Progresismo en tiempos de crisis: ideas y diálogos en la Europa actual

marzo 1 2013

La crisis económica que inició en el otoño de 2008, y que al año siguiente mostró no solo el agotamiento de una dinámica económica insostenible, sino también del –paradójicamente– sustento académico que por años la enalteció, hereda sus efectos perniciosos sobre las sociedades del mundo hasta nuestros días. En contraste, la faceta financiera de ese sistema da señales ambiguas de recuperación y hasta provoca optimismo. El mundo real, ese de la economía que genera empleos y de las sociedades que se proveen a sí mismas de mecanismos para la protección de los excesos del mercado, todavía no retorna al camino del crecimiento que la sociedad requiere para detener la merma de bienestar.

Esta situación ya ha cumplido tres años, sus resultados no solo son indignantes sino conmovedores, sobre todo en una zona el mundo donde se sentaron las bases del sistema económico y del Estado de bienestar: Europa. Las cifras son ahora muy conocidas y no dejan de escandalizarnos como observadores de un proceso de aplicación de soluciones que en México y en América Latina son déja vu, y que conducen a la pregunta ¿qué camino seguir?

El problema de fondo sigue siendo un debate de economía política: cómo funciona el sistema es también cómo se distribuyen los costos y las ganancias en la sociedad. Hay quienes señalan que –en el fondo– toda teoría económica es economía política; por ende, es un asunto de ideas y tradiciones del pensamiento. ¿Cuál es la respuesta del pensamiento progresista a los desafíos de la crisis económica y social?

El Punto Sobre la i

Las enseñanzas de la gran crisis económica mundial anterior – aquella que se data a partir de 1929 y cuyo fin sigue siendo sujeto de polémica– dieron lugar a un pensamiento y adopción de políticas económicas y sociales producto de una negociación entre actores políticos y económicos, a niveles nacionales e internacional, que condujeron a un cuarto de siglo de expansión de la riqueza y aumento del bienestar de grandes proporciones de la población en el mundo. No obstante, el costo oculto más grave fue la devastación de los recursos naturales que contribuyeron a ese inédito crecimiento del producto y del producto per cápita. ¿Qué lecciones tomar de esta experiencia?

Sociedades democráticas requieren soluciones en ese mismo sentido. Los problemas de desempleo, precariedad, inseguridad social, pobreza, etc. que la crisis ha generado o acentuado deben encontrar una respuesta que tenga respaldo de la sociedad por vías democráticas. Tomar decisiones respecto a cómo superar las partes más profundas de una crisis no pueden ser sometidas constantemente a plebiscito, pero quienes tienen la capacidad de tomar esas decisiones sí deben hacerlo con la legitimidad democrática que da la representación política. En función de las particularidades de los sistemas políticos nacionales, al elegir Ejecutivos y Legislativos las sociedades eligen implícitamente maneras de orientar (o no) procesos económicos con mayor o menor perspectiva social. ¿Qué hacer para alcanzar esas posiciones de toma de decisión y administrar ese sistema económico y político?

Al estallar la crisis, previéndose sus efectos o empezando a constatarlos, las preguntas anteriores –y claro, muchos otros más– empezaron a formularse de manera creciente en círculos políticos, sindicales, sociales, académicos, de corte progresista en Europa y todo el mundo. Las respuestas (buenas y malas) han empezado a darse de forma gradual en dos áreas específicas, aunque en ninguna de ellas la formula ha mostrado un éxito avasallador: por una parte, la arena política cuya representación son los resultados electorales recientes en países europeos; por la otra, la aceleración y profundización de diálogos sobre cómo transformar el sistema desde una posición progresista.

Sobre la primera de las arenas, la político-electoral, anteriormente El punto sobre la i ya había publicado dos artículos que analizan estos panoramas (Thomas Manz “¿El fin del sueño Europeo?”, mayo 2012; y Gabriel Delgadillo “Elecciones francesas”, septiembre 2012), y muy recientemente Joseph E. Stiglitz afirma que “las políticas de austeridad que han implementado [los líderes europeos] están siendo rechazadas por los votantes” (en “¿Qué está diciendo Italia?”, marzo 2012 en Project Syndicate).

La otra área, la del análisis del pensamiento de la economía política, es aquella que se pretende explorar a continuación: los últimos tres años han atestiguado un incremento de encuentros entre políticos, académicos, sindicatos y sociedad civil para discutir nuevas ideas que pueden hacer remontar la crisis. Ejemplos valiosos de ellos –no obstantes que sus enfoques se centren más en lo económico o lo político– son Die Zukunft der Sozialdemokratie, número de Internationale Politikund Gesellschaft (4/2010, FES-Dietz, Bonn); Decent Capitalism. A Blueprint for Reforming our Economies de Dullien, Herr y Kellermann (2011, Pluto Press, Londres); The Future of European Social Democracy. Building the Good Society, coordinado por Meyer y Rutherford (2012, Palgrave MacMillan, Londres); y la Declaración de Berlín “Cambio de curso – Por una vida digna”, resultado del congreso mundial de diciembre pasado, convocado por el sindicato alemán del sector industrial-metalúrgico IG Metall.

Lo primero que llama la atención es la introducción de adjetivos calificativos a todos estos sustantivos: decente, bueno, digno; contrastando con la tendencia de una forma de pensamiento político y práctica económica que buscó neutralizar el lenguaje en una pretendida asepsia ideológica. Puesto de manera muy simple y veloz, los tres términos están profundamente vinculados entre sí porque el capitalismo decente es el sistema económico basado en el crecimiento estable, la equidad y la sostenibilidad medioambiental, que permite construir una buena sociedad, que se traducirá en una vida digna (del original en alemán gutes Leben).

El capitalismo decente es la meta económica de un sistema que provea satisfactores a más gente, un sistema menos conducido por las crisis y más sustentable que las distintas formas de capitalismo que hoy se conocen y operan. Lo primero que hace esta propuesta es derribar el mito del “sistema natural” dado que hoy priva, y subraya el origen socialmente construido del paradigma, indicando que debe recuperarse la lógica de negociaciones políticas y sociales de largo plazo –claramente basada en valores como el trabajo y la distribución–. Teniendo la equidad como pilar, y en congruencia con el sentido de sociedades democráticas, la política del capitalismo decente es la buena sociedad. Ésta es un objetivo político impulsado por el manifiesto Construyendo la Buena SociedadEl Proyecto de la Izquierda Democrática por Cruddas y Nahles (8 de abril de 2009, http://www.feslondon.org.uk/fileadmin/ downloads/goodsocietyenglish. pdf) que aboga por políticas democráticas (“porque solo la libre participación de cada individuo puede garantizar verdadera libertad y progreso”), colectivas (“porque se basa en el reconocimiento de nuestra interdependencia y el interés común”) y plurales (“porque es sabido que de una diversidad de instituciones políticas, formas de actividad económica e identidades culturales individuales, la sociedad puede derivar la energía e inventiva para crear un mundo mejor”).

El Punto Sobre la i

Estos dos conceptos se están discutiendo día a día en foros europeos progresistas, procurándose la construcción de una agenda para fortalecer las categorías con políticas económicas y sociales en el marco de los sistemas políticos democráticos de cada país, así como el que provee la misma Unión Europea. Es importante para el observador transatlántico que estas fuerzas en el viejo continente reconocen la importancia del internacionalismo de su idea económica y política; para empezar, superan la tradicional diferencia trans-Canal de la Mancha. Tanto en Europa continental como en las islas británicas se realizan interesantes esfuerzos de análisis y discusión de programas que den lugar a nuevas políticas. En Bruselas se recrean estos ejercicios con intensidad aprovechando la ciudad-nodo donde convergen, en mayor o menor medida, representación de todas las fuerzas europeas: políticas, sociales, empresariales, sindicales, etc.

Puesto que gran parte de las causas de la crisis económica que hoy arrastra a las economías se deben al libérrimo y agigantado sector financiero, éste es objeto central de la atención de los ejercicios de reflexión: diagnósticos de la ruta de colisión que condujo al estallido de la crisis, evaluaciones de la situación actual, propuestas para volver a regular el sector y orientarlo hacia una dirección productiva y redistributiva; iniciativas sobre como tasarlo para que –cuando menos– pueda cubrir los costos de sus propios efectos directos, etc. Por otra parte, se discute la opción de impulsar actividades productivas con base en el imperativo de mitigación y adaptación al cambio climático, que se estima una enorme oportunidad para la reactivación de capacidades productivas: capital, trabajo e innovación. Obviamente, el otro gran tema a discusión –tal vez el más emblemático de los debates en economía política– es el papel del Estado en el entorno actual, y sus posibles reformas para un capitalismo decente y una buena sociedad. El principio es claro: no se trata de regulación excesiva e intervención estatal de todo tipo a toda escala, sino en las áreas y con actuaciones necesarias, señalando reglas para los mercados e incursionando con mecanismos de corrección en materias esenciales como el dinero, el trabajo y la naturaleza.

El Punto Sobre la i

En conclusión, las respuestas a las preguntas que se plantearon al principio de este texto empiezan a bosquejarse desde el campo de las ideas. Europa se esmera en sentar las bases para tener un nuevo norte ideológico y práctico, tratando de proponer un nuevo sistema de valores para una política y una economía distinta de las versiones de hoy. El desafío actual para los partidos políticos europeos es transmitir a los ciudadanos el mensaje de esta reflexión en curso, subrayar qué se tiene en mente y que se trabaja en una transformación económica y social. La tarea es hacer explícito que hay alternativas viables al modelo de crisis, y que la manera de acceder a esos cambios es mediante procesos democráticos, a través de los instrumentos electorales que cada país tiene previstos. Sugerir otros mecanismos, aunque puedan suscitar entusiasmo, son de entrada rechazados mayoritariamente por la población y por tanto se cierran el camino a sí mismos. El modelo democrático, aunque imperfecto y a veces lento, sigue siendo preferible a otros. Lo importante es una democracia de calidad donde el ciudadano pueda tomar decisiones con la mejor información posible sin perder la esperanza de que esa transformación progresista de la sociedad, la política y la economía, aún sea posible.

 

Zirahuén Villamar

Zirahuén Villamar

Académico de la Facultad de Economía de la Universidad Nacional Autónoma de México y candidato a Doctor en Ciencia Política por la Universidad Libre de Berlín
Zirahuén Villamar
Compartir por Whatsapp:

Dirección: Av. Baja California No. 317, 2do. piso, Col. Hipódromo Condesa, Del. Cuauhtémoc, Ciudad de México, C.P. 06100 | Tel. 7159-4369

El Punto Sobre la i Facebook
El Punto Sobre la i Facebook
El Punto Sobre la i Facebook