención rigurosa de información, mientras que la derecha, por la absorción de la enorme producción de información que arroja el capital de forma cotidiana, reflexiona de manera constante.

Sin embargo, el tiempo de la izquierda se agota. Para de Souza, lo esencial para la izquierda en los tiempos que vivimos, de cambio climático inminente e irreversible y de agudización de la crisis del capital que conduce hacia una mayor polarización, es que ésta debe recuperar su razón de ser, y defender las demandas de sus bases tradicionales, pero hacerlo con una firme convicción anticapital.

De otra forma, no habrá bases que la distingan de la derecha a quien en el discurso dice oponerse. También debe incorporar y enarbolar, prescribe el autor, las demandas de esos nuevos movimientos sociales juveniles a los cuales la izquierda no ha sabido o no ha querido dar voz. Las tareas que el autor asigna a las izquierdas son claras, coherentes y congruentes con el propio discurso onírico de esa orientación. Sin embargo, puede ser que las expectativas del autor, al menos para con la izquierda mexicana, sean excesivamente optimistas.

El camino se mira largo y tortuoso, y no está muy claro si la izquierda mexicana esté dispuesta a abandonar su zona de “confort” como izquierda profesional; una zona que surge en términos generales en el mismo momento en que ésta es aceptada e inmersa en la democracia “real” del parlamentarismo. Los obstáculos que el capital podría interponer, hasta sus últimas consecuencias, ante cualquier estrategia por transformar la organización social y económica en un sentido humanista, que es lo que la izquierda debe representar, se avizoran descomunales e insuperables.

En primer lugar, si bien es cierto que la derecha pinta un escenario en el que “reduce la realidad a lo que existe”, como afirma de Souza, es fundamentalmente porque está convencida de ello. En cualquier otro escenario concebible, está bien consciente que no tendrían lugar ni su estatus social ni mucho menos los privilegios que tiene en éste1. No  habría lugar pues ni para la burguesía ni para la derecha.

Si bien el capitalista, en el artículo de de Souza (Ibid., 147) aparece como gente de bien, es porque la acumulación por la acumulación, con la consecuente distribución irracional de la riqueza, y el crecimiento incesante, no son meros artilugios del capital, ni maquiavelismos de los dueños del dinero, son sus condiciones de existencia mismas. El capital no puede concebir llevar a cabo una transformación que socave las bases que le dan sustento, la extracción de plusvalía y la depredación de los recursos naturales.

Por más “humano” y “verde” que aparezca, en la base de su existencia estarán, siempre, estas dos condiciones. Si algo nos enseñó Marx es que a final de cuentas, el único “costo” variable en el proceso de la producción es la mano de obra. El empresario no tiene más que una influencia relativa sobre todos los demás. No puede, por ejemplo, determinar, más que tangencialmente, los precios que establecen sus proveedores. En tiempos de crecimiento, para el capital en general y para el consumo en particular, el capital puede darse el lujo de presentar una cara “humana”, como bien afirma este autor, pero en las contracciones, la variable mano de obra es la primera a la cual se dirigen sus efectos.

Aunque la ecuación esencial del capital, esa que determina en el agregado y a nivel global, el equilibrio entre la explotación del trabajador/empleado y su capacidad de consumo/reproducción, está llegando rápidamente a sus límites, no está en la naturaleza del capital plantearse alguna alternativa diferente a la maximización e intensificación de esa ecuación, so pena de extinguirse (cfr. la Ley de Rendimientos Decrecientes). Los recursos naturales, por su parte, se consideran como posesión con la compra de la tierra en la cual se encuentran, sin necesidad de retribuir (al planeta, a los habitantes de los territorios adquiridos), compensación alguna por su extracción o el deterioro de su ambiente. De la derecha o del capital por tanto, no se puede esperar concesión alguna hacia una mayor racionalización de los recursos, sólo se pueden esperar simulaciones, como se infiere del artículo de de Souza.

La incapacidad de reflexión de la izquierda actual que refiere de Souza, entonces, también está ligada a que no hay otra forma concebible (tampoco para la izquierda) de pensar alternativas que no impliquen una férrea batalla con los dueños del dinero, del poder, y sus representantes, la derecha. Por otra parte, también es porque, en términos de recursos humanos, la izquierda no tiene cuadros con qué hacerle frente la derecha, pues éstos necesariamente siempre han sufrido de una deficiente formación.

No hay (salvo quizás en los países del llamado “socialismo real”) instituciones educativas comparables a las de derechas. En efecto, mientras los intelectuales orgánicos de éstas se forman en las instituciones de más alto nivel a escala global; Harvard, Oxfords, Cambridges y Yales del mundo, las izquierdas, en cambio, o bien se forman en la calle, en la práctica, o reflejan y transmiten las contradicciones y ambivalencias propias de las instituciones y organizaciones que mal que bien los forman, las cuales son antagónicas al medio en el que transcurre el diario devenir del capital, ya sea en el sindicato, en la bicéfala universidad pública, o en las organizaciones campesinas.

Estas contradicciones y ambivalencias son transmitidas necesariamente al accionar cotidiano de los individuos que forman parte de la izquierda, muchos de los cuales hoy conforman la sociedad civil, ya en la profesional, en partidos políticos y sindicatos, o como militantes y empleados en las llamadas “ONG” (aunque es de aquí de donde surgen algunas propuestas alternativas, como refiere de Souza), de creciente proliferación. Pocos son los obreros o campesinos, por ejemplo, que no alienten a sus vástagos a aspirar a una vida “mejor”, abandonando el campo o sus orígenes y ascender cuando menos un peldaño más en la escala social. Aún los militantes de cepa (líderes sindicales o políticos de izquierda) envían a sus crías a escuelas privadas y universidades extranjeras. ¿Cómo reproducir una conciencia de izquierda si se alienta a las futuras generaciones a que abandonen el medio que la produce?

Jessica Feldman

l you need is…, óleo sobre lienzo, políptico 60 x 240 cm.

Las tareas para la izquierda son claras y asequibles, siempre y cuando logre desterrar las dudas y ambivalencias que la han caracterizado durante buena parte del siglo XX, y retomar las causas y sobre todo las bases que le dieron origen. No puede la izquierda pensar en qué modelo de capitalismo es el menos malo, como acusa de Souza, o el más humano o verde. Debe trabajar, ya sea desde el poder o desde la oposición, para plantear alternativas de organización social y económica al capitalismo.

Ya hay movimientos que lo demandan (los juveniles mencionados arriba), e incluso movimientos que plantean verdaderas alternativas (de organización, de producción limpia y de consumo, ver artículo de de Souza, p. 164), pero tienen poca voz y resonancia en el ámbito de la política profesional, que es donde se ha refugiado la izquierda y donde parece sentirse más cómoda. Desde luego, hay mucha gente de izquierda, que no está en la política profesional y quizás son los que están planteando alternativas dentro de diferentes movimientos, algunos incluso en diversas ONG. Sin embargo, por la forma en que son (des) atendidos, es incierto si son absorbidos, quizás inadvertidamente, dentro de un mismo proceso de simulación.

Si hay algo que se puede plantear como una certeza, es que el capitalismo es inviable como organización social y económica de mujeres y hombres realmente libres, y siempre lo ha sido. Hoy es más evidente que nunca, como lo muestra la abyecta polarización social y la insostenibilidad ecológica del planeta, como lo apunta de Souza.

Es, y siempre ha sido, una tecnología social fallida, como afirma Sovacool (2010), desde sus inicios. Si bien revolucionó, por más de cinco siglos, la producción y la generación de riqueza, lo hizo en beneficio de los pocos, y a costa de la desposesión masiva y la depredación de los recursos naturales. Hoy, esto ya no es posible. Esperemos que la izquierda, donde quiera que esté, aquí en este país o en cualquier otro, piense más allá de la política profesional (o cuando menos que ésta es sólo una herramienta que sirva a la vocación de servicio, y no sólo como un “arte” o como un “juego político” [la real-politik, algunos lo llaman]), y esté a la altura de los retos que se le presentarán en los próximos años y décadas venideras.

 

 

Bibliografía

  De Souza Santos, Boaventura 2019. ¿Reinventar las izquierdas?. Accesado el 7 de enero, 2019, en  http://www.boaventuradesousasantos.pt/media/Reinventar%20las%20izquierdas.pdf pp 143-164

– Sovacool, Benjamin K. 2010. Broken by Design: The Corporation as a Failed Technology. Science, Technology & Society 15(1): 1-25.

 

 

 

 

Juan Escalante

Juan Escalante

Maestría en Estudios Latinoamericanos, estudios de Doctorado en Sociología, Universidad Nacional Autónoma de México. Actualmente académico de la misma institución.
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