Reformas profundas y medidas urgentes

Categoría: El punto es, EPSI16
enero 1 2015

La crisis que padece nuestro país es de grandes dimensiones, es de carácter estructural, y ha alcanzado prácticamente a todas las instituciones del Estado Mexicano, incluido el PRD, el cual está siendo sacudido fuertemente como en ningún otro momento  de sus más de 25 años.

Curiosa y paradójicamente no fueron las reformas privatizadoras en materia energética las que evidenciaron la existencia de esta crisis y que provocaron la movilización juvenil y social en diversas partes del país, sino los trágicos hechos de Iguala-Cocula en Guerrero.  Estos, al mismo tiempo que revelaron el enorme grado de descomposición, desde sus cimientos, del Estado Mexicano en su conjunto  (autoridades municipales, estatales, federales, ejército y policías, jueces, magistrados y ministros del Poder Judicial),  se concatenaron con los escandalosos  actos de corrupción de la pareja presidencial, con la falta de transparencia en las licitaciones públicas, y con la gran inconformidad social por la impunidad, la violación de derechos humanos, el deterioro de la capacidad adquisitiva de la gente y la falta de oportunidades para los jóvenes.

La radicalidad con la que se ha expresado este descontento y este hartazgo social, en no pocos casos; con acciones violentas y actos vandálicos que han aparecido como justificados ante la desaparición de los 43 jóvenes de Ayotzinapa, puso súbitamente al gobierno de Peña Nieto en un escenario tan complicado que durante semanas apareció pasmado, sin saber qué hacer y cómo responder. Fueron sorprendidos por esta ola porque nunca quisieron asumir lo que tanto les habíamos venido advirtiendo desde el PRD: que había demasiado pasto seco en la pradera social de la patria y que cualquier hecho que jugara el papel de chispa, podría encender el fuego.

Dualidad, Raúl Vilchis Huitrón, El punto Sobre la i

Dualidad, Raúl Vilchis Huitrón

Le señalamos en su momento al gobierno de Peña Nieto que lo aconsejable era hacer una reforma energética que no atentara contra la propiedad de la Nación como lo planteó el PRD, al mismo tiempo que era urgente la puesta en marcha de acciones públicas para incentivar el crecimiento económico único, un plan emergente de empleos, la elevación de los salarios en un porcentaje importante, y el combate puntual y visible contra la corrupción y la impunidad.

Que midieran, lo dijimos hace un  año, las consecuencias que tendría para el país la ruptura del Pacto por México del que tan importantes reformas habían resultado, y en el que el PRD no seguiría participando si se empecinaban en aprobar esa reforma privatizadora.

Ensimismados con los reconocimientos que el gobierno llegó a tener en el plano internacional (el “mexican momento” se hizo famoso y era motivo de presunción oficial), y con el significativo nivel de aceptación social que habían tenido reformas como la educativa, la de telecomunicaciones y la del sistema financiero, entre otras, no solo pusieron oídos sordos a nuestras voces preventivas, sino que permitieron que el crimen organizado siguiera ampliando su influencia territorial y en las instituciones  (como ya ha quedado ampliamente demostrado), lo cual está en la base de lo sucedido en Guerrero.

Y además se engolosinaron con el ejercicio fácil del poder, a tal grado que se les hizo cosa común y corriente caer en actos de desvergonzada corrupción como lo fue la licitación (fallida, por fortuna para el país) del tren México – Querétaro y su escandalosa vinculación con la “casa presidencial”.

Al conjuntarse estos hechos, la burbuja del “éxito peñanietista” se deshizo de la noche a la mañana y evidenció la dimensión (en profundidad y  amplitud) de la crisis estructural del sistema político mexicano. También situó al PRD en el peor de los mundos, en aquel en el que nuestros adversarios externos e internos soñaban con colocarnos para aniquilarnos, al aparecer como un partido  con vínculos con el crimen organizado, y a la corriente política gobernante (Nueva Izquierda) como supuesta “responsable principal” de esta situación; y no han desaprovechado la oportunidad para “cobrar facturas”.

Subrayo el carácter estructural de esta crisis nacional porque se equivocan quienes creen o  quieren hacer creer que su solución podrá darse a partir de medidas aisladas o superficiales para librar la coyuntura, y no con medidas de gran calado y trascendencia, tanto en el plano del conjunto de los poderes como en lo que corresponde a los partidos políticos, especialmente al PRD.

Más de 30 años de raquítico crecimiento económico profundizó el abismo de la desigualdad social, ensanchó las franjas de pobreza y privó  de oportunidades y esperanza a las nuevas generaciones.

Creció el papel de los poderes fácticos, de las televisoras, de las mafias sindicales y del crimen organizado, especialmente en regiones en donde el rezago económico y social es más claro.  Con todo ello también creció la corrupción (económica y política) y la impunidad; y se pudrieron las instituciones desde sus cimientos.

Todo ello incidió en el crecimiento de la drogadicción, en la disgregación del tejido social casi al parejo de los índices delictivos y de la violencia asociada al crimen organizado que empezó a controlar zonas extensas del territorio nacional, cobrando sus propios impuestos (“derechos de piso”), ejerciendo el monopolio de las armas y de la opinión pública. Este fenómeno se acentúo en las regiones más pobres y atrasadas del país, varias de ellas gobernadas por la izquierda representada en el PRD. Paradójicamente son regiones en las que la esperanza de la mayoría de la gente lleva a votar por nosotros, la izquierda, pero es allí donde el tejido social es más débil y el papel de las autoridades y de las instituciones estatales es más limitado, lo cual facilita la actuación de grupos delictivos que imponen sus propias reglas y se erigen como los agentes económicos determinantes.

Aunque no solo en esas regiones este fenómeno se ha acentuado;  también en el Norte y Occidente del país en virtud de que México se convirtió en territorio disputado  por las bandas criminales que trafican droga hacia EU o que la comercializan en el territorio nacional ante las mayores dificultades y prohibiciones que ha impuesto el gobierno norteamericano. Y si a ello le aunamos el proceso de acelerada descomposición de los policías y procuradurías estatales y de la república, así como del ejército, tenemos como resultado una situación que ha hecho crisis y que reclama soluciones de fondo.

¿Cuáles  debieran ser éstas?

Justamente las que están en la base, como causas de lo acontecido. Es decir, un modelo de desarrollo que no ha traído desarrollo para todos y que además no ha propiciado el crecimiento económico suficiente, ni la modernidad ni la competitividad requerida, con todas sus consecuencias sociales negativas, incluidas las del enorme rezago de un sistema educativo nacional obsoleto. Igualmente, un sistema político disfuncional, presidencialista, diseñado para el México de hace un siglo, y que se ha ido parchando cada vez que hay focos críticos; mismo que en su disfuncionalidad provoca la falta de controles institucionales para saber distribuir el poder en un México plural, contener a los poderes fácticos y combatir al crimen organizado y la corrupción.

México ha dejado pasar por lo menos dos grandes momentos para llevar al cabo esas reformas del modelo económico y del régimen político. La primera fue en el año 2000 al darse la primera alternancia política con Vicente Fox, pues fue un personaje que no entendió nada de esto y echó por la borda el bono democrático que el panismo gobernante tuvo en sus manos. En lugar de un gobierno de transición fue un gobierno de frivolidades.

La otra oportunidad, paradójicamente, fue con el regreso del PRI a la Presidencia de la República en 2012. El Pacto por México abrió un escenario esperanzador para las grandes reformas asentadas en una amplia agenda nacional y en voluntades políticas compartidas por las tres principales fuerzas partidarias.

Sin embargo, como lo dije atrás, pudo más la tentación del regreso al pasado que la vocación y la convicción renovadora con amor y compromiso por el país. Los grandes negocios y los poderes fácticos (especialmente el de Televisa) volvieron a imponer sus reglas de control, enriquecimiento ilimitado y de corrupción para debilitar y someter a un gobierno priista que parecía tener la sorpresiva capacidad de pasar a la historia al romper  con esos lastres nocivos. Las consecuencias están a la vista.

Ahora, la actual crisis recoloca de nuevo el tema. Y hay que empezar por acciones concretas con la mira puesta en las grandes reformas. El PRD ha colocado sus propuestas, sus cartas sobre la mesa, con emplazamiento a los tres poderes de la unión y a la sociedad en su conjunto, contenidas en un manifiesto a la Nación.

No se trata de reeditar el Pacto por México. No funcionaría. Se trata de lograr la participación constructiva de la mayoría, responsable de la patria, para empezar a resolver los problemas, apagar los fuegos y cerrar el camino a los que, con complejo de Nerón, quieren ver incendiado al país para aparecer como los salvadores y creadores “del cambio profundo”.

El PRD, por su parte debe también reinventarse, reformarse a fondo. Si la salida de Cuauhtémoc Cárdenas cierra un ciclo, hay que iniciar el otro de inmediato, abriéndonos a la sociedad, superando nuestras canibalescas reglas de convivencia interna, controlando a nuestros gobernantes, funcionarios y legisladores y combatiendo radical y frontalmente la corrupción en nuestras filas. Con miras al 2015 hoy más  que nunca se nos aplica la sentencia de “renovarse o morir”.

Jesús Zambrano Grijalva

Jesús Zambrano Grijalva

Fundador del Partido de la Revolución Democrática. Procurador Social del D.F. y Delegado en Gustavo A. Madero; Subsecretario de Gobierno, Ex Presidente del Partido de la Revolución Democrática, y actualmente Diputado Federal en la LXIII Legislatura.
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