Pensamiento social y religión

Categoría: El punto es, EPSI28
febrero 1 2017

Introducción

El pensamiento social podría darnos la impresión de rodearnos, de circular entre nosotros, de flotar detrás y por delante de los grupos. Se le ve hilvanarse en los rumores, en las expresiones religiosas y en todos sus pertrechos de rituales y dogmas. El pensamiento social participa en las actividades sociales, políticas, económicas, científicas y en el alborozo popular. Es el resultado de la vida común y cotidiana de las personas y de los grupos.

Inmersa en este contexto, la religión forma parte del mismo y, por tanto, no podemos considerarla como una forma deficiente del pensamiento formal o científico. Debemos, más bien, reflexionar sobre ella como una forma de pensamiento diferente y autónomo, es decir, regido por reglas formales específicas que poseen una lógica propia y con características singulares.

El universo de lo religioso parece tener una racionalidad específica y un estatus de excepción remarcable. Este universo parece no conceder ningún espacio a la racionalidad elemental. Las creencias religiosas tienen dos aspectos fundamentales, entre otros, que es necesario estudiar ampliamente y desde perspectivas diferentes, desde racionalidades diferentes, como las perspectivas psicosociales: el aspecto profético –que incluye la idea de que las sociedades tienen un destino predeterminado e inamovible, aspecto que ha sido seriamente estudiado y en ocasiones rebatido por las ciencias sociales– y, por otro lado, la elaboración de una concepción teológica del mundo. Ambos aspectos son divulgados por las instituciones religiosas y por diferentes grupos de ciudadanos reivindicando el derecho de la “interpretación auténtica” y de “prácticas obligatorias”.

Las creencias religiosas parecen no dejar margen a la interpretación libre de los sujetos y fomentan la creación de “instituciones totales”, como las que describe Erving Goffman en su libro Internados (1878), expuestas como instituciones organizadas de manera vertical y con jerarquías claramente definidas en donde sus miembros no cuentan. Estas creencias son elementos importantes de una cultura, de un tipo de pensamiento social, que tiene impacto e influye en diversos ámbitos de la vida social: la educación, la salud, el medio ambiente y la política, entre otros muchos.

Psicología y religión

La psicología social, dice Guimelli (2004) ha tenido durante mucho tiempo la costumbre de oponer la lógica formal, relativa a la demostración matemática (que no depende ni de los sujetos que la producen, ni de las circunstancias de su producción) a la lógica natural, relativa al pensamiento social, ampliamente determinada por el contexto social en el cual se inscribe. En otros términos, se opone el sujeto óptimo al sujeto social (Rouquette, 1994). Es decir, el primero fabrica y produce demostraciones dependientes de normas preestablecidas e invariables, y el segundo tiene por característica esencial actuar y pensar en interacción.

Aparentemente las cosas son simples: por un lado tenemos la ciencia, con procedimientos lógicos, técnicas y sus principios de racionalidad; por otro lado tenemos los rumores, las creencias, las ideologías, las prácticas mágicas que explican la realidad a partir de premisas diferentes. Entonces se diría que, por un lado, están la capacidad y la eficiencia y, por el otro, la insuficiencia y la irracionalidad.

Sabemos que el paradigma de la cognición social se detuvo ampliamente en el estudio de los “sesgos cognitivos” que afectan al sujeto social y limitan su capacidad con relación al sujeto óptimo. Recordemos que estos generalmente se definen como distorsiones, aberraciones y otros errores de juicio que al parecer caracterizan el funcionamiento cognitivo del sujeto social.

Un buen número de observaciones experimentales han permitido describir diversos “sesgos cognitivos”, mostrando la tendencia de los sujetos a sobrevaluar la importancia de ciertas informaciones para sacar sus conclusiones. Asimismo, existe en los individuos una fuerte tendencia para explicar las características de su entorno físico y social en términos de causalidad, particularmente frente a lo extraño o inexplicable. Es decir, el sujeto no busca todas las informaciones que serían necesarias para un análisis amplio y, digamos, riguroso.

Un estudio de campo de Festiger, Riecken y Schachter (1956) ilustra perfectamente esta tendencia. El estudio se enfocó en un grupo de fieles reunidos en torno de una profetisa convencida de que grandes catástrofes amenazaban el planeta. Logró convencerlos de que el fin del mundo estaba cerca, incluso anunciando la fecha exacta. Festinger y sus colaboradores lograron introducirse al grupo sin levantar sospechas y pudieron observar toda la dinámica interna.

A medida que la fecha fatídica se acercaba, la profetisa conmina a sus fieles y propaga ciertas visiones en el grupo. Desde ese momento solo queda una cosa por hacer: orar. Orar con un fervor cada vez más fuerte para ser salvados por los enviados del más allá. El momento llega, pero no pasa nada. Ante el flagrante fracaso de la profecía y el derrumbe de las previsiones, la profetisa debía hacer algo: en primer lugar, no perder la confianza en las creencias compartidas, pero era necesario sobre todo y primordialmente mantener la imagen ante el círculo íntimo. No hay de qué preocuparse. Los fieles no quedaron desamparados por mucho tiempo: fueron sus oraciones las que constriñeron a las instancias sobrenaturales a abandonar su nefasto proyecto logrando salvar a toda la humanidad del Apocalipsis.

Otro ejemplo: Savater (2007) cita, en su libro La vida eterna, a Jean Houdgron; en su novela titulada El signodel perro, Houdgron presenta a un investigador intergaláctico enviado a un planeta remoto en el que ocurren extraños sucesos. Los habitantes viven en una ciudad amurallada, bajo el acoso permanente de unos gigantescos y terribles monstruos que asaltan periódicamente la villa, descendiendo desde montañas circundantes. Ningún arma es capaz de detenerlos. Sólo pueden conjurar el peligro los ascetas de una extraña secta, que frenan a los monstruos cuando ya la destrucción de la ciudad parece inevitable, gracias a los puros poderes mentales y de sus rezos. El asalto ocurre una y otra vez, así como la defensa mágica, de modo que los ascetas imprescindibles son venerados y obedecidos por todos los ciudadanos. Finalmente, el investigador descubre que los monstruos son una creación de los propios ascetas para asegurar y perpetuar su poder.

Beatriz Eugenia Hernández

Mensajes de paz, acrílico sobre tela, 70 x 130 cm, 2012.

Los “sesgos cognitivos” constituyen, por lo tanto, una modalidad específica del pensamiento social, que denota un modo de funcionamiento frecuente. La cuestión es saber por qué. ¿Por qué una actividad mental, considerada como deficiente y conduciendo la mayoría de las veces a inferencias equivocadas, está tan propagada en nuestras sociedades modernas?

Hay varias formas de explicación a este fenómeno, pero hay una que me parece importante resaltar. Según Rouquette (1994, citado por Guimelli en 1999) los sujetos razonarán en función de su grado de implicación, que varía según dos dimensiones esenciales:

La valoración del objeto: esta dimensión puede ser capturada sobre una escala de principio que puede ir de “es una cuestión sin importancia” (valoración mínima) hasta “es una cuestión de vida o muerte” (valoración máxima);

La identificación del sujeto: esta dimensión puede también ser observada mediante una escala que va de “esto solo me concierne a mí” (identificación estricta) hasta “esto concierne a la especie” (identificación difusa).

El cruce de estos componentes permite, según Rouquette, establecer una “carta de pertinencia” en la que se distribuyen para cada sujeto y, de forma más general, para cada grupo los diferentes temas cognitivos. Así, la valoración máxima del objeto asociada a una identificación estricta del sujeto determina un nivel de implicación máxima. Por esto, el tipo de interacción por una parte y la actividad cognitiva que le está asociada, por otra, dependen estrechamente del grado de implicación.

Pensamiento social y religión

Hace más de 10 años el Arzobispo de México, Norberto Rivera (La Jornada, 1 de agosto de 1997), dejaba entreabierta la posibilidad de que los miembros de la iglesia que soliciten licencia puedan participar como aspirantes a puestos de elección popular, aunque también dijo que ellos (los clérigos) se han impuesto “no pertenecer a partidos políticos, no actuamos en política partidista y no aspiramos a un poder político temporal” (ídem).

Las llamadas a la yihad de algunos líderes musulmanes, el terrorismo de Al Qaeda, la guerra de Afganistán, la invasión de Irak con la bendición divina, el agravamiento del enfrentamiento entre monoteísmos en Oriente Medio, las manifestaciones dogmáticas en España contra la ley del matrimonio de homosexuales y la escuela laica, la crisis internacional por las caricaturas de Mahoma aparecidas en una revista danesa, el ataque a la revista Charlie Hebdo por la misma razón, la aparición del autollamado Estado Islámico, las amenazas de grupos católicos, hace no mucho, a diputados mexicanos por la despenalización del aborto, las manifestaciones recientes de grupos católicos en contra del matrimonio igualitario, etcétera, nos muestra que la religión continúa presente y, a veces, como dice Fernando Savater,1 agresivamente presente, quizá no más que antaño, pero desde luego no menos que casi siempre.

Es razonable suponer, dice Savater (2007) que buena parte de estos conflictos no están “realmente” motivados por cuestiones religiosas, sino que se utiliza más bien su cobertura para disfrazar afanes de poder político o de hegemonía social. Lo relevante no es que otro tipo de motivaciones propicie el despliegue bélico, sino que las causas efectivas para hacerse más inteligibles para la mayoría (o más entusiasmantes para las masas) es presentarse y argumentarse desde el dogmatismo teológico, es decir desde planteamientos irrefutables por definición, antidemocráticos y antimodernos por vocación.

Algunos se niegan a aceptar que las grandes religiones, reputadas fuentes de concordia y humanitarismo desinteresado, pueden propiciar enfrentamientos implacablemente sangrientos. Pero, no deben olvidarse dos cosas:

En primer lugar, las religiones funcionan como elementos de cohesión hacia dentro de las sociedades en las que son hegemónicas, pero, en cambio, a lo largo de la historia han provocado hostilidad y enfrentamiento hacia fuera, contra comunidades con creencias diferentes.

En segundo lugar, son mezclas y amalgamas de creencias diversas, supersticiones, leyendas, pautas morales, tabúes y profecías que inspiran la vida cotidiana de personas de todos los estratos sociales, con estudios o sin ellos, cultas o no. La misma fe que para algunos es un estímulo poético que espiritualiza su vida, funciona en otro caso como un oscurantismo fanático que impulsa al exterminio y a la persecución implacable de los semejantes.

Imágenes de la religión en México

En nuestro país hemos visto, a lo largo de la historia, demostraciones violentas por parte de algunos grupos religiosos. Por señalar solo algunas: en la Colonia, en la guerra cristera, en el pasado, y, muy recientemente, organizaciones conservadoras y de corte católico emprendieron una campaña agresiva e intimidatoria contra las reformas al Código Penal y a la Ley de Salud para despenalizar el aborto en la capital del país, además hace unos meses hicieron lo mismo contra el reconocimiento de las parejas de homosexuales y de los matrimonios igualitarios.

En una investigación que realicé hace cinco años, aplicando la técnica de grupos focales con estudiantes de Psicología de la Universidad Autónoma de Tlaxcala, de la Universidad Autónoma Metropolitana-Iztapalapa y de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, encontré que la mayoría de los participantes consideraban como unos de los principales problemas en la religión los siguientes: el abuso de poder de la iglesia, la influencia de la iglesia en la educación y el fanatismo.

Para corroborar las afirmaciones vertidas en los grupos focales de los estudiantes de las tres universidades señaladas, apliqué un cuestionario a una muestra aleatoria de 100 estudiantes de Psicología de dos universidades: la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla y de 50 estudiantes de la Universidad Autónoma Metropolitana-Iztapalapa.

Ante la pregunta: ¿El fanatismo religioso promueve comportamientos a través del miedo?, las respuestas fueron las siguientes:

BUAP / UAM-I

Con estos resultados, muy parecidos por cierto, podemos afirmar que los estudiantes encuestados de estas dos universidades (BUAP y UAM-I), tienen una imagen que señalan que las estrategias religiosas se sustentan en el miedo. Así mismo, ratifican las opiniones dadas en los grupos focales de los estudiantes de las tres universidades señaladas anteriormente (UAT, UAM-I y BUAP).

A manera de conclusión

La religión forma parte del pensamiento social y no puede ser considerado como una forma deficiente del pensamiento formal o científico. Debe ser considerada, preferentemente, como una forma de pensamiento diferente y autónomo, es decir regido por reglas formales específicas que tienen su propia lógica. Por eso es necesario delimitar perfectamente sus alcances en la vida social pública, en donde los ciudadanos no pueden estar obligados, y mucho menos sometidos, a ningún tipo de religión.

Durante siglos ha sido la tradición religiosa la encargada de orientar moralmente las sociedades. Pero, las democracias modernas basan sus acuerdos axiológicos en leyes y discursos legitimadores, es decir, discutibles y revocables, no infalibles y confesionales.

En la sociedad laica son bien recibidas las creencias religiosas en cuanto derecho de quienes las asumen, pero no como deber que puede imponerse a nadie. Las religiones pueden decretar para orientar a sus fieles qué conductas son pecados, pero no están facultadas para establecer qué debe o no ser considerado legalmente delito y, por supuesto, tampoco imputarle pecados a quienes no profesan sus creencias.

Finalmente, en la escuela pública sólo puede resultar aceptable como enseñanza lo verificable, es decir, aquello que recibe el apoyo de la realidad científicamente contrastada en el momento actual y lo civilmente establecido como válido para todos. No lo inverificable que aceptan como auténtico ciertas almas piadosas o las obligaciones morales fundadas en algún credo particular.

1 Ídem.

Bibliografía

Díaz, G. L. (2007); “A golpes de miedo”. Proceso, México, 1590, 7-15.

Festinger, L.; Riecken, H. W. y Schachter, S. (1956); When prophecy fails. Minneapolis, USA: University of Minnesota Press.

Gauchet, M. (1998); La religion dans la démocratie. Paris: Gallimard/Folio.

Goffman, E. (1898); Internados. Argentina, Paidós

Guimelli, C. (1999); La pensée sociale. Paris: Presses Universitaires de France.

Kepel, G. (2005); La revancha de Dios. Cristianos, judíos y musulmanes a la reconquista del mundo. Barcelona: Alianza.

Rouquette, M.-L. (1994); « Chapitre 4 », Chaînes magiques. Les maillons de l’appartenance, Neuchâtel, Delachaux & Niestlé; citado por Christian Guimelli (1999); La pensée sociale. Paris: Presses Universitaires de France.

Savater, F. (2007); La vida eterna. Barcelona: Ariel.

Vera, R. (2007); “Los católicos, a la ofensiva”. Proceso, México, 1587, 18-19.

Eulogio Romero Rodríguez

Eulogio Romero Rodríguez

Doctor en Psicología por la Universidad de Caen, Basse Normandie, Francia; Profesor-investigador de la Facultad de Psicología de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla. eulogio_romero@hotmail.com.
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