Política de la Sociedad Civil

agosto 1 2018

El concepto de sociedad civil indica un terreno en Occidente que se ve amenazado por la lógica de los mecanismos administrativos y económicos, pero también es el principal espacio para la expansión potencial de la democracia bajo los regímenes democrático-liberales que realmente existen1.

1. Teorías y espacios de la sociedad civil

Uno de los principales problemas que ha involucrado a la reflexión sociológica y también a la filosofía política ha sido el resurgimiento teórico y conceptual de la tan mencionada, y al mismo tiempo polémica, sociedad civil. Es uno de los temas más controvertidos debido a las diversas significaciones de las que ha sido objeto, en los diferentes tiempos y por las distintas escuelas del pensamiento, así como por la dificultad que representa elaborar una definición comprensiva del término o por lo menos una teoría convincente sobre sus espacios de incidencia dentro del modelo de la democracia deliberativa. No obstante, es innegable la relevancia que el concepto de sociedad civil tiene para la teoría política moderna. Una teoría que plantea la necesidad de pensar sobre la actualidad de la política, sobre los desafíos del orden democrático y sobre los problemas de su legitimación. A pesar de que toda concepción democrática generalmente presupone un modelo de sociedad, ninguna se ha ocupado específicamente del problema relativo al tipo de sociedad civil que resulta más adecuado para una política democrática moderna2. Por esta razón, el campo de la teoría política busca establecer una relación entre los modelos normativos de la democracia o los diferentes proyectos de democratización, con la estructura, instituciones y dinámicas que identifican a la sociedad civil.

Melodías del Mar,
acrílico sobre tela, 90 x 70 cm.

Una definición preliminar que resulte satisfactoria del concepto sociedad civil tiene que introducir al menos tres problemáticas: En primer lugar, el potencial crítico para estudiar las disfunciones y anomalías que existen en nuestras sociedades; en segundo lugar que los conceptos de Estado, forma de gobierno, obediencia política, legitimidad y consenso resultan limitados para explicar la complejidad del presente; y, en tercer lugar, que es necesario incursionar en los terrenos de la intersubjetividad, especialmente en la sociología del derecho y de la cultura, para la expansión potencial de la democracia en los regímenes que aspiran a potenciar este modelo de organización política y social3. Además, para analizar el resurgimiento contemporáneo de la sociedad civil también resulta necesario colocarla en el marco teórico y conceptual de los nuevos movimientos sociales, los cuales, en los últimos tiempos, expresan una oposición democrática en los regímenes autoritarios, desempeñan un papel relevante en las transformaciones ideológicas de la izquierda y en el desarrollo de nuevos ámbitos de acción social: derechos humanos, feminismo, ambientalismo, entre otros. Los nuevos movimientos sociales identifican las transiciones del autoritarismo a la democracia en distintas regiones del mundo4.

Politológicamente, la sociedad civil se distingue del Estado y representa la esfera de las relaciones sociales con sus propias formas y principios. La expresión deriva del latín societas civilis, y en la época moderna se utiliza para describir aquel ámbito distinto de la sociedad política que indica al Estado o como lo denominaban los pensadores de la antigüedad: la societas naturalis5. Desde la filosofía política y de acuerdo con el modelo de su origen proporcionado tanto por el derecho natural como por el contractualismo, en una tradición teórica que va desde el pensador inglés Thomas Hobbes hasta el filósofo alemán Immanuel Kant, la sociedad política se sobrepone a los intereses particulares de individuos y grupos, mientras que la sociedad civil es el espacio de los ciudadanos que proyecta la relación de un individuo no con otro individuo como en el caso de los sistemas feudal, monárquico o tiránico, sino con la construcción moderna el Estado. Como resultado, la ciudadanía involucra una dinámica de transformación de lo político. La contraposición entre sociedad civil y Estado expresa una distinción y por lo tanto, una contraposición entre los momentos del proceso asociativo. Son términos que en la filosofía política moderna están muy presentes. El Estado moderno aparece como una entidad, al mismo tiempo social y política, que se coloca sobre los intereses particulares. Por otro lado, expresa un contraste con el Estado primitivo de la humanidad en el cual el individuo vive sin otras leyes que las de la naturaleza. Sólo la institución de un poder común es capaz de garantizar a los individuos asociados algunos bienes o derechos fundamentales, que de otra manera se encontrarían amenazados por la explosión de conflictos. Con la identificación del Estado de naturaleza y el Estado salvaje, la sociedad civil termina por contraponerse no solamente al modelo abstracto del Estado de naturaleza, sino también a la sociedad primitiva, por lo que la sociedad civil adquiere el sentido de sociedad culturalizada6.

La distinción entre estas dos acepciones de sociedad civil, como sociedad política y como sociedad civilizada, es central en autores como el filósofo francés Jean Jacques Rousseau, para quien es vital el paso del Estado de naturaleza a la sociedad civil7. En su obra El Contrato Social, sostiene un comunitarismo radical por el cual el individuo se encuentra enteramente sometido a la voluntad general del cuerpo político, por lo que considera a la sociedad humana como una construcción artificial que limita o destruye la espontaneidad de la vida humana8. Coloca al Estado civil por encima del Estado natural, ilustrando las ventajas del primero sobre el segundo. Delibera sobre una comunidad ético-política en la cual cada individuo no obedece a una voluntad extraña, sino a una voluntad general que reconoce como propia. Rousseau considera necesario encontrar una forma de asociación que defienda y proteja con toda la fuerza común a la persona y los bienes de cada asociado, y por la cual cada uno, uniéndose con todos, no obedezca a nadie más que a sí mismo y permanezca, de esta forma, tan libre como al principio. En la base de la sociedad política existe un pacto que produce la alienación total de cada asociado a toda la comunidad, recibiendo una nueva calidad de miembro como parte indivisible del todo. El pacto social garantiza la libertad de los ciudadanos al obedecerse a sí mismos. Por lo tanto, en Rousseau el Estado civil sería la continuación y el perfeccionamiento del Estado de naturaleza9. Conviene recordar a Rousseau como un teórico de la democracia y un filósofo de la libertad, por su explícita afirmación según la cual la soberanía reside en el pueblo y por la idea de una comunidad de ciudadanos libres e iguales.

Le sigue el filósofo Thomas Hobbes para quien la sociedad política surge sobre la base de un contrato social a dos tiempos: como recuperación del Estado de naturaleza y como superación de la sociedad civil. Rompe con el derecho natural tradicional para proponer una teoría de la disolución ficticia del Estado10. Su teoría del Estado de naturaleza ilustra cómo se desenvuelve la existencia humana en una situación en la que nos vemos obligados a relacionarnos con la ausencia de una autoridad superior. Excluye que el individuo sea por naturaleza un “animal político” como creía Aristóteles, y niega que los individuos tengan por naturaleza un instinto que los lleve a la benevolencia y a la concordia recíproca y que, por lo tanto, no es la benevolencia lo que origina las más grandes y duraderas de las sociedades, sino sólo el temor recíproco entre los individuos11. La causa de este temor es la igualdad de naturaleza entre las personas por la cual todos desean la misma cosa: de un lado, el uso exclusivo de los bienes comunes, y del otro, la voluntad natural de dañarse unos a otros; ya sea por contraste de opiniones o por la insuficiencia del bien. El Estado de naturaleza, sostiene Hobbes, es un Estado de guerra de todos contra  todos. En este Estado no existe nada justo, porque la noción de justicia e injusticia nace en donde existe la ley, y la ley nace en donde existe un poder común12. El acto fundamental que marca el paso del Estado de naturaleza al Estado civil es la estipulación de un contrato con el cual los individuos renuncian al derecho ilimitado que existe en el Estado de naturaleza y lo transfieren a otro soberano. Esta transferencia es indispensable para que el contrato político pueda constituir una defensa estable para todos. Cuando esta transferencia se ha efectuado, se tiene el Estado o sociedad civil, o, como también se le denomina “persona civil”, porque englobando la voluntad de todos, se puede considerar una sola persona13. En consecuencia el Estado es la única persona cuya voluntad es la de todos los individuos. Esta sería una concepción de la sociedad civil subordinada al Estado14.

En el análisis de la sociedad civil también son relevantes los estudios del filósofo alemán Georg Wilhelm Friedrich Hegel y su tesis de la sociedad civil como esfera de las necesidades, del trabajo y de las relaciones económicas para la satisfacción de las expectativas humanas. Sostiene que la persona concreta “en cuanto particular, es en sí misma finalidad, como una totalidad de necesidades vitales y una mezcla de necesidad natural y de arbitrio, es el principio primero de la sociedad civil”, y agrega que la persona particular “en cuanto está esencialmente en relación con otra particularidad semejante, se hace valer y se satisface por la otra y a la vez simplemente sólo mediante la forma de la universalidad15. En este sentido, la sociedad civil es la diferencia que se coloca entre la familia y el Estado. Hegel considera que al espíritu subjetivo, que corresponde a la consideración de la persona en cuanto individuo, le sigue el espíritu objetivo que corresponde a la consideración del individuo en sus relaciones con otros individuos16. El Estado se articula en tres momentos: el derecho, la moral y la eticidad o moralidad concreta, que se desarrolla al interior de las instituciones en las cuales se lleva a cabo la vida de las personas como la familia, la sociedad civil y el Estado político, el cual realiza según Hegel, la libertad de los individuos sobre todo en la época moderna17. De esta manera, la doctrina de la sociedad civil representa la más genial concepción política de Hegel, proyectándola como signo distintivo de la modernidad, sobre todo, cuando reconoce el derecho de integrar una sociedad civil autónoma18. Agrega que si el Estado es representado como una unidad de distintas personas, como una unidad que es sólo comunidad, sólo de este modo es comprendida la determinación de la sociedad civil.

Por lo que respecta al teórico italiano Antonio Gramsci, su idea de la sociedad civil parte de una crítica del Estado como sociedad política o aparato coercitivo que ejercita funciones de dominación, y que además desarrolla una dirección política y cultural de las masas. Desarrolla su tesis de la hegemonía de un grupo sobre la sociedad entera a través de la influencia de una variedad de instituciones como la escuela, los sindicatos y el moderno príncipe, representado por los partidos políticos. Sostiene la necesidad de distinguir entre la sociedad civil, tal y como la entiende Hegel, y la hegemonía política y cultural de un grupo sobre la sociedad, es decir, como contenido ético del Estado. Para establecer su conceptualización, se contrapone con la concepción de la sociedad civil estipulada secularmente, que distingue “dos sociedades de orden natural, que son la familia y la sociedad civil; y una tercera, que es la Iglesia, de orden sobrenatural”19. Esta vieja concepción consideraba que la familia es instituida “inmediatamente por Dios para su propio fin, que es la procreación y la educación de la prole, la cual por eso mismo tiene prioridad de naturaleza, y por tanto, prioridad de derechos respecto a la sociedad civil”. Gramsci contrasta esta concepción afirmando que la familia es una sociedad imperfecta, porque no tiene en ella misma todos los medios de su propia perfección, mientras que la sociedad civil es una sociedad perfecta, teniendo en ella misma todos los medios para su fin propio, que es el bien común temporal. Más adelante sostendrá que la dirección política y cultural de las masas también involucra el ámbito de la sociedad civil20. Al modificar el nexo entre sociedad civil y Estado, lleva a cabo una extensión de la noción de intelectual para destacar su función como intermediador entre la sociedad civil y el Estado. El intelectual participa en la construcción de la hegemonía del nuevo bloque histórico y plantea la necesidad de integrar un nuevo consenso social extendido previo a la toma del poder político21. Además reconoce una confrontación político-ideológica al interior de la sociedad civil, porque en esos ámbitos se construye el consenso y el disenso. La idea de la recomposición de la hegemonía tiene por fundamento la construcción de un poder social antes del poder político.

Mensajero del Cielo, acrílico sobre tela, 200 x 130 cm.

Este breve excursus teórico concluye con Norberto Bobbio, quien sostiene que el pensamiento político moderno se caracteriza por la tendencia constante a considerar el Estado o sociedad política como el momento supremo y definitivo de la vida común y colectiva22. Tal tradición intelectual concibe el Estado como producto de la razón o como sociedad racional, considera que mientras las teorías del Estado hobbesiano y rousseauniano excluyeron definitivamente al Estado de naturaleza, el Estado hegeliano por su parte termina conteniendo a la sociedad civil. La racionalización del Estado es presentada entonces ya no como un modelo ideal sino como un acontecimiento histórico. Tal racionalización tiene lugar mediante la utilización constante de un modelo dicotómico, que contrapone el Estado como momento positivo a la sociedad pre-estatal o anti-estatal, que ha sido degradada a momento negativo. El Estado no se presenta ya como una superación de la sociedad civil, sino como un mero reflejo de ella, por lo que, al tipo de sociedad civil le corresponderá un específico tipo de Estado. Por lo tanto, este último contiene a la sociedad civil, no para resolverla en otra cosa, sino para conservarla tal y como es. La sociedad civil, históricamente determinada, no desaparece sino que reaparece en el Estado con todas sus concretas determinaciones. El filósofo italiano sostiene que con el nacimiento de la economía burguesa se refuerza la distinción entre esfera privada o de las relaciones individuales y el Estado entendido como esfera pública o de las relaciones políticas23. Recuerda que mientras la filosofía política clásica giraba en torno al estudio de la estructura de la Polis y de sus diferentes formas históricas o ideales, la filosofía postclásica se caracterizó por la continua búsqueda de una delimitación de lo que es político respecto a lo que no es político. Esto se llevó a cabo por medio de una reflexión sobre lo que distingue la esfera de la política de la esfera de la no-política, el Estado del no-Estado, donde por esfera de la no-política se entiende la sociedad natural. Norberto Bobbio reafirma que el tema fundamental de la filosofía política moderna por excelencia ha sido el de los confines, una veces adelantados y otras atrasados de acuerdo con los diferentes autores y escuelas del pensamiento, que conciben el Estado como una organización de la esfera política respecto a la sociedad civil24. Para el filósofo del derecho, la sociedad civil representa uno de los términos de la gran dicotomía sociedad civil-Estado. Lo que quiere decir que no se puede determinar su significado y delimitar su extensión más que refiriendo y delimitando al mismo tiempo el término Estado. Por esta razón se entiende por sociedad civil aquella esfera de las relaciones sociales que no está regulada por el Estado25.

Se requiere un último acercamiento al problema de la sociedad civil desde la perspectiva del sistema social y del sistema político. A partir de la primera apreciación es posible incorporar al sociólogo norteamericano, Talcott Parsons, y su distinción entre tradición y modernidad en las sociedades. Su teoría del sistema social “consiste en una pluralidad de actores individuales que interactúan entre sí en una situación que tiene, al menos, un aspecto físico o de medio ambiente, (y además) actores motivados por una tendencia a “obtener un óptimo de gratificación” y cuyas relaciones están mediadas y definidas por un sistema de símbolos culturalmente estructurados y compartidos26. Desarrolla convergencias con Emile Durkheim, Max Weber y Vilfredo Pareto en la dirección de una teoría unitaria de la acción social que supere las limitaciones del determinismo positivista, del hedonismo de los utilitaristas y del voluntarismo de los idealistas. De acuerdo con Parsons la estructura social se compone por grupos de sujetos que llevan a cabo roles diferenciados y que se consolidan objetivamente con base en los valores aceptados en el proceso de interacción social, y subjetivamente como consecuencia de los procesos de interiorización de las normas a las cuales los sujetos se someten27. La estructura social se integra por instituciones, relaciones de rol y expectativas que surgen en quienes desempeñan tales roles sociales28. A cada rol le corresponden determinados tipos de acción y su combinación da lugar a diversos tipos de relaciones sociales determinadas por las dicotomías universalismo-particularismo, realización-atribución, afectividad-neutralidad afectiva y egoísmo-colectividad.

De esta forma, el concepto de una comunidad societal que se diferencia de la economía, de la organización política de la sociedad y de la esfera cultural representa una síntesis del concepto liberal de la sociedad civil como diferente del Estado29. A partir de la segunda apreciación y desde la perspectiva de la sociedad civil como parte integrante del proceso decisional la referencia es a los estudios empíricos de política30. Este enfoque considera el sistema de relaciones de poder como un ámbito diferenciado de la sociedad civil que produce un sistema político que representa: “un conjunto analíticamente relevante de procesos observables como interdependientes, mediante los cuales cualquier comunidad toma decisiones imperativas en respuesta a demandas precisas provenientes del ambiente externo”. Una definición de sistema político que se aproxima a este enfoque es aquella que lo considera “una formación histórica que se emancipa de la sociedad civil, sobre todo en sus dos aspectos de la legitimidad y de la eficacia”31. Desde esta perspectiva, el sistema político representa con respecto al sistema social, un subsistema.

2.Los insumisos de la sociedad civil

Los parámetros de interpretación de la coyuntura política están cambiando. La reorganización financiera a nivel mundial permite hablar de una nueva época, es el momento post-neoliberal que plantea importantes desafíos a los gobiernos y abre oportunidades para una nueva intervención política y social. Las migraciones transnacionales, el renacimiento del racismo y la xenofobia, el nuevo proteccionismo y la dimensión multinacional del narcotráfico, han transformado de manera irreversible la manera como tradicionalmente se concebía la política democrática32. Nuevos desafíos y problemas que no son de izquierda ni de derecha afectan a la población y requieren soluciones: medio ambiente, derechos humanos, empleo, creciente inseguridad, por citar algunos, son temas en donde no interesan las ideologías sino la efectividad. Ante esos desafíos destaca la ineficacia e ineficiencia de los gobiernos para resolver los grandes problemas que producen crisis de gobernabilidad. En tal contexto, la insumisión de la sociedad civil hace referencia a un tema siempre inquietante en la política que es reflexionar sobre el papel de los rebeldes, los refractarios y los insumisos, que en las condiciones más adversas, se convierten en disidentes y contestatarios frente a regímenes autoritarios  o frente a situaciones de violencia extrema33. Grandes filósofos de nuestro tiempo sostienen que la rebeldía es capaz de allanar el camino a una revolución o simplemente convertirse en un testimonio en contra de la abyección: “la teoría de la historia se mueve gracias a la rebeldía humana frente a las injusticias y las adversidades”34. En consecuencia, el motor de la historia sería esta capacidad de rebeldía y no la lucha de clases o el progreso técnico y científico. La referencia es a los espacios donde el poder se encuentra concentrado en pocas manos, en círculos concéntricos, con un sistema de representación política en crisis. El rechazo de los insumisos, de los resistentes pacíficos y de los disidentes a quedarse callados está indisolublemente unido a un compromiso positivo en donde la insumisión es, a la vez, resistencia y afirmación, donde resistir es una forma de sobrevivir, por supuesto, luchando, reaccionando y oponiéndose al mal que se ha instalado en la sociedad. Los insumisos no aspiran a convertirse en dominadores o se afanan por imponer una sociedad ideal y utópica, sino que su compromiso es aquí y ahora. Son los débiles que sin odio ni violencia, se oponen a los fuertes, a los que detentan el poder35. Sus medios consisten básicamente en afirmar con perseverancia lo que consideran verdadero y justo. Los insumisos representan un desafío político porque desnudan la injusticia, la opresión y la violencia. Porque se enfrentan al mal sin responder con el mal, y porque no expresan el deseo de aniquilar al enemigo, sino de transformar la situación en el que éste comete sus atropellos e iniquidades.

 

Ellos derivan del creciente malestar que caracteriza a nuestras democracias, del mesianismo político y de la tiranía de los individuos36. También derivan de los efectos del neoliberalismo y del populismo. Este último ha cerrado un ciclo histórico que inició con el fascismo y el nazismo, y que vivió el florecimiento y después el hundimiento de la utopía comunista. Se ha desarrollado un nuevo populismo cuyo rasgo principal es la demagogia, una práctica que consiste en identificar las preocupaciones de muchas gentes y, para aliviarlas, proponer soluciones fáciles de entender, pero imposibles de aplicar37. La demagogia es tan antigua como la democracia, pero en la época moderna ha recibido un formidable impulso gracias a las comunicaciones de masas y a las redes sociales. La demagogia del nuevo populismo encuentra en la confrontación social un objetivo favorito de su discurso38. El demócrata se inspira en el interés general, mientras que el populista se dirige a la multitud con la que está en contacto. El demócrata exige sacrificios en el interés de las generaciones futuras; mientras que el populista actúa sobre la emoción del momento, necesariamente efímera. El demócrata está dispuesto a intervenir a favor de las minorías, mientras que el populista prefiere limitarse a las certezas de la mayoría. El populismo no se reconoce ni de izquierda ni de derecha, está con los de abajo con lo que los partidos tradicionales se ven proyectados hacia un arriba que los separa del pueblo39. El populismo identifica a los enemigos del pueblo como los responsables de todos los males y los señala para que el pueblo cobre venganza. El nuevo populismo no representa la indignación social, solo se monta en ella.

Esta situación proyecta una democracia enferma. No se trata sólo de una impugnación de sus presupuestos lógicos o de la deslegitimación de sus valores políticos, la referencia específica es a un creciente malestar ciudadano que se manifiesta en distintas direcciones contra una democracia que ha resultado deficitaria respecto a los requerimientos de la población, además de que arrastra grandes paradojas, insuficiencias y contradicciones40. Se trata de un descontento social hacia nuestra democracia formal, culpable de haber generado una clase política corrupta e ineficiente que ha sido incapaz de mantener las promesas de nuevos y más amplios derechos ciudadanos que permitan estar a la altura de los objetivos que postula un orden político de igual libertad, iguales derechos e igual dignidad para todas las personas41. Es un descontento ciudadano que expresa la creciente distancia entre los nobles ideales y nuestra cruda realidad. La crisis de la democracia se combate con mayor participación ciudadana. Nuestro sistema político requiere de una nueva gobernabilidad que aumente la capacidad para encontrar un equilibrio entre las expectativas de los ciudadanos y las respuestas institucionales42. No debemos permitir que el malestar social se transforme en odio hacia la democracia.

3. ¿Sociedad civil contra sociedad política?

Durante siglos la organización política fue el objeto por excelencia de la reflexión sobre la vida social. La doctrina clásica de la soberanía popular establecía que el Estado es producto de un pacto político entre los ciudadanos, quienes acuerdan constituirlo para proteger el bien más importante que las personas tienen en común, que es su propia vida. El Estado, sostenían, no es el resultado de una pacífica evolución histórica, sino el producto más refinado del arte político gracias al cual “se crea ese gran Leviatán que llamamos República o Estado que no es sino un hombre artificial, aunque de mayor estatura y robustez que el natural para cuya protección y defensa fue instituido”43. Actualmente, la sociedad se ha convertido en el todo y el Estado, considerado restrictivamente como el aparato coactivo con el cual un sector de la sociedad ejercita el poder, se circunscribe a ser sólo una parte. Cualquier iniciativa política en una sociedad democrática debe atender la contraposición entre soberano-súbdito, Estado-ciudadanos o gobernantes-gobernados, siempre desde la perspectiva de estos últimos. En contextos democráticos, los partidos políticos, representantes por excelencia de la sociedad política, tienen la función original de constituirse en mediadores entre las instituciones públicas y la sociedad civil, entre el Estado y los ciudadanos. Ellos deben encarnar las divisiones que se encuentran presentes en la sociedad y desempeñar un rol fundamental, estructurándose, organizándose mejor e incrementando la legitimidad de su acción44. Sin embargo, la pérdida de sentido político que actualmente observamos, es parte de la crisis que viven los partidos tradicionales. De aquí la difundida idea de una contraposición insalvable entre sociedad civil y sociedad política. Esta es una contraposición sólo aparente porque los partidos democráticos pueden rearticularse con la sociedad civil a través de versátiles alianzas políticas y programáticas. Tales alianzas políticas, como se verá más adelante, se hacen necesarias cuando no existe una mayoría sólida y cuando la función integradora de un solo partido se diluye.

Desde tal perspectiva, la crisis de la democracia se manifiesta como incapacidad de las instituciones para mantener el consenso sobre la base de la “inclusión”; mientras que la crisis económica se presenta como desequilibrio de los mecanismos que regulan la producción y el consumo, el mercado interno e internacional y como desequilibrio de orden financiero. Por su parte, la crisis social se proyecta como agudizamiento de las desigualdades, crecimiento de marginalidad y pobreza, y como modificación de los modelos de calidad de la vida de enteras capas de la población. Así, la crisis institucional se presenta como un nuevo tipo de desigualdad —esta vez política— que afecta, sobre todo, el espacio de la ciudadanía. Es una desigualdad importante que afecta la base de la legitimación del entero régimen político, en el sentido de fracturar el consenso y la obediencia que todo régimen reclama para su sobrevivencia. Esta erosión conlleva una crisis de legitimación del orden político entendido en su sentido más amplio como conjunto de reglas de convivencia que vulnera el acceso de los individuos a la categoría de ciudadanos. Representa el verdadero espacio para una confrontación que ponga en riesgo la convivencia civil, abriendo el espacio a aquellas fuerzas que aún claman por impedir la democratización mexicana.

Estudiante a Trovador, acrílico sobre madera, 50 x 40 cm.

4. La sociedad de los ciudadanos

El desarrollo de los procesos de democratización coloca el tema de la ciudadanía en el centro del debate. El ciudadano es quien participa de manera estable en el poder de decisión colectiva, que es el poder político. Además, la condición de ciudadanía tiene varios componentes: uno civil que se identifica con los derechos humanos, otro político que tiene que ver con el derecho de participación colectiva en el ejercicio del poder, y finalmente, la parte social que indica el derecho a un adecuado nivel de vida para todos. La ciudadanía describe el estatus de los derechos y las obligaciones de la persona en relación con su pertenencia a una unidad social y establece su adhesión a la organización política. La ciudadanía corresponde al individuo moderno, y es reivindicada en la medida en que aspira a ser algo más que un simple súbdito, es decir, un mero sujeto de deberes y destinatario pasivo de órdenes. Se debe reiterar la importancia que los derechos humanos tienen para el orden democrático. Sin derechos reconocidos y protegidos no hay democracia, y sin democracia no existen las condiciones mínimas para la solución pacífica de los conflictos45. Esto era claro cuando la Asamblea General de la ONU formuló dicha Proclamación (1948), pero era ya bastante evidente cuando Thomas Jefferson escribía la Declaración de Independencia de las Trece Colonias de Norteamérica del Imperio Británico (1776):

nosotros consideramos como incontestables y evidentes por sí mismas, las siguientes verdades: que todos los individuos han sido creados iguales, que ellos han sido dotados de ciertos derechos inalienables; y que entre estos derechos ocupan el primer lugar: la vida, la libertad y la búsqueda del bienestar; y que para asegurarse el goce de estos derechos, han establecido entre ellos gobiernos cuya justa autoridad emana del consenso de los gobernantes46.

Es la línea de continuidad entre dichas declaraciones –sin dejar fuera la de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, producto de la Revolución Francesa (1789)– la que da vida a la democracia moderna.

La democracia es la sociedad de los ciudadanos, y los súbditos sólo se convierten en ciudadanos cuando les son reconocidos sus derechos fundamentales. Aunque el ciudadano hizo su aparición histórica en la antigua Grecia, la idea de los derechos humanos como una atribución de la persona inalienable y originaria, es una conquista de los tiempos modernos. La afirmación de los derechos humanos deriva de un cambio radical de perspectiva, que pasa de otorgar la prioridad a los deberes de los súbditos, a dar prioridad de los derechos de los ciudadanos. Los derechos humanos siguen un itinerario histórico que va desde su proclamación hasta su inclusión en las leyes, teniendo como fin su plena realización. La transformación de la relación soberano-súbdito por la de Estado-ciudadano, es provocada por las guerras de religión que se producen al inicio de la Edad Moderna y a través de las cuales, se afirma el derecho de resistencia a la opresión, lo que presupone un derecho todavía más sustancial y originario que es el derecho del individuo aislado a no ser oprimido, es decir, el derecho a gozar de ciertas libertades que son fundamentales porque son naturales, y son naturales porque pertenecen a la persona en cuanto tal, y no dependen del beneplácito del soberano. Los derechos del ciudadano son, sobre todo, derechos de libertad que representan una afirmación contra el abuso del poder. Los derechos humanos son también derechos históricos que se han conquistado de modo secuencial: en el siglo XVIII los derechos civiles, en el XIX los derechos políticos y en el siglo XX los derechos sociales. En el siglo XXI tenemos en perspectiva los derechos colectivos, del medio ambiente y de los animales47.

Los derechos humanos nacen en circunstancias históricas caracterizadas por la defensa de nuevas libertades y contra viejos privilegios. El carácter distintivo del ciudadano moderno está en el reconocimiento del valor absoluto y universal de sus derechos, los cuales el Estado democrático está obligado a respetar y garantizar. La democracia constituye un sistema ético-político, es decir, un régimen que además de representar un conjunto de instituciones, procedimientos y técnicas de gobierno para la toma de decisiones políticamente significativas, también encarna un conjunto de valores, principios y normas de convivencia que le otorgan una superioridad moral respecto de otros regímenes políticos48. Entre estos valores destacan la moderación, el libre debate de las ideas, la equidad, la libertad, la persuasión, la ausencia de cualquier tipo de violencia, el gobierno de las leyes por encima del gobierno de los individuos y, quizá el más importante, el respeto de los derechos humanos. El reconocimiento de la no violencia y de los derechos fundamentales permitió que los principios en los que se sustenta la democracia ampliaran sus espacios, reconociéndole un papel importante en la solución de los conflictos que vulneran los derechos de las minorías, que son débiles en la esfera pública.

La democracia expresa el espacio en donde se confrontan los diferentes proyectos acerca del orden social. La sociedad civil dicen unos, encarna lo peor de la comunidad y solamente representa a grupos de activistas inconformes con todo, es la denominada lobby del resentimiento que ha encontrado en el tema de la defensa y promoción de los derechos humanos un modus vivendi muy redituable, otros sostienen, por el contrario, que la sociedad civil representa una panacea, una expresión de lo mejor de las virtudes que corresponden a los integrantes de la comunidad política que con su sola presencia purifican y legitiman cualquier actividad. La identidad democrática se consagra en los derechos y obligaciones que los ciudadanos, personas autónomas en situación de igualdad, deben cumplir. Los buenos ciudadanos muestran sentido de responsabilidad a la hora de atender sus obligaciones, por lo que es indispensable que cuenten con la preparación necesaria para este tipo de intervención. Los conceptos de autonomía, igualdad y participación en los asuntos públicos distinguen a la ciudadanía de otras formas de identidad socio-política49. La democracia no es solamente una forma de gobierno, sino también una tendencia a conferir mayor poder al ciudadano, quien puede contribuir con su iniciativa a mejorar la vida política, influir en la selección de sus representantes, y hacer circular, contra cualquier dogmatismo e intolerancia, espacios de libertad. La sociedad se mueve desde abajo, porque todos desean tener su parte de responsabilidad en la comunidad. Por lo tanto, el Estado y la ciudadanía coinciden, se presentan como dos términos inescindibles y tan estrechamente unidos que no puede concebirse un Estado sin ciudadanos, ni la existencia de ciudadanos fuera del Estado. Los derechos y los deberes de unos, y las tareas constitucionales del otro, viven de esta necesaria y constante correlación50. Toda teoría de la democracia presupone un modelo de sociedad, por lo que resulta imperativo restituir el Estado para los ciudadanos, el cual fue sustraído por la partidocracia y sus representantes.

El Estado nace de nosotros, los ciudadanos, y en consecuencia, el Estado somos los ciudadanos. La democracia va de la política a la sociedad. Es la que hace participar a los ciudadanos, consolida la cultura de la legalidad y lleva a cabo una construcción social del Estado de derecho51.

Armonía de la Vida, acrílico sobre relieve en madera, 122 x 94 cm.

5. La sociedad civil en el proceso electoral mexicano 2018

Las elecciones de 2018 representan una importante oportunidad para crear una unión social y partidista en oposición a un régimen de corrupción e impunidad. Unión social quiere decir: establecer una profunda vinculación con la sociedad civil, con los diferentes grupos y organizaciones, es decir, con los ciudadanos de a pie. Unión partidista quiere decir: agregar en un frente alternativo a distintas organizaciones políticas con una finalidad unificada. Se trata de establecer nuevas aspiraciones, fines y objetivos de la política a través de los medios democráticos. Es necesaria una alternativa pluralista que corrija el rumbo que ha tomado el país. Es una obligación moral de los demócratas construir una alternativa. Por ello la importancia de la pregunta: ¿qué tipo de democracia existe en México?, la que nos lleva a otra: ¿cuál democracia necesitamos? La respuesta a estos interrogantes es relevante en función de un contexto caracterizado por el declive de la democracia mayoritaria y con ella de los partidos políticos tradicionales, del Estado y de la presencia ciudadana en la toma de decisiones. La disfuncionalidad estructural de las instituciones, la creciente opacidad y la falta de transparencia, así como la manipulación de los electores, la persistencia de las oligarquías y el gobierno de las minorías abren los escenarios de alternancia en el poder y hacen necesario imaginar una nueva forma de democracia para México.

Cuando se afirma que un régimen es democrático es porque existe competencia, oposición y participación política, además de garantías jurídicas para la libre expresión del sufragio y el respeto a los derechos civiles y políticos de los ciudadanos. Representa un sistema de procesamiento de conflictos que posee características que lo distinguen de otros ordenamientos políticos por la existencia de grupos organizados que promueven sus intereses con un acceso garantizado a las instituciones políticas. La democracia requiere procedimientos y reglas establecidas a priori, explícitas y que sólo pueden ser modificadas de común acuerdo. Los problemas inician cuando se pierden las mayorías. En la democracia nadie triunfa de forma definitiva, porque cada participante, individual o colectivo, puede optar entre distintas alternativas. Los resultados se relacionan con las combinaciones de estrategias que persiguen los actores y cada grupo puede optar por caminos que producen distintas consecuencias. Por ello, los resultados del proceso democrático además de indeterminados son inciertos. Todos los grupos deben someter sus intereses a la incertidumbre y es precisamente este acto de pérdida de la capacidad del control de los resultados de los conflictos lo que constituye un paso decisivo hacia la democratización. No hay un conjunto único de instituciones que por sí mismas definan la democracia, ni siquiera algunas tan destacadas como el voto mayoritario, la representación territorial, la soberanía legislativa o la elección del gobierno por el voto popular52. Lo que sí la identifica es el tránsito paulatino desde la democracia política a la democracia social en cuanto representa un proceso de conversión en ciudadanos de distintos sectores de la población, antes excluido –o indiferente– de los procesos políticos.

De producirse la alternancia en el poder, los nuevos liderazgos deberán postular una necesaria correspondencia entre los actos de gobierno y las necesidades de los ciudadanos considerados políticamente iguales. Así se daría vida a una forma de democracia consensual, abierta a la cooperación y al acuerdo como respuesta a la creciente frustración antisistémica. Se trataría de una democracia consensual sustentada en un gobierno de coalición que representa la posibilidad de un nuevo régimen político. Las coaliciones electorales representan iniciativas de gran calado para construir una nueva mayoría estable, además reafirman la convicción de que el momento político actual está caracterizado no por definiciones ideológicas o doctrinarias, sino por el reconocimiento práctico de que la sociedad reclama un cambio de fondo y efectivo en las formas tradicionales de hacer política. El realineamiento partidario que caracteriza al proceso electoral 2018 está integrado por dos grandes polos: el populista y el socialdemocrático. Cada uno de ellos portador de diferentes modalidades de la política. Respectivamente, la inmovilista y monolítica frente a la pluralista y consensual. Esta última modifica radicalmente el escenario político introduciendo un nuevo factor en la contienda electoral con posibilidades reales de triunfo.

El politólogo Robert Dahl identifica a las oposiciones leales que manifiestan su compromiso de acceder al poder solamente por medios electorales y que expresan su disposición para constituir gobiernos alternativos basados en un amplio consenso pluralista53. La oposición democrática se caracteriza por su continua disposición para responder a las preferencias de los ciudadanos, sin establecer entre ellos diferencia política alguna. Un sistema político sin oposiciones difícilmente es un sistema democrático. La oposición política se refiere a la acción de controvertir en el espacio público al gobierno y disputarle el consenso de los ciudadanos. El desempeño de la oposición tiene implicaciones y consecuencias directas sobre el régimen político, permitiéndole incrementar su democracia a través de la participación y el debate público acerca de las diferentes alternativas de gobierno. El grado de organización de la oposición incluso permite condicionar la dinámica de la instauración democrática, definiendo los actores y acuerdos, así como el espectro de fuerzas políticas emergentes. La resistencia, la disidencia y la desobediencia son posibles en la democracia, por lo que un sistema que facilite la oposición, la rivalidad y la competencia entre el gobierno y sus antagonistas, representa un componente esencial de cualquier proceso de trasformaciones políticas. Las oposiciones activas son el motor de la democracia.

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Coaligarse en torno a un proyecto opositor programático de carácter ciudadano aumenta la gobernabilidad y fortalece las instituciones democráticas. Favorece un incremento de la cooperación entre los partidos, así como los mutuos controles democráticos. La combinación de ambos aspectos produce un funcionamiento institucional eficaz y eficiente. Una amplia coalición política implica la necesaria conjugación de temáticas ciudadanas con acuerdos que hagan posible modificar los equilibrios políticos. La formación de coaliciones opositoras representa también una nueva forma de cohabitación democrática. Ellas permiten que el sistema democrático pueda enfrentar los desafíos derivados de la creciente complejidad social. Se plantea la necesidad de reconstruir la deteriorada institucionalidad, caracterizada, en los hechos, por un bipolarismo entre grandes coaliciones políticas, de las cuales una está en el gobierno y otra en la oposición. La coalición en el poder se ha constituido como una alianza para la gobernabilidad, mientras que la coalición opositora se define a partir de un programa de transformaciones donde el ciudadano debe tener una centralidad indiscutible. La gobernabilidad plantea la necesidad de compatibilizar y hacer congruentes las exigencias ciudadanas con las decisiones políticas. En esta perspectiva la sociedad civil coincide con la sociedad política.

 

 

 

1 Cohen, Jean y Arato, Andrew, Sociedad Civil y Teoría Política, México, Fondo de Cultura Económica, 2000, pág. 7.

 2 Dotti, Jorge, “La Actualidad de Pensar la Política”, en Carlos Strasser (ed.), La Teoría Política Hoy, Buenos Aires, Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales, 2016, Pág. 9.

3 Valencia, Ángel, “La Teoría Política en la Era de la Tecnocracia”, en Fernando Vallespín (ed.), Historia de la Teoría Política, Tomo 6, Madrid, Alianza, 1997, pp. 433-453.

 4 Cheresky, Isidoro, El Nuevo Rostro de la Democracia, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica de Argentina, 2015, pp. 88-132.

5 Prieto, Fernando, “Ideas Políticas Fundamentales”, en Manual de Historia de las Teorías Políticas, Madrid, Unión Editorial, 1996, pp. 18-31.

6 Pérez Tapias, José, Filosofía y Crítica de la Cultura, Madrid, Trotta, 2005, pp. 205-224.

7 Rousseau, Jean-Jacques, Discurso sobre el Origen y los Fundamentos de la Desigualdad entre los Hombres, Barcelona, Luarna, 2010.

8 Rousseau, Jean-Jacques, El Contrato Social, Madrid, Gredos, 2011.

9 Rousseau, Jean-Jacques, “Del Estado de Naturaleza”, en Escritos Políticos, Madrid, Trotta, 2006, pp. 60-63.

10 Hobbes, Thomas, Leviatán o la Materia, Forma y Poder de un Estado Eclesiástico y Civil, México, Fondo de Cultura Económica, 1940.

11 Hernández Arias, José, “Estudio Introductorio”, en Thomas Hobbes, Leviatán, Madrid, Gredos, 2015, pp. XXXIII—LVIII.

12 Strauss, Leo, La Filosofía Política de Hobbes, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica de Argentina, 2006, pp. 179-228.

13 Tönnies, Ferdinand, “La Moral y el Derecho Natural”, en Hobbes. Vida y Doctrina, Madrid, Alianza Editorial, 1988, pp. 235-276.

14 Macpherson, Crawford, La Teoría Política del Individualismo Posesivo. De Hobbes a Locke, Madrid, Trotta, 2005, pp. 21-110.

15 Hegel, Georg W.F., “La Sociedad Civil”, en Rasgos Fundamentales de la Filosofía del Derecho o Compendio de Derecho Natural y Ciencia del Estado, Madrid, Biblioteca Nueva, 2000, pp. 251-301.

16 Adorno, Theodor, Tres Estudios sobre Hegel, Madrid, Taurus ediciones,

1970, pp. 40-43.

17 Codura, Carla, El Mundo Ético. Ensayo sobre la esfera del Hombre en la Filosofía de Hegel, Barcelona, Anthropos, 1989, pp. 175-208.

18 Hösle, Vittorio, “La Societá Civile”, en Il Sistema di Hegel, Nápoles, La Scuola di Pitagora Editrice, 2012, pp. 650-653.

19 Gramsci, Antonio, “Sociedad Civil” en Manuel Sacristán (ed.), Antonio Gramsci. Antología, México, Siglo XXI Editores, 1978, pp. 290-291.

20 Gerratana, Valentino, “Inconsapevole Autoritratto”, en Antonio Gramsci, Lettere dal Carcere, Roma, L´Unitá, 1988, pp. 7-14.

 21 Bobbio, Norberto, “Gramsci y la Concepción de la Sociedad Civil”, en Actualidad del Pensamiento Político de Gramsci, Barcelona, Grijalbo, 1977, pp. 150-176.

22 Bobbio, Norberto, “Política y Artificio. Sobre la Lógica del Modelo Iusnaturalista”, en Origen y Fundamentos del Poder Político, México, Grijalbo, 1985, pp. 95-130.

23 Bobbio, Norberto, “Lo Político y lo Social”, en Teoría General de la Política, Madrid, Trotta, pp. 189-190.

24 Bobbio, Norberto, “La Sociedad Civil”, en Estado, Gobierno y Sociedad, México, Fondo de Cultura Económica, 1989, pp. 39-67.

25 Bobbio, Norberto, “Renacimiento del Contractualismo”, en El Futuro de la Democracia, México, Fondo de Cultura Económica, pp. 113-117.

26 Parsons, Talcott, The Structure of Social Action, Nueva York, 1937, pp. 5-6.

27 Boladeras, Margarita, Filosofía Social, Madrid, Editorial Síntesis, 2005, pp. 16-22

28 Lorenzo Cadarso, Pedro, Fundamentos Teóricos del Conflicto Social, Madrid, Siglo XXI de España Editores, 2001, pp. 64-69.

29 Cohen, Jean y Arato, Andrew, “Parsons: la Sociedad Civil. Entre la Tradición y la Modernidad”, en Sociedad Civil y Teoría Política, México, Fondo de Cultura Económica, pp. 152-174.

30 Pasquino, Gianfranco, Nuevo Curso de Ciencia Política, México, Fondo de Cultura Económica, 2014, pp.42-52.

31 Farneti, Paolo, Sistema Politico e Società Civile, Torino, Giappichelli, 1971. pág. 58.

 32 Harvey, David, Diecisiete Contradicciones y el Fin del Capitalismo, Quito, Instituto de Altos Estudios Nacionales del Ecuador, 2014.

33 De la Borbolla, Óscar, Filosofía para Inconformes, México, Debolsillo, 2010.

34 Todorov, Tzvetan, Insumisos, Barcelona, Galaxia de Gutenberg, 2016, pág.

35 Hessel, Stéphane, ¡Indignaos! Un Alegato contra la Indiferencia y a Favor de la Insurrección Pacífica, Barcelona, Destino, 2010.

36 Scott, James, Los Dominados y el Arte de la Resistencia, México, Era, 2004, pp. 217-237.

37 Vallespín, Fernando y Bascuñan, Máriam, Populismos, Madrid, Alianza Editorial, 2017, pp. 5-11.

38 Auyero, Javier, La Política de los Pobres. Las Prácticas Clientelistas del Peronismo, Buenos Aires, Manantial, 2012.

39 Judis, John, La Explosión Populista, Barcelona, Ediciones Deusto, 2018.

40 Alba Rico, Santiago, et.al., El Gran Retroceso. Un Debate Internacional sobre el Reto Urgente de Reconducir el Rumbo de la Democracia, Barcelona, Seix Barral, 2017.

41 Brossat, Alain, La Democracia Inmunitaria, Santiago de Chile, Palinodia, 2003, pp. 55-90.

42 Landman, Todd, Evaluar la Calidad de la Democracia, Estocolmo, IDEA, 2009.

43 Zarka, Yves, Hobbes y el Pensamiento Político Moderno, Barcelona, Herder, 2009, pp. 213-214.

44 Sartori, Giovanni, Teorie dei Partiti e Caso Italiano, Milano, Sugarco, 1982, pp. 97-99.

45 Prieto Sanchís, Luis, El Constitucionalismo de los Derechos, Madrid, Trotta, 2013.

46 Paine, Thomas, Los Derechos del Hombre, México, Fondo de Cultura Económica, 2017, pág. 94.

47 Mosterín, Jesús, El Triunfo de la Compasión. Nuestra Relación con los Otros Animales, Madrid, Alianza Editorial, 2014.

48 Ranciere, Jacques, El Método de la Igualdad, Buenos Aires, Nueva visión, 2012.

49 Heater, Derek, Ciudadanía. Una Breve Historia, Madrid, Alianza editorial, 2007.

50 Moreno, Luis, Ciudadanos Precarios. La Última Red de Protección Social, Barcelona, Ariel, 2000.

51 Rajland, Beatriz, El Derecho y el Estado, Buenos Aires, Clacso, 2016.

52 Sartori, Giovanni, Teoría de la Democracia 1, Madrid, Alianza Universidad, 1988, pág. 47.

53 Dahl, Robert, La Poliarquía. Participación y Oposición, Madrid, Tecnos, 1990.

 

 

 

Isidro H. Cisneros

Isidro H. Cisneros

Doctor en Ciencia de la Política por la Universidad
de Florencia, Italia.
Isidro H. Cisneros

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