Pueblo, poder y petróleo: la divinización de Hugo Chávez*

julio 1 2013

Aun cuando la enfermedad del Presidente Hugo Chávez ocupó la agenda pública desde su propio anuncio el 30 de junio de 2011, su muerte sorprendió a todos, generando un fuerte impacto psicosocial en la población venezolana.

Si bien muchas personas, grupos y organizaciones, especialmente sus seguidores, lo han experimentado como una gran pérdida a nivel personal, su muerte es un hecho social compartido por toda la población. Se trata de un duelo colectivo, no solo por tratarse de la muerte del Presidente de la República, sino porque su polémica presencia ocupó la atención nacional e internacional durante los últimos 14 años de polarización y conflictividad sociopolítica en Venezuela, sin contar la influencia ejercida en los años posteriores a 1992, cuando emergió a la esfera pública al dirigir un golpe de Estado.

Además de las fuertes expresiones de duelo colectivo registradas en Venezuela, antes y después del deceso del presidente Chávez, destaca también la sacralización de su figura a través de fotos, murales, videos, canciones, altares. Lenguajes, espacios de alegorías, rituales y cultos colectivos en torno a su liderazgo y a la “Revolución Bolivariana”, contribuyen actualmente la deificación de Hugo Chávez.

Hugo Chávez, ¿Dios, o el padre?

En la psicología de las masas, el culto representa un eslabón en la transformación de una doctrina política a una concepción del mundo, con la fuerza de una creencia. La creencia de las masas, su unidad y acción reposan sobre un misterio que funda su identidad y cuya verdad está más allá de la razón: “la divinización del padre y la resurrección de su imagen” sentencia el autor.

Dios, o el padre. Padre de la iglesia, padre de la nación, padre del partido y así sucesivamente. El culto al individuo progresa en la medida que el líder, convertido en un mito, se eleva por encima del común. El, rendido inmortal, se transforma en personaje de leyenda, perfecto, infalible. La deificación del líder puesta al servicio de una religión profana, así como la santificación contribuye a aquella de la religión sagrada, afirma Moscovici (1991).

Aparece lo religioso nucleando, generando identidad y sentidos comunes compartidos al colectivo. Se reconoce entonces una lógica psicosocial: la unicidad de creencia de sus miembros y su común participación en lo sagrado. Así, las masas, seguidoras del líder, unidas a través de la creencia, comparten, construyen objetos, lenguajes, espacios de alegorías, rituales y cultos colectivos, mientras la política que tiene por objetivo gobernar las masas: un partido, el pueblo, la nación, se apoya en una idea soberana: la revolución, la patria.

¿Y cómo se construye y mantiene esta conexión pueblo-líder?

 Ésta lógica identitaria sustentada en un discurso religioso en un contexto polarizado donde el Otro –el adversario político– es considerado enemigo, tiene en Venezuela un importante asidero: la fuerte implicación emocional e identificación con Hugo Chávez, líder y pueblo unidos en una lucha común por el reconocimiento, en la búsqueda de inclusión de masas desfavorecidas económica, social, cultural y políticamente durante décadas.

Pueblo que reconoce en el líder a uno de los suyos, que comparte la misma historia, lenguaje, formas de relación y afectividad, frustraciones y esperanzas del “mundo de vida popular” (Moreno, 2007). Líder que canta y baila música venezolana y de otros países, que cuenta anécdotas, chistes y leyendas populares. El líder, carismático caudillo-militar, de reconocidas habilidades comunicativas, además de ofrecerle visibilidad y reconocimiento como sujeto social, le ofrece protección desde un gobierno centralista y autoritario sostenido en un rico y poderoso Estado petrolero. Pueblo, poder y petróleo conforman la tríada que construye el hilo narrativo de una historia, donde el protagonista es el pueblo oprimido y engañado por las élites durante siglos.

Hugo Chávez es el pueblo, dicen las vallas de la ciudad. Él tiene la facultad de llevar a las multitudes que lo siguen a combates heroicos y sacrificios de vida. El moviliza manifestaciones de fuerza o de fe que apuestan a proyectos de futuro compartido. La religión civil (Giner, 1993) crea el sentido de “trascendencia” que supone el sacrificio de una vida, pero cuya trascendencia es colectiva.

Todo un cúmulo de emociones, energías y sumisión a la voluntad colectiva crea una atmosfera de drama y exaltación permanente que apela a las esperanzas y los sueños. Ahí es donde Chávez, apoyado en una poderosa estructura mediática nacional e internacional, aparece como un agente de salvación, de liberación, asociado simbólicamente a una “genealogía mítica”. Aquella que incluye entre otros, al caudillo Pedro Pérez Delgado “Maisanta”, bisabuelo de Chávez, y por supuesto a Simón Bolívar. Maisanta cabalga junto a Dios, Bolívar y Chávez en la reedición de las luchas que encadenan y oprimen al pueblo bolivariano (Arenas y Gómez Calcaño, 2000). Como venezolanos, “hijos de Bolívar”, la genealogía mítica establece a través de Chávez, un doble vínculo sagrado: la unión a través de Cristo y de Bolívar. Así, “la historia se replantea como relato de dominación de una clase sobre otra, pero dentro de la redención no es solamente la material, propia del marxismo, sino la cristiana. Cristo es el redentor, y de acuerdo con el líder, redentor de los pobres porque según su interpretación Cristo fue socialista” (Torres, 2012).

La conciencia mitológica y la épica que Salas (2001) reconocía en el vínculo entre Bolívar y la historia emergen nuevamente en Chávez, héroe nacional que viene a cumplir la misión redentora iniciada y no concluida por Bolívar. Historia sagrada e historia patria fundiendo sus espacios en un discurso histórico redentorista, que asigna a las nociones de libertad y opresión, connotaciones que trascienden la razón que guío originalmente a Bolívar en la lucha por la independencia.

Es el líder Chávez quien asume heroicamente en la tierra, el rol redentor, aquel de eliminar las injusticias del pasado, sanar una economía corrupta e ineficiente, procurar el bien, la justicia para los pobres y establecer el orden y autoridad de la nación. Esta lucha por el reconocimiento y su  traducción en innumerables programas sociales a favor de los pobres, adelantados gracias a un altísimo incremento de los precios del petróleo durante más de 10 años, viene a consolidar la fase redentora del populismo.

El Punto Sobre la i

Las promesas que se ofrecen no se expresan en el lenguaje de las políticas públicas, laicas y ciudadanas, sino como “misiones” que convocan a los sentimientos, al amor, y a la protección del líder, como bien destaca Torres, (2012): “Misión hijos de Venezuela”, “Misión Barrio Adentro”, “Misión en Amor Mayor”). Misión es un término que engloba lo cristiano y lo militar, y que alude metafóricamente al amor del líder por el pueblo, que forma parte de un cuerpo de la patria de la que el líder es órgano vital (“Chávez, corazón de la patria”, rezaba el lema de su última campaña presidencial de 2012).

La glorificación discursiva del pueblo y la convocatoria a su participación política propone transformar la desprestigiada, excluyente y represiva democracia representativa en una democracia participativa y protagónica.

Los conflictos sociales que genera esta participación, esta lucha por el reconocimiento y las significaciones asociadas a los fines y acciones comunes, se constituyen entonces en dogma, en imagen del poder divino o humano. Las condiciones de su ejercicio y la visión heroica, que nos constituye como herencia de la tribu y del ejército de libertadores comandado por Bolívar, sirve de nuevo para justificar una estructura de dominación y de exclusiones en su nombre (Torres, 2009).

Junto a la recuperación mitificada de la historia fundacional de la nación, se expresan odios y resentimientos. Los anhelos de justicia social; cambio y reconstrucción de la nación se hermanan con destrucción de lo instituido.

La sociedad se divide entonces entre el pueblo y sus redentores y los Otros: “oligarcas”, “apátridas”, expresión de un pasado que representa el mal, el enemigo a eliminar. Debido a que se vive la política como la confrontación entre proyectos de sociedad antagónicos, los adversarios políticos son construidos como enemigos del líder, del pueblo, de la patria, de la historia, de la revolución (Lozada, 2011).

De un lado Dios, Jesús, la vida y la resurrección, la revolución, y del otro el “diablo, la muerte. Pero ¿quién es el pueblo –el protagonista de esta resurrección– y quién Chávez? el héroe que acepto la cruz que debía llevar para redimirlo y da su vida como sacrificio:

Cristo dame tu corona, Cristo, dámela, que yo sangro, dame tu cruz, cien cruces, pero dame vida, porque todavía me quedan cosas por hacer por este pueblo y por esta patria, no me lleves todavía, dame tu cruz, dame tus espinas, dame tu sable que yo estoy dispuesto a llevarlas, pero con vida, Cristo, mi señor. (Plegaria de Chávez, el jueves Santo del año 2012, en ocasión de la misa de acción de gracias a favor de su salud, realizada en Barinas, su tierra natal.)

Chávez muere el 5 de marzo de 2013, luego de una dura lucha contra el cáncer durante más de dos años, lo que constituye una etapa cumbre de esta manifestación cíclica en la construcción del Chávez redentor de los pobres, Chávez redentor de los pueblos del mundo.

…En fin, estamos de nuevo aquí, constatando la vigencia de esta misión redentora y libertaria de Bolívar sacralizado en la sociedad venezolana. De nuevo frente al imaginario redentor de las tres divinas personas que continúa reconstruyendo y reforzando el poder en Venezuela: Virgen de Coromoto, Bolívar y Pérez Jiménez, en el ideario nacional de los tiempos de la dictadura; el de Cristo, Bolívar y Chávez en tiempos de la “revolución Bolivariana”.

Nuevamente la promesa populista que se trueca, como antes, durante dictaduras y gobiernos democráticos, en símbolo que apoya corruptelas civiles y militares, sostenidas en el Estado petrolero, mágico y magnánimo (Coronil, 2002).

Y, de nuevo, el culto al Petróleo; el llamado estiércol del diablo, “Mene” como llamaban los indígenas ese betún aceitoso que salía de las entrañas de la tierra, ese oro negro de la edad moderna que todo lo puede, que ha conformado buena parte del ser y deshacer de Venezuela. Si al inicio del siglo XX, se le cantaba y se le rezaba a San Benito, para calmar la fuerza de ese negro betún, a principios del XXI seguimos cantándole y rezándole al petróleo y a la imagen de Chávez para que resuelva los problemas del presente.

De nuevo el estatismo, el rentismo petrolero y el personalismo político, definiendo los ejes sobre los que gira la política en Venezuela.

Ahora la revolución, vuelta medios y espectáculo, y la promoción fragmentaria y desigual de la participación, configurando una nueva “geometría del poder”.

Hoy, la concentración absoluta de los poderes fundamentales del Estado, así como la prédica y práctica autoritaria orientada a intervenir y someter la economía, y la opinión pública en nombre del socialismo.

De nuevo en el terreno de discusión el tema constitucional y los riesgos que confronta la democracia en Venezuela.

¿Y qué será del chavismo convertido en una religión, con objetos, cultos, rituales y fieles?

¿Seguirá Chávez, líder muerto ejerciendo sus poderes para proteger y velar por las necesidades de la orfandad de un pueblo aún desprotegido?

¿Se trata realmente de masas, desarraigadas y ciegas seguidoras de sus jefes iluminados?

¿Es una necesidad de control del destino, en tiempos de incertidumbre ideológica y deriva institucional?

¿Se dedicarán aquellos autodenominados hijos de Chávez a acabar con su legado y las gloriosas luchas que escenificaba el héroe?

¿La lucha por el poder aumentará la represión ejercida sobre los críticos internos y los opositores?

¿Cómo es que la religión, que deriva de la palabra religare –que significa atender, mantenerse unido y una relación estrecha y duradera con lo divino– se traduce en prácticas opuestas –en su contrario: negligere que descuidan, socavan y desligan a distintos sectores sociales y políticos?

¿Qué referencias simbólicas pueden guiar la idea de consenso, reconciliación y unidad que apele al dialogo, debate y convivencia?

El Punto Sobre la i

No nos queda otra que profundizar la democracia, desde el respeto irrestricto a la Constitución Bolivariana de Venezuela. Y hacerlo en medio de una crisis política que el gobierno intenta superar sin reconocimiento ni diálogo con los representantes de la mitad del país que votó en su contra en las elecciones del 14 de abril, y descalificando o reprimiendo a partidos, gremios, sindicatos y organizaciones sociales que reclaman sus derechos.

Allí seguimos, situamos en el campo de las subjetividades e imaginarios sociales, pero también en el de luchas hegemónicas y contra hegemónicas que se libran en el campo de lo social, lo político, lo económico.

Allí andamos, con angustias y temores, y también con esperanzas y sueños, en la espera de un diálogo entre actores políticos que aborde los múltiples y urgentes problemas nacionales, favoreciendo la inclusión y profundización democrática en Venezuela.

* Las ideas presentadas en este artículo fueron expuestas más ampliamente en Conferencia Magistral en la VII Semana Internacional de Psicología Social. Universidad Autónoma Metropolitana-Iztapalapa, 20-24 mayo, 2013.

 

Bibliografía

  • Arenas, N y Gómez Calcaño, L. (2000). El imaginario redentor: de la Revolución de Octubre a la Quinta República Bolivariana. Temas para la discusión. No. 6. Cendes. Caracas.
  • Coronil, A. (2002) El estado mágico. Naturaleza, dinero y modernidad en Venezuela. Caracas: CDCH, Nueva Sociedad.
  • Giner, S (1994). La religión civil. En Diaz-Salazar y otros. Formas modernas de religión. Madrid: Alianza Ed.
  • Lozada, M (2011) ¿Nosotros o ellos? Polarización social y el desafío de la convivencia en Venezuela. En Lozada, M. (Coord) Polarización política y social en Venezuela y otros países. Experiencias y desafíos. Caracas: Centro Gumilla.
  • Moreno, A (2007) ¿Sumisión política versus liberación popular? : En Oropeza, A (comp) Radiografía psicológica de la sumisión política. Los libros de El Nacional. Caracas.
  • Moscovici, S. (1991) L´age des foules. París. Editions Complexe.
  • Salas, Y. (2001) La dramatización social y política del imaginario popular: el fenómeno del bolivarismo en Venezuela. En. Mato, D. Estudios sobre cultura y transformaciones sociales en tiempos de globalización. Buenos Aires: Clacso.
  • Torres, A. T. (2012) El liderazgo de Hugo Chávez. Notas para su comprensión. Diario TalCual. 15-12-2012.
  • Torres, A. T. (2009) La herencia de la tribu. Del mito de la independencia a la Revolución Bolivariana. Caracas: Editorial Alfa.

 

Mireya Lozada Santelis

Mireya Lozada Santelis

Doctora en Psicología por la Université de Toulouse, Francia; Magister en Psicología Social y Licenciada en Psicología por la Universidad Central de Venezuela.
Mireya Lozada Santelis
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