Política exterior estadunidense ¿Una estrategia de seguridad nacional?

octubre 1 2017

En el contexto actual resulta fundamental analizar la política exterior y de seguridad y defensa de un país que, desde hace más de medio siglo, se ha posicionado como el hegemón político, económico y militar. Es por ello que a lo largo de este artículo haremos un breve recuento histórico de las características de la política exterior estadunidense, así como de sus lineamientos de seguridad y defensa, haciendo énfasis en los valores que pretende promover y los intereses que hay detrás. Nos enfocaremos en la última mitad del siglo XX y lo que ha transcurrido del siglo XXI; sin embargo, tendremos que hacer breves referencias a cuestiones anteriores para darle contexto y sentido a lo expuesto.

La hipótesis que trataremos de verificar a lo largo de este escrito es que Estados Unidos (EU) utiliza su política exterior como una extensión de su política de seguridad y defensa, mostrando un discurso idealista por necesidad, pero realista por convicción al momento de actuar ─sin importarle el medio─ contra alguna amenaza que podría poner en riesgo lo más importante para el gobierno estadunidense, es decir, sus intereses y su soberanía.

Comenzaremos afirmando que, desde la independencia de las 13 colonias inglesas en 1776, los padres fundadores de la nación estadunidense (George Washington, Thomas Jefferson y Alexander Hamilton) señalaron que los principios rectores de la nueva nación serían la libertad, la igualdad y la justicia. Estos valores se adoptaron por convicción y con el paso del tiempo adquirieron importancia al grado de convertirse en el eje rector de la política exterior.

En primera instancia, el pueblo estadunidense aceptó como ideología lo expuesto por los propios padres fundadores, quienes retomaron la tradición humanista escocesa al considerar que la práctica de los valores y la moralidad propiciarían el bienestar nacional; en este sentido, todo aquello que contraviniera dicha meta, incluyendo las intervenciones extranjeras, debía desaparecer. Esta creencia se puso en práctica una vez que el presidente James Monroe declaró en 1823 que “[…] los continentes americanos, por la condición libre e independiente que han asumido y que mantienen, ya no serán considerados como sujetos de futura colonización por ninguna potencia europea”.1

La cita anterior, mejor conocida como Doctrina Monroe, fue más allá del simple interés por proteger el territorio estadunidense, puesto que, para el gobierno de Monroe, era de vital importancia evitar cualquier intromisión europea en el continente americano. Este supuesto interés por la independencia de las demás naciones de la región fue el pretexto perfecto para comenzar una política exterior expansiva.

Ahora bien, para afianzar la Doctrina Monroe y dotarla de legitimidad, particularmente ante la sociedad estadunidense, en 1845 John L. O’Sullivan publicó un artículo en el que reafirmó una prerrogativa de su nación: “[…] el derecho de [su] destino manifiesto a [expandirse] y poseer todo el continente que [les] ha dado la Providencia para desarrollar el cometido de libertad y de gobierno autónomo federado que se [les] ha confiado.”2 Este fragmento se denomina Destino Manifiesto y, al igual que la Doctrina antes señalada, es una justificación del expansionismo estadunidense pero ahora sustentado en la voluntad divina.

Es así como EU se presenta ante el mundo como el pueblo elegido por Dios para inculcar en las demás naciones los valores que permeaban el imaginario colectivo  estadunidense, es decir, libertad, igualdad, justicia y democracia. Sin embargo, el país no solo adquiere un papel de guía, sino de policía mundial para velar por la aplicación real de los valores y para sancionar a aquellos que incurran en alguna falta. Bien lo expresó Alfred Thayler Mahan, oficial naval e historiador estadunidense, al decir que “[…] si la guerra es un remedio a males mayores, especialmente los males morales, la guerra se justifica, en cuanto se justifica como un elemento de progreso humano… una guerra honesta es evidentemente una ley de progreso.”3 Por si fuera poco, la sociedad estadunidense estaba de acuerdo con la nueva proyección del país porque creían en la supremacía de los ideales democráticos y se concebían como una sociedad excepcional, “la nueva Israel”, “la ciudad en la colina”.

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Es verdad que, a finales del siglo XIX, EU mantenía un carácter aislacionista parcial y tenía presencia mundial limitada,4 a pesar de poseer una ideología política hacia el exterior bien definida. Sin embargo, esta situación no fue arbitraria, más bien fue una estrategia para consolidarse, en primera instancia, al interior tras la Guerra Civil, y después salir al mundo con todo el peso de una gran nación. Una vez logrado el primer objetivo, el país decidió abandonar su aislacionismo y proyectarse al orbe debido, según Henry Kissinger, a su creciente poder y al desplome paulatino de un sistema internacional eurocéntrico.5

En efecto, la decadencia de Europa como consecuencia de los constantes conflictos bélicos que se desarrollaban en su territorio, especialmente las dos guerras mundiales, le permitió a EU presentarse en el viejo continente como un “salvador” que obtuvo importantes ganancias económicas y geopolíticas. En el caso particular de la guerra de 1914, su participación fue una estrategia para favorecer el crecimiento de su producción armamentista y, por ende, de su economía (entre 1914 y 1920, el Producto Interno Bruto creció en un 142.4% al pasar de 36.8 billones de dólares a 89.2 billones6). Este argumento muestra que la verdadera intención del gobierno estadunidense al autorizar la intervención en Europa no fue ayudar a los países devastados para que restablecieran gobiernos democráticos que promovieran la igualdad, la justicia y la libertad, sino ganar recursos económicos y aliados que le permitieran impulsar su estrategia de desarrollo hacia el exterior.

Cabe señalar que, a finales de la primera década del siglo XX, el presidente Woodrow Wilson intentó mostrar un gobierno interesado en mantener la paz y la seguridad internacionales a través de sus 14 puntos y de la propuesta de crear una Sociedad de Naciones, la cual se constituyó, pero sin la participación de EU. Desde nuestra perspectiva, esto muestra que los intereses particulares de “la ciudad en la colina” no son precisamente los que han enarbolado desde su independencia, sobre todo porque a finales del siglo XIX ya se percibía un interés que trascendía sus fronteras, mismo que se acentuó cuando decidieron no participar en la Sociedad de Naciones para evitar, entre otras cosas, someter al arbitraje o a la investigación de dicha instancia cualquier asunto vinculado con su política exterior.

Este ha sido el proceso de conformación del imaginario colectivo estadunidense que le da sentido y cause a su comportamiento como uno de los actores internacionales más importantes. Ahora conviene estudiar la particularidad de cada una de las directrices de política exterior que se delinearon a partir de que cayó la cortina de hierro ─expresión utilizada por el Primer Ministro británico Winston Churchill en 1946 para referirse a la división política e ideológica que se enraizó en Europa al terminar la Segunda Guerra Mundial─, rescatando los elementos más importantes y analizándolos, por un lado, como un discurso y, por el otro, como una estrategia concreta y real.

La Segunda Guerra Mundial fue el evento que, más allá de su carácter catastrófico, le dio a EU las herramientas necesarias para convertirse en un hegemón del sistema internacional; empero, esta supremacía era compartida, y al mismo tiempo disputada, con la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), hecho que derivó en un período de gran tensión denominado Guerra Fría. Fue precisamente por esta coyuntura histórica que la política exterior estadunidense dio un giro al sustituir el aislacionismo y la neutralidad por una intervención más clara que encontraba en su tradicional discurso moralista una justificación. A partir de este momento, el comunismo soviético se presentó como el enemigo a vencer.

En este nuevo período de las relaciones internacionales construido a partir de un conflicto bélico mundial, el gobierno estadunidense vinculó aún más su política exterior con la de seguridad y defensa, sobre todo porque los peligros ya eran de alcance global. En ese sentido, el presidente Franklin D. Roosevelt señaló que

es principio fundamental que la política exterior de [su] gobierno esté en manos del Departamento de Estado. También se acepta el hecho de que la política exterior de un gobierno dependa, para su aceptación por otras naciones, de la fuerza naval y militar que está detrás de éste […].7

Ahora bien, a pesar de que antes de la Guerra Fría existieron lineamientos de política exterior como la Doctrina Monroe, fue hasta que apareció el comunismo como una amenaza real, o construida –como afirman algunos expertos en la materia–, que se elaboraron más postulados que mostraron los verdaderos intereses del gobierno estadunidense en materia de política internacional. El primero de ellos fue la Doctrina Truman, la cual derivó de un discurso que pronunció el presidente Truman el 12 de marzo de 1947 en el que se refirió a la lucha entre dos modos de vida: uno basado en la voluntad de la mayoría y que se caracteriza por un gobierno representativo, instituciones y elecciones libres, garantías a la libertad individual, de expresión y de religión y libre de toda opresión política. Y, un segundo, basado en la voluntad de una minoría que se impone por la fuerza a la mayoría. Un modo que depende del terror y la opresión, de medios de comunicación controlados, de elecciones poco fiables y de la supresión de las libertades personales.8

Esta doctrina pretendía contener el comunismo mediante la reconstrucción de una Europa asolada por el conflicto bélico, argumentando que su política debía enfocarse en dar apoyo a los pueblos libres que no quieren una intromisión de la tiranía (entiéndase comunismo) y que prefieren un modo de vida al estilo estadunidense, es decir, al que se refirió Truman en su discurso de marzo de 1947. Cabe mencionar que a los gobiernos europeos se les otorgaron grandes cantidades de dinero para la reparación de daños provocados por las guerras; sin embargo, esto no fue filantrópico, toda vez que EU literalmente compró aliados que le ayudaran, a través de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), a combatir una amenaza que ponía en riesgo su liderazgo mundial.

Diez años más tarde salió a la luz la Doctrina Eisenhower o massive retaliation (represalias masivas). En su Informe sobre el Estado de la Unión, el 10 de enero de 1957, el presidente declaró que su país se comprometía a defender a todo el mundo libre por tres razones principales.

En primer lugar, los intereses vitales de los Estados Unidos son mundiales, y abarcan ambos hemisferios y todos los continentes. En segundo lugar, tenemos una comunidad de intereses con toda nación del mundo libre. En tercer lugar, la independencia de intereses exige un respeto decente a los derechos y a la paz de todos los pueblos.9

Esta directriz de política exterior combinó la contención con la disuasión y suponía el uso de armas nucleares contra la URSS en caso de un ataque anticipado. Además, se enfocó en evitar que el comunismo llegara a Medio Oriente a través de la alianza entre EU, Turquía, Irán, Pakistán y Reino Unido (Organización del Tratado Central o Pacto de Bagdad). Con esta doctrina el gobierno estadunidense demostró que poseía armamento suficiente para defender sus intereses, y sobre todo su nación.

Continuando con la política de disuasión, el presidente Kennedy, quien asumió el cargo en 1961, consideró que era necesario proteger del enemigo comunista no sólo a Europa, Asia y Medio Oriente, sino que América Latina debía ser una prioridad. Este desvío de atención se debió a que en 1962 se suscitó la Crisis de los Misiles, una señal de que los comunistas estaban presentes en la isla de Cuba. Este acontecimiento provocó que EU exigiera la expulsión de Cuba de la Organización de los Estados Americanos (OEA) y la imposición de un embargo económico, argumentando que la presencia de armas no convencionales a tan poca distancia de su territorio ponía en peligro su seguridad e integridad. Estas medidas punitivas, en vez de solucionar el problema, intensificaron la relación de la Isla con la Unión Soviética.

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En 1969 apareció la Doctrina Nixon, la cual estableció tres normas para una intervención estadunidense:

Los Estados Unidos cumplirían los compromisos de sus tratados; los Estados Unidos ‘ofrecerían protección si una potencia nuclear amenazara la libertad de una nación aliada […] o de una nación cuya supervivencia [fuera] vital para [su] seguridad’; En los casos en que hubiera una agresión no nuclear, los Estados Unidos “esperarían que la nación directamente amenazada asumiera la responsabilidad básica de aportar hombres para su defensa’.10

De manera particular, el gobierno estadunidense se enfocó en la región del Golfo Pérsico y completó su estrategia con el acercamiento a China. Este contacto bilateral se concretó con la Doctrina Carter (1980). Pero ¿cuál era el verdadero interés en esta región? La respuesta es sencilla: el petróleo. En esa época EU necesitaba suministrarse de recursos estratégicos puesto que estaba inmerso en diferentes conflictos alrededor del mundo. Además, unos años antes había recibido un “golpe bajo” en la Guerra de Vietnam (1960-1975), en la que murieron alrededor de 58 mil soldados y se gastaron aproximadamente 738 mil millones de dólares (términos reales al 201111).

Ahora bien, cuando Ronald Reagan asumió la presidencia en 1981, su administración lanzó una doctrina para evitar que el comunismo se propagara hacia los países más débiles o del Tercer Mundo. Ésta contemplaba el apoyo a las fuerzas militares anticomunistas y provocó el advenimiento de un número importante de guerras de baja intensidad en Centroamérica, África y Asia.

A nuestro juicio, esta nueva estrategia de política exterior, en comparación con las anteriores, fue la más descarada, porque justificó la intervención directa en países no sólo del continente americano, sino de todo el mundo (ej. Afganistán, Vietnam, Libia, Nicaragua, entre otros), cuando la URSS ya se encontraba débil y en plena decadencia. El enemigo ya no era obstáculo para que el gobierno estadunidense obtuviera lo que realmente buscaba: posesiones de todo tipo y poder en todas sus manifestaciones.

Para la década de los años noventa, Estados Unidos tenía presencia en los cinco continentes, hecho que se justificaba por su supuesta imagen como protector de los derechos y la democracia. Empero, no debemos perder de vista que algunos países tuvieron que ceder recursos naturales e incluso su autonomía para costear el soporte estadunidense y, de esta manera, contar con la tan ansiada protección del hegemón.

Esta presencia quasi global se fortaleció gracias a la audaz política exterior estadunidense, la cual promovió la alianza con una cantidad importante de países de todo el orbe para crear comandos de seguridad liderados por Estados Unidos.Para ese entonces, existían los siguientes comandos:

a) Southcom: establecido en 1963 con un área de operación en 32 países de América Latina y el Caribe y en 14 territorios bajo jurisdicción de EU o de algunos países europeos.

b) Eucom: creado en 1952 para vigilar Europa continental, el Reino Unido de la Gran Bretaña e Irlanda del Norte, el Mediterráneo, Rusia y el África Subsahariana.

c) Pacom: establecido en 1947 para operar en 43 países y 20 territorios y posesiones en el Sureste Asiático, Oceanía y Alaska.

d) Centcom: creado en 1983 en el Medio Oriente, Asia Central y el este del continente africano.

Ahora bien, durante la Guerra Fría aún se percibía una confrontación política e ideológica, razón por la cual las administraciones estadunidenses optaron por fomentar el desarrollo armamentista y aumentar su presupuesto de defensa. Lo anterior tuvo lugar en un contexto en el que alternaban períodos de aislacionismo e intervencionismo y en el que existía una visión que compartían los demócratas y los republicanos: Estados Unidos era la fuerza liberadora de la opresión soviética.12

Una vez que desapareció el orden soviético, el entonces presidente George H. W. Bush dio un discurso (1990) en el que anunciaba un nuevo orden mundial que se caracterizaría por la existencia de organizaciones internacionales que velarían por mantener la paz, los valores fundamentales, el Estado de derecho y el cuidado de los débiles. Sin duda, un pronunciamiento lleno de emociones y de misiones positivas que, si se lee entre líneas, deja entrever nuevamente que la intención de EU era mantener su hegemonía, pero ahora con una estrategia de control indirecto a través de organizaciones de gobernanza global que habían sido creadas después de la Segunda Guerra Mundial (Organización de Naciones Unidas, Fondo Monetario Internacional, Banco Mundial, OTAN, entre otras).

Como complemento de este “nuevo orden mundial”, Georgina González señala que para ese entonces

[…] los intereses [de] las fuerzas armadas de Estados Unidos dieron un viraje estratégico para reducir su presencia en el mundo, en función de que los despliegues de fuerzas permanentes y de largo plazo con sus aliados podían disminuir porque la amenaza comunista había desaparecido. La prioridad se limitó a la defensa de los intereses vitales norteamericanos, especialmente en regiones estratégicas como el Golfo Pérsico, Medio Oriente y la península de Corea. [Esto se debió a que] las amenazas características del mundo globalizado ya comenzaban a ser claras [y, supuestamente, no requerían de la fuerza militar]: internacionalización del crimen organizado, tráfico de drogas y armas, migraciones masivas, terrorismo real y virtual, desastres naturales y problemas ambientales globales aparecían en la agenda de seguridad.13

Esta idea del viraje estratégico de las fuerzas armadas estadunidenses se complementa con la transición a una forma de organización militar “postmoderna” caracterizada, según Charles Moskos, John Allen Williams y David Segal, por

[…] la creciente interoperabilidad de las esferas civiles y militares […] la disminución de las diferencias dentro de los servicios armados […] el cambio de la finalidad militar al pasar de las guerras a las misiones que no serían consideradas militares en el sentido tradicional […] las fuerzas militares se utilizan más en misiones internacionales autorizadas (o por lo menos legitimadas) por entidades que van más allá del Estado nacional [y] la internacionalización de las fuerzas militares […].14

El ascenso de William Clinton a la presidencia en 1993 implicó un cambio en el discurso de la política exterior, mas no en su fin último. Su postura, también conocida como Doctrina de las “Guerras Humanitarias”, justificaba la intervención de EU en terceros países, pero ya no por la posible amenaza del comunismo, sino por el peligro de asesinatos en masa de poblaciones vulnerables; es decir, los delitos de lesa humanidad eran, según el presidente, motivos suficientes para que su gobierno actuara en contra de los criminales de manera legítima, convirtiéndose, una vez más, en una especie de policía global.

El siglo XXI comenzó con una tragedia de gran magnitud que no sólo cambió la política exterior estadunidense, sino que alteró el sistema internacional en su conjunto. Nos referimos a los atentados del 11 de septiembre de 2001 en las ciudades de Nueva York y Washington D.C. Como consecuencia directa de estos hechos insólitos, tuvo lugar una transformación profunda de la política de seguridad y defensa de EU, misma que dificultaría aún más la distinción entre política interna y política exterior.

Fue entonces cuando el entonces presidente George W. Bush propuso un giro en las relaciones internacionales de su país, el cual se concretó con su discurso “La estrategia de seguridad nacional de Estados Unidos” del 20 de septiembre de 2002. En esta declaración, Bush adelantó un despliegue de las fuerzas armadas, de recursos económicos y de cambios políticos y burocráticos, así como la creación del Northcom (Alaska, Canadá, México, Cuba y Puerto Rico). La Doctrina Bush o de “defensa preventiva” pretendía: a) defender la paz sin importar el medio (posible uso de armas nucleares) y combatir a los terroristas o regímenes que poseen, o que pueden poseer, armas de destrucción masiva; b) preservar la paz a través de alianzas estratégicas con sus aliados; y c) promover la paz mediante la imposición de valores como la libertad, la justicia y la democracia.15

Una vez más nos encontramos frente a un discurso moralista que esconde los verdaderos fines del gobierno estadunidense; sin embargo, la gran diferencia con las doctrinas anteriores es que ésta no tiene un enemigo identificado, sino que justifica un ataque por parte del ejército estadunidense por el simple hecho de que exista una sospecha o amenaza. Este corolario de política exterior se aplicó en la intervención militar en Afganistán en 2001 y en Irak dos años más tarde.

En el primer caso, la administración Bush señaló al país como cómplice del grupo terrorista Al Qaeda, mientras que en el segundo supuso la existencia de armas de destrucción masiva en manos de un régimen que ponía en peligro la estabilidad, paz y seguridad internacionales. Es preciso recordar que a la fecha no se ha comprobado dicha posesión de armamento; empero, sí se acabó con el régimen de Sadam Hussein, se impuso un gobierno de transición (Autoridad Provisional de la Coalición) encabezado por EU y se promovió la instauración de un régimen democrático cuyos gobernantes mantienen un vínculo estrecho con Washington.

Al parecer esta nueva orientación en la política internacional se encuentra impulsada por dos factores. En primer lugar, el surgimiento del terrorismo internacional, que ha llevado a Estados Unidos a pensar al mundo en términos de constantes amenazas, mismas que muchos perciben como únicamente dirigidas en contra de Estados Unidos y no hacia sus aliados. En segundo lugar, el otro gran factor que está cambiando la política mundial es la supremacía del poder estadunidense en sí mismo, un poder históricamente más poderoso que el que cualquier otro país haya alguna vez conseguido en la historia mundial.16

 

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Otra de las reformas implementadas a través de la “nueva” política de seguridad y defensa del período de George W. Bush fue la creación del Department of Homeland Security en noviembre de 2002, entidad cuyo objetivo es proteger a la población, al territorio y a la soberanía e infraestructura de los peligros que se manifiestan en el sistema internacional actual y legitimar sus acciones bélicas de manera más controlada y estratégica.

Por último, debemos hacer referencia a la política exterior del presidente Barack Obama. Es importante tener en mente que este mandatario, a diferencia de sus antecesores, no pretendía demostrarle al mundo que su país era la superpotencia, toda vez que llegó al poder durante una crisis económica y financiera sin precedentes que demandaba toda la atención hacia el interior del país. De hecho, durante  su campaña política, Obama criticó en reiteradas ocasiones las intervenciones militares, las cuales formaban parte importante de la estrategia de política exterior de su antecesor.

Grosso modo, la realidad política al inicio del mandato de Obama puede sintetizarse de la siguiente manera:

En sus primeros 100 días de gobierno, el presidente Barack Obama ha quebrado el molde de la política exterior del país, al enfocarse en la guerra antiterrorista de Afganistán, no en Irak, suspender restricciones en las visitas y envío de dinero de los cubanos a su país, buscar un apaciguamiento en las relaciones con Rusia y enviar un mensaje amistoso al mundo musulmán.17

La estrategia de seguridad nacional de 2011 se refería al compromiso estadunidense de combatir el terrorismo islámico en alianza con Afganistán y Pakistán, así como de enfrentar otras amenazas mediante el uso de la fuerza armada y de otros medios. En este sentido, se pretendió, por un lado, reforzar las alianzas existentes y, por el otro, crear nuevas agrupaciones que se basaran en la cooperación militar profunda, siendo China y Rusia los principales socios. Esta estrategia también significó un cambio en los objetivos, tácticas y presupuesto de las fuerzas armadas ya que la lucha antiterrorista estaba muy avanzada.

Por otro lado, uno de los retos que reaparecieron con fuerza en la agenda de seguridad fue el crimen organizado, siendo el narcotráfico su máximo exponente. Para combatir este peligro, el gobierno estadunidense decidió llevar el tema a la agenda bilateral con México, institucionalizándolo a través de la iniciativa Mérida, una estrategia sin precedentes para combatir el crimen organizado y el narcotráfico y fomentar programas sociales que supuso el apoyo financiero y tecnológico por parte de Estados Unidos.

Si bien este mecanismo bilateral no ha tenido el éxito esperado por diversos factores, particularmente por la falta de voluntad política, el esfuerzo marca un hito en la relación entre el gobierno mexicano y el estadunidense para combatir una amenaza común. A este hecho le podemos agregar un número importante de estrategias bilaterales para terminar con el crimen organizado, siendo una de ellas la propuesta del exjefe de la United States Border Patrol, Michael J. Fisher, para “impulsar todas las acciones disponibles con programas y técnicas comprendidas dentro de nuestro plan estratégico [para fortalecer] la Patrulla Fronteriza internamente, [y aumentar] las capacidades, [las] operaciones y [mejorar] la seguridad fronteriza, y en último término la seguridad nacional”.18

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Desde una perspectiva realista, el apoyo por parte del gobierno estadunidense no tiene como fin último eliminar el problema desde México, sino mantener la seguridad e integridad de su territorio. A lo largo de la historia, EU ha prestado ayuda a países que considera estratégicos con el objetivo de evitar que éstos sucumban ante los peligros que realmente amenazan sus intereses y que ponen en la cuerda floja su calidad de hegemón internacional.

Hasta el momento hemos revisado hechos históricos concretos que demuestran que la política exterior y de defensa de EU siempre han estado unidas, sobre todo a partir de los primeros años del siglo XX. Esto se debe a que las principales amenazas al país del águila calva provienen, la mayoría de las veces, del exterior. En este sentido, el medio generalizado para lograr sus propósitos es el despliegue militar, lo cual también es un incentivo a una economía impulsada por la industria armamentista.

De manera paralela, la importancia de las fuerzas armadas se acentuó mediante el Acta Patriótica (Unifying and Strengthening America by Providing Appropriate Tools Required to Intercept and Obstruct Terrorism Act), la cual amplía las facultades de los elementos militares y las fuerzas de inteligencia para combatir el terrorismo y, justifica, a su vez, una respuesta agresiva por parte de EU a cualquier régimen que sea hostil y que represente una amenaza potencial.

Por otro lado, el intervencionismo y expansionismo progresivo que caracterizaron la política exterior estadunidense a finales del siglo XIX y durante el siglo XX siguen presentes hoy en día. En realidad, lo único que cambia es el motivo de su intervención (discurso realista), a pesar de que su justificación como promotor de valores universales sigue intacta (discurso idealista). Dicho de otro modo, aún está vigente la afirmación que hizo Alfred Thayler Mahan en el siglo XIX y que citamos al inicio del texto.

Esta idea de continuidad y cambio también se pudo percibir durante el primer discurso de Barack Obama como presidente, toda vez que afirmó lo siguiente:

Nuestros desafíos pueden ser nuevos, los instrumentos con los que los enfrentamos pueden ser nuevos, pero aquellos valores de los que depende nuestro éxito -honestidad y trabajo duro, el valor y el juego limpio, la tolerancia y la curiosidad, la lealtad y el patriotismo- son viejos.19

Ahora bien, retomando la idea de cambio del motivo de injerencia, EU comenzó defendiendo al mundo de gobiernos antidemocráticos y después se abocó a la lucha contra regímenes fascistas y nazis, siguiendo con la contención del comunismo y los criminales de lesa humanidad, para después iniciar una guerra contra el terrorismo como consecuencia de los atentados del 11 de septiembre de 2001.

Este cambio de concepción sobre la amenaza al Estado se vincula estrechamente con la misión de las fuerzas armadas, así como con su forma de organización. Charles C. Moskos señala que en el período moderno (1900-1945), el objetivo de la política de defensa estadunidense era proteger la patria de los invasores extranjeros con ejércitos que actuaban a gran escala, mientras que en la Guerra Fría el gobierno favoreció la creación de alianzas militares globales y dispuso de fuerzas armadas profesionales y numerosas. Una vez que concluyó el período de la posguerra, los gobiernos estadunidenses enviaron militares capacitados a las distintas misiones humanitarias y para el mantenimiento de la paz.20

Sin embargo, los atentados terroristas de 2001 abrieron un nuevo período que, como se señaló anteriormente, cambió la concepción de la política de seguridad y defensa y, por ende, también la de la política exterior. A partir de entonces, la misión principal fue eliminar cualquier amenaza que pusiera en peligro el territorio, a la población y/o a la soberanía nacional estadounidense a través del despliegue de ejércitos numerosos y del establecimiento de coaliciones militares con Estados aliados.

Finalmente, es importante señalar que la aplicación de las estrategias de política exterior y de defensa antes descritas varió de acuerdo a momentos coyunturales; es decir, cuando el gobierno estadunidense consideraba que existía una amenaza real a su seguridad nacional y a sus intereses particulares, ponía en práctica acciones rígidas e inflexibles que legitimaba a través de la formulación de doctrinas. Si comparamos las doctrinas que estudiamos en este artículo, podemos ver que unas son más intensas que otras, siendo la de George H. W. Bush y la de William Clinton las más laxas por un hecho contundente: no existía un enemigo que desafiar, toda vez que el comunismo ya había perecido y el terrorismo en su máxima expresión aún no se presentaba.

No obstante, la incertidumbre está vigente, sobre todo porque el presidente estadounidense, Donald J. Trump, aún no esboza las líneas generales de su política exterior. A seis meses del inicio de la nueva administración, lo único que nos queda claro es que existen diferencias sustantivas con los gobiernos pasados sobre la concepción de las relaciones internacionales y la identificación de los enemigos potenciales. En ese sentido, sólo nos resta esperar cómo se definirán, entre otras cosas, la participación de Estados Unidos en la OTAN y en la Coalición Internacional contra el Estado Islámico de Irak y el Levante (ISIS), así como sus relaciones bilaterales con Rusia, China, Siria, Turquía, Israel e Irán.

 

 

1 James Monroe, “Seventh Annual Message, December 2, 1823”, [en línea], Estados Unidos, The American Presidency Project- University of California, 2017, Dirección URL: https://tinyurl.com/owwolmr [consulta: 31 de mayo de 2017]. Traducción propia.

2 s/a, “Exceptionalism-Manifest destiny”, [en línea], Estados Unidos, Encyclopedia of the New American Nation, 2017, Dirección URL: https://tinyurl.com/yargmkd3 [consulta: 31 de mayo de 2017]. Traducción propia.

3 s/a, “Capítulo II. Formación y obra histórica de Alfred Thayer Mahan, teórico de la marina norteamericana”, [en línea], México, Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, Dirección URL: https://tinyurl.com/y9d9a2u6 [consulta: 31 de mayo de 2017].

4 El aislacionismo estadounidense es fluctuante, ya que, si bien se mantuvo constante durante casi todo el siglo XIX, la guerra con España en 1898 rompió dicha inercia, misma que sólo se recuperaría en momentos aislados durante el siglo XX.

5 Cfr. Henry Kissinger, La diplomacia, México, Fondo de Cultura Económica, 1999, p. 23.

6 USgovernmentspending, [en línea], Estados Unidos, 2012, Dirección URL: http://www.usgovernmentspending.com [consulta: 31 de mayo de 2017].

7 Frank Freidel, Franklin D. Roosevelt: The Ordeal, Estados Unidos, Harper Collins Publishers, 1954, pp. 19-20. Traducción propia.

8 Cfr. H. Kissinger, op. cit., p. 439.

9 Ibid, p. 538.

10 Ibid, p. 701.

11 Stephen Dagget, “Cost of Major U.S. Wars”, [en línea], Estados Unidos, Federation of American Scientists, 2010, Dirección URL: https://tinyurl.com/5mwqd8 [consulta: 01 de junio de 2017].

12 Cfr. Georgina González, “La política de defensa y seguridad de Estados Unidos a principios del siglo XXI”, en Benítez Manaut, Raúl, coord., Seguridad y defensa en América del Norte: Nuevos dilemas geopolíticos, Estados Unidos, Woodrow Wilson International Center for Scholars/FundaUngo, 2010, p. 21.

13 Ibid., p. 26.

14 Charles Moskos, John Allen Williams y David Segal, “Armed Forces after the Cold War”, en Moskos, Charles C. et al., eds., The Postmodern Military. Armed Forces after the Cold War, Estados Unidos, Oxford University Press, 2000, p. 2. Traducción propia.

15 Cfr. s/a, “Estrategia de seguridad nacional de Estados Unidos, una nueva era”, [en línea], Estados Unidos, Embajada de Estados Unidos en México, diciembre de 2002, Dirección URL: https://tinyurl.com/ybrjyyyj, [consulta 01 de junio de 2017].

16 G. González, op. cit., p. 32.

17 s/a, “Da Obama nuevo rumbo a la política exterior de EU”, [en línea], Estados Unidos, Noticias Terra, 28 de abril de 2009, Dirección URL: https://tinyurl.com/y8xq738r [consulta: 04 de junio de 2017].

18 Susan Kelly, “Estados Unidos analiza una nueva estrategia de seguridad fronteriza”, [en línea], Estados Unidos, CNN en Español, 08 de mayo del 2012, Dirección URL: https://tinyurl.com/7bxugv7, [consulta: 04 de junio de 2017].

19 s/a, “Barack Obama’s Inaugural Address”, [en línea], Estados Unidos, The New York Times, 20 de enero de 2009, Dirección URL: https://tinyurl.com/8l9zr5 [consulta: 05 de junio de 2017]. Traducción propia.

20 Cfr. Charles C. Moskos, “Toward a Postmodern Military: The United States as a Paradigm”, en Moskos, Charles C. et al., eds., The Postmodern Military. Armed Forces after the Cold War, Estados Unidos, Oxford University Press, 2000, p. 15.

 

 

 

 

José Joel Peña Llanes

José Joel Peña Llanes

Maestría en Estudios en Relaciones Internacionales por la UNAM. Actualmente, labora en la Dirección General de Asuntos Internacionales del INAI.
José Joel Peña Llanes
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