Nuestras voces: lenguas originarias en peligro y discriminación en México

abril 11 2018

El día 21 de Febrero es reconocido por la Organización de las Naciones Unidas (ONU) como el Día Internacional de la Lengua Materna. Sin embargo, aún y cuando la presencia mediática de esta conmemoración existe, lo que no suele ser evidente en la reflexión diaria es que estas designaciones están muy lejos de ser una “celebración”, la idea detrás de los días Internacionales, conforme la propia Asamblea General (2018: parr.4) lo especifica es “sensibilizar, concienciar, llamar la atención, señalar que existe un problema sin resolver, un asunto importante y pendiente en las sociedades para que, a través de esa sensibilización, los gobiernos y los estados actúen y tomen medidas para que los ciudadanos así lo exijan a sus representantes”.

Y es que en efecto, las lenguas maternas, particularmente las lenguas indígenas, enfrentan actualmente un grave riesgo de extinción que alcanza estadísticas alarmantes. Nunca el mundo había estado tan poblado como ahora, alcanzando más de 7 mil millones de personas, pero tampoco nunca habían sido tan silenciadas las lenguas originarias de numerosos grupos humanos: la mitad del mundo está enmudenciendo respecto a su propio idioma, para adoptar involuntariamente idiomas dominantes, y muchas lenguas están muriendo, debido a estas dinámicas que en su mayoría obedecen a criterios de represión y discriminación social, en ocasiones dirigidas desde el Estado. La UNESCO (2010) estima que si nada se hace, la mitad de los 6 mil idiomas hablados actualmente desaparecerá a finales de este siglo. Con la desaparición de las lenguas no escritas y no documentadas, la humanidad no sólo perdería una gran riqueza cultural, sino también conocimientos ancestrales contenidos, en particular en las lenguas indígenas.

Como se observa, el porcentaje estimado de idiomas en riesgo en el mundo es realmente alto. A pesar de ello, el problema no es fácilmente percibido como un asunto de interés global, pues la propia intangibilidad de los idiomas y la falta de interacción entre los hablantes de estas lenguas frente a una sociedad más amplia con cultura e idiomas dominantes disminuye la percepción sobre su ausencia: no es un vacío que se pueda ver a simple vista como ocurre con la deforestación de los bosques tropicales, el dramático descenso de fuentes de agua potable o la extinción de especies animales, de las cuales recibimos noticias con frecuencia a través de los medios debido a que existe una mayor concientización y es algo con lo que las sociedades del mundo suelen estar más familiarizados.

Cada dos semanas muere un idioma en el mundo, sin embargo, el acontecimiento pasa inadvertido en las sociedades culturalmente dominantes, haciendo que la problemática permanezca fuera de los grandes debates, urgentes y necesarios para la preservación y difusión de las lenguas en riesgo, a pesar incluso de que la extinción masiva de idiomas ocurre a ritmos muy superiores de otros procesos que acaparan la atención mediática y social.

En dicho sentido el especialista David Harrison (2007:7) explica que no existe precedente alguno en toda la historia de la humanidad en relación a la celeridad del proceso de extinción. Sus investigaciones arrojan que desde el año 1600 el planeta perdió un total de 484 especies animales, junto con 654 especies de plantas que ahora se reportan extintas. Por supuesto, son cifras subestimadas, pero incluso así, representan menos del 7% del número total identificado de especies de animales y plantas. Comparado con esto, el estimado de 40% de idiomas que están en peligro es asombroso. Los idiomas están mucho más amenazados que las aves (11% amenazados, en peligro o extintos), los mamíferos (18%), los peces (5%) o las plantas (8 por ciento).

Conforme a los datos conocidos, es notorio que el desafío que enfrentan las lenguas originarias es mucho mayor al que usualmente solemos darle, y está siendo minimizado, tanto en el sentido de su difusión y concientización a través de los medios informativos, como en el sentido de su pertinente discusión por los gobiernos e instituciones correspondientes, que no han realizado los esfuerzos suficientes para salvaguardar y promover los idiomas en peligro.

Ciertamente este desinterés tiene mucho que ver con la falta de concientización, pero también hay mucho de racismo y discriminación en ello, tanto a nivel social como a nivel gubernamental, en muchos países, incluyendo México. Se sigue soslayando el necesario debate sobre el pleno reconocimiento de la plurinacionalidad y la profundización de los derechos de los pueblos originarios, aunque desde el año 2000 hemos tenido avances significativos en ese sentido.

En México quedan únicamente dos hablantes del idioma indígena Zoque-Ayapaneco (El Universal, 2012). Cuando ellos mueran, todo rastro de ese idioma, y la cultura que contiene, habrán desaparecido para siempre. Es con toda probabilidad, la siguiente lengua por desaparecer en México, pero dista mucho de ser el único idioma amenazado.

Nuestro país se encuentra en los primeros 10 lugares en diversidad lingüística a nivel mundial, cuenta con 68 lenguas originarias y 364 variantes, de las cuales 64 (17.58%) se encuentran en muy alto riesgo de desaparición, 43 (11.81%) enfrentan un alto riesgo, 72 (19.78%) están clasificadas en mediano riesgo, y 185 (50.82%) en riesgo no inmediato. Es decir que la mitad de los idiomas del país enfrenta un riesgo de desaparecer en el corto plazo.

Las razones por las que pueden desaparecer los idiomas en el mundo son varias y corresponden a distintos niveles de análisis y profundidad. Una lengua puede extinguirse, por ejemplo, debido a desastres naturales, plagas o enfermedades que acaben con la totalidad de los hablantes en poco tiempo, sin dar lugar a la preservación de su lenguaje y cultura, pero también es muy importante señalar aquellos elementos que son atribuibles a la intervención humana y que históricamente han sido causa fundamental para la pérdida de muchos de ellos: las colonizaciones, la represión cultural violenta, la discriminación, en casos específicos puede hablarse incluso de genocidios con motivación étnica.

Mientras en siglos pasados los desastres naturales, la guerra y la represión abierta fueron los factores predominantes en la pérdida de los idiomas originarios, actualmente laprincipal amenaza que enfrentan los hablantes de lenguas minoritarias es el dominio cultural, político y económico de una sociedad sobre otra, se trata de relaciones de fuerza, sometimiento y violencia social, abierta o disimulada, las que propician el silencio de estas voces vulnerables.

A pesar de ello, hay posturas que justifican la muerte de los idiomas como parte de un curso natural de las cosas. Usualmente se fundamentan en el pragmatismo que otorga la cómoda posición de pertenecer a la sociedad y cultura dominantes, se alude a estos idiomas como “primitivos”, “poco útiles” o “innecesarios”, una interpretación superficial que no profundiza en las implicaciones de una lengua más allá del “valor de uso” como medio de comunicación, ignorando que todo idioma es, a la vez que un medio, un depósito de saberes, creencias, sentimientos y cosmovisiones. El idioma, como manifiesta el poeta maya Cocom Pech es “la casa de nuestra alma y el hogar de nuestros recuerdos”. Con su pérdida nuestra interpretación y conocimiento del mundo se reduce y empobrece. Al respecto vale la pena recordar el pensamiento de Miguel Leon Portilla (2001), quien asevera que

la desaparición de cualquier lengua empobrece a la humanidad. Todas las lenguas en las que cualesquiera mujeres y hombres aprendieron a pensar, amar y rezar, merecen ser respetadas como parte de sus derechos humanos. Y esto lo aplico a todos los idiomas amerindios y a todos los que en el mundo se hablan.

Usualmente las personas no cambian su idioma voluntariamente. Este proceso ocurre bajo la presión social y la discriminación de grupos mayoritarios, que transforman lo que debería ser una opción cultural, en una necesidad de subsistencia. Dicha discriminación puede ser a través de políticas públicas que obligan a usar solamente un idioma o que sencillamente lo ignoran. Además, la indiferencia del grupo de la lengua dominante por comprender e interactuar en la lengua minoritaria termina por producir un cambio de idioma y contribuye a que en los hablantes más jóvenes de la lengua minoritaria se genere la idea de que no vale la pena continuar hablando su idioma original o transmitirlo a su descendencia.

En nuestro país por ejemplo, mediante la Educación Pública y otros mecanismos del Estado, al indígena se le obliga a aprender la lengua dominante, entiéndase el español, pero son contados los casos del proceso inverso. Es decir, al alumno que nació en y pertenece a la sociedad dominante no solamente no se le obliga bajo los mismos mecanismos a aprender y comprender la lengua indígena de su región como parte del programa de estudios, sino que en muchos casos ni siquiera se le instruye sobre la existencia e importancia de esa otredad cultural, es decir que la llamada “integración” y construcción de “lo nacional” continúa ocurriendo de una forma mayormente excluyente, reforzada por estereotipos clasistas y racistas.

Porque México es, muy a pesar del discurso oficial y de las actuales políticas públicas que explotan y enaltecen la imagen indígena como fuente de riqueza cultural y mecanismo de atracción para el turismo extranjero, un país profundamente racista y clasista, que en los hechos discrimina y excluye por el color de piel, el origen étnico y la posición económica. Todos estos factores repercuten en la pérdida del idioma originario y otros elementos culturales de la mayor importancia, que se ocultan y/o pierden para “integrarse” a la sociedad más amplia.

Hay muchos ejemplos históricos y recientes que dan sólida prueba de este racismo y clasismo que se ejerce veladamente en nuestra sociedad pretendidamente incluyente, que pueden analizarse desde perspectivas como el lenguaje popular y vernáculo, como en aquel refrán que invita a casarse con un “güerito” para mejorar la raza, hasta aquellos ejemplos que datan de un periodo muy reciente de tiempo, en los que haciendo uso de la más denigrante violencia se han corrido a indígenas de centros comerciales y tiendas departamentales básicamente por prejuicios sobre su apariencia étnica.1

Estas circunstancias colocan al indígena mexicano en una posición de extrema desigualdad, pues no se trata solamente de sociedades minoritarias en términos poblacionales, lo cual en nada afectaría el legítimo uso de sus derechos y de su idioma si éstos se respetaran y no existieran la discriminación y racismo que en efecto existe y se ejerce. Como consecuencia de esto, para los indígenas mexicanos preservar su cultura, idioma y tradiciones, todos ellos reconocidos y garantizados en la Constitución tras las reformas de 2003, implica enfrentar un desafío que los coloca en una situación de vulnerabilidad. Es una terrible dualidad en la que defender y promover su lengua y cultura implica simultáneamente renunciar a oportunidades.

Profundicemos esta relación negativa, por ejemplo, en el ámbito educativo, un estudio del Consejo Nacional para Prevenir la Discriminación (Conapred) revela que el principal obstáculo de los jóvenes indígenas para no continuar su educación es, precisamente, no hablar español. Las estadísticas señalan que son ya muy pocos los jóvenes sin escolaridad en el país (cerca de 1% en ambos grupos de edades). No obstante, este porcentaje tiene variaciones importantes según la pertenencia a pueblos indígenas. Entre quienes no pertenecen a pueblos indígenas los porcentajes son los más bajos (0.7% entre 16 y 19 años y 0.9% entre 20 y 24 años). Se incrementan ligeramente para quienes son pertenecientes a pueblos indígenas sólo por adscripción cultural (0.9 y 1.3%, respectivamente). El aumento es más significativo para quienes son hablantes de lengua indígena y español (2.2 y 3.6%, respectivamente). Por último, entre las y los jóvenes que sólo hablan lengua indígena, el porcentaje sin escolaridad crece sustancialmente a 29.4 y 37.6%, respectivamente (de acuerdo a un estudio de 2017).

El estudio del Conapred es desolador y contundente: hablar únicamente la lengua indígena, lo cual es un derecho humano y está constitucionalmente reconocido, es causa directa de exclusión en la continuación de los estudios. El propio Consejo (2017:74) concluye que

llama la atención, de manera preocupante, que en la muestra de más de 23 mil jóvenes que sólo hablan lengua indígena, ninguno haya alcanzado estudios superiores, o incluso terminado la escuela secundaria. Esto refleja la ausencia de opciones educativas más allá de la secundaria para las y los jóvenes indígenas que no hablan español.

Pero esta desigualdad y falta de acceso a la educación ocurre a pesar de que la Constitución Mexicana no reconoce el idioma español como oficial y por lo tanto no existe fundamento legal para negar la educación a cualquier nivel en la lengua originaria. Por el contrario, la Carta Magna sí reconoce en el artículo 2º fracción B que la federación, las entidades federativas y los municipios, para promover la igualdad de oportunidades de los indígenas y eliminar cualquier práctica discriminatoria, establecerán las instituciones y determinarán las políticas necesarias para garantizar la vigencia de los derechos de los indígenas y el desarrollo integral de sus pueblos y comunidades, las cuales deberán ser diseñadas y operadas conjuntamente con ellos. Y agrega en el numeral II de la misma fracción que deberán “garantizar e incrementar los niveles de escolaridad, favoreciendo la educación bilingüe e intercultural, la alfabetización, la conclusión de la educación básica, la capacitación productiva y la educación media superior y superior”. Por lo tanto, lo que presenciamos es una falta de la aplicación de estas políticas, que conduce al desplazamiento y eventual pérdida de los idiomas originarios.

Algo similar, pero de mayor gravedad, ocurre en cuanto a la aplicación del Sistema Penal de Justicia y los derechos procesales de los indígenas, en los cuales el desconocimiento del idioma dominante, pero además la omisión del Estado de garantizar el traductor y debido proceso en su idioma –lo cual también es un derecho garantizado en las leyes–, termina consolidándose como un causa privativa de la libertad. Conforme a datos de la Comisión Nacional de Derechos Humanos, se estima que 8 mil 500 indígenas permanecen recluidos en los centros penitenciarios del país, lo verdaderamente escalofriante es que apenas el 15% de esa cifra supo de qué se le acusaba, porque no contaron con los traductores que por ley debían asistirlos en el proceso.

René Ramírez (Resumen Latinoamericano, 2017), directivo de la Organización de Traductores Intérpretes, Interculturales y Gestores en Lenguas Indígenas (OTIGLI), explica que

en el interior del país vemos cómo alrededor del 80% de los acusados indígenas por algún delito no tiene la asistencia de un traductor. Se les condena sin enterarse de qué se les acusa o no pueden defenderse porque no hablan español, no hay quien les ayude.

Lo cual no solamente refleja este proceso de exclusión y omisión de las obligaciones del Estado respecto a los derechos de los pueblos originarios, sino que claramente esta discriminación, exclusión y extrema desigualdad son alicientes para abandonar la lengua indígena e incluso la identidad originaria, es lo opuesto a lo que debería ocurrir, pero es el empuje de la discriminación social realmente existente. ¿Qué motivación pueden encontrar los hablantes de lenguas originarias para perpetuar su lengua y raíces culturales, si el Estado y la sociedad los coloca, por este solo hecho, en una situación de extrema desigualdad?

El racismo y la discriminación en México siguen plenamente vigentes. Los resultados de la última encuesta realizada por el Conapred (2010), demuestran estadísticamente que el 20% de las personas en México no se sienten a gusto con su color de piel, uno de cada cuatro mexicanos se siente discriminado por su apariencia física, y un 5.5.% considera como un factor negativo que la sociedad esté conformada por fenotipos (color de piel) distintos. Con proporciones aún más elevadas y alarmantes, un 23% dijo no estar dispuesto a vivir con alguien de otra “raza” o con una cultura distinta y un 55% reconoció que en el país el color de la piel es motivo para insultar a otros.

Por si estos datos no fueran ya contundentes, en junio de 2017 el INEGI realizó una encuesta donde se incluían fenotipos como variable de análisis frente a oportunidades de desarrollo, y determinó de forma concluyente que mientras el color de piel es más oscuro, los porcentajes de personas ocupadas en actividades de mayor calificación se reducen. A partir de los tonos medios de la escala (Escala “F”) y conforme estos se hacen más oscuros, el porcentaje de personas ocupadas en actividades de baja calificación aumenta. Por el contrario, cuando los tonos de piel se vuelven más claros, los porcentajes de ocupados en actividades de media y alta calificación son más elevados.

Como vemos, la profunda discriminación y racismo en México no pueden seguir siendo negados por un Estado que presume mucho en su política exterior y estrategia turística su “patrimonio indígena” pero que en los hechos es omiso en su obligación de garantizar igualdad de oportunidades y derechos culturales frente a la sociedad dominante que los excluye.

El idioma es uno de los elementos centrales de la identidad cultural de los pueblos indígenas, y, como hemos visto, éstos se encuentran en inminente riesgo debido a la constante presión y represión ejercida por estas lógicas coloniales contra las que muy poco se ha hecho, y que perduran aun cuando vivimos una independencia hace dos siglos y una revolución social cien años atrás. De ahí que, entre otros factores trascendentes, el EZLN se haya levantado en armas en 1994, para visibilizar nuevamente una sociedad y una cultura que ha sido reiteradamente negada en nuestro país y usada solo discursivamente: la sociedad y cultura indígenas, cuya riqueza y valor cultural es tan inestimable como el de cualquier otra cultura en el mundo.

Con la pérdida de los idiomas originarios en México, sumado a toda la cosmovisión que hay en ellos, perdemos todos, no solamente como sociedad mexicana, sino como humanidad. Con cada lengua que se pierde, se borra para siempre un acervo cultural irrecuperable de la sabiduría humana, importantes conocimientos descubiertos y desarrollados durante milenios, otras formas de ver la vida y de entendernos con la naturaleza, con nuestro entorno, con nuestros semejantes.

Afortunadamente aún no es tarde para escuchar la voz del otro, para que los pueblos originarios y los hablantes de estas lenguas en riesgo tomen el lugar que por derecho le corresponde bajo una pluriculturalidad efectiva, para escuchar esas voces que por siglos han sido silenciadas, pero que afortunadamente para el mundo moderno, y quizá en contra de él, han tenido la fuerza para trascender hasta nuestros días.

A nosotros como sociedad, con nuestras acciones, nos corresponde evitar que el mundo siga enmudeciendo y que las lenguas de México en peligro de extinción superen felizmente esa etapa, que nunca más el indígena sienta la necesidad de ocultar su voz ni sus raíces en este país por sentirse discriminado, y que no sea ni su idioma ni su origen étnico una dificultad para realizarse. El año 2019 ha sido declarado por la ONU el Año Internacional de las Lenguas Indígenas, no dejemos pasar el momento, ahora que aún tenemos nuestras voces.


Asamblea General de la ONU. (2016). ¿Para qué sirven los días internacionales?. Disponible en http://bit.ly/2nkz3eW
Conapred (2017) Solís, p. Coord. Discriminación, Estructura y Desigualdad Social. Con casos ilustrativos para jóvenes indígenas, mujeres y personas con discapacidad. Disponible en http://bit. ly/2FqwgtU
CDI. Lenguas Indígenas en Riesgo de Desaparecer. Disponible en http://bit.ly/2FqvRro
David K. Harrison (2007), When Languages Die: The Extinction of the World’s Languages and the Erosion of Human Knowledge (Oxford: Oxford University Press). Traducción propia.
Cocom Pech, J. (2015). A t’aane’ u naajil a pixan. http://bit. ly/2FGO8zP
Conapred (2010). Encuesta Nacional sobre Discriminación en México. Enadis. http://bit.ly/1djQNgb
Expansión. (2017). http://bit.ly/2p4R3b7
INEGI. (2017). Módulo de Movilidad Social Intergeneracional. http://bit.ly/2syVGP2
León Portilla, M. (2001), “El español y el destino de las lenguas amerindias”, discurso pronunciado en el II Congreso Internacional de la Lengua Española, Valladolid, España. En http://bit.ly/2Di8YQP
Resumen Latinoamericano. (2017). “El crimen de no hablar español tiene a más de 8 mil indígenas en la cárcel”. Disponible en http://bit.ly/2tx9ESN
UNESCO (2010), Atlas de las lenguas en peligro, 3ra ed. Christopher Moseley, ed. http://bit.ly/1G1FjdM
“Zoque-ayapaneco, la lengua indígena que agoniza en México”, Excelsior, 20 de sep¬tiembre, 2012, http://bit. ly/2FGRV00

Enrique Catalán Salgado

Enrique Catalán Salgado

Profesor-Investigadordel Departamento de Políticay Cultura de la UAM-Xochimilco. Maestro en Relaciones Internacionales y Doctoranteen Ciencias Sociales por laUAM-Xochimilco.
Enrique Catalán Salgado

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