El naco: lo próximo transfigurado en lo espurio

Categoría: EPSI30, Punto Literario
junio 1 2017

La porción desarrollada de México impone su modelo a la otra mitad, sin advertir que ese modelo no corresponde a nuestra verdadera realidad histórica, psíquica y cultural sino que es una mera copia (y copia degradada) del arquetipo norteamericano.

Octavio Paz nos habla de una negación arquetípica que lleva arrastrando el mexicano desde el momento en que el mexica, como gente principal o centro de poder, crea el mito sobre su origen cimentándolo en la falsedad, ocultando su principio genealógico chichimeca y hace creer a otros que era descendiente de aquellos que habitaban Tollan (Coatépetl), el lugar mítico donde se tiene contacto con lo divino, el lugar entre el origen y el fin, entre lo ideal y lo real, la montaña sagrada. Negaban su origen. Al dialogar intertextualmente con otros autores podemos hablar de la creación de un híbrido en especial del individuo que es parte de la sociedad mexicana y que posee una identidad aparte pero que a la vez las características de esta identidad también nos definen a todos porque en este país la mayoría somos mestizos, provenimos de una mezcla o varias y en el fondo somos unos híbridos y que al momento de excluir a esos otros también nos excluimos a nosotros. En su análisis Paz reflexiona sobre la soledad como una forma de desenvolverse del mexicano. Si observamos a fondo en el interior de un concepto podremos apreciar con más transparencia su movimiento, imaginemos que miramos a profundidad en el interior de un barrio y dentro de él podremos observar lenguajes como el familiar, el coloquial y otros que nos llevarán a su contexto territorial donde también se incluye el clima y cierta vegetación en la cual también influye el tiempo y el mismo espacio y que son factores que le proporcionan identidad y que le proveen pertenencia. Lo mismo sucede con las naciones, toda nación habita en un lenguaje y este se va transformando con el tiempo. Al hablar de lenguaje no solo nos referimos al oral y escrito sino a todo tipo de lenguajes que nos contextualizan un lugar y un tiempo. Una nación cuando conquista a otra la primera tarea que realiza es imponer su idioma porque este contiene signos y la vez códigos que van estructurando otro tipo de lenguajes y que se manifiestan a través de la conducta por medio del mito para después desplazarse en el rito y comulgar con las costumbres y creencias de quien les procuró su idioma. Conforme el lenguaje va tomando posición en esta sociedad, este mismo conjunto de personas va desechando aquello que no le es cercano o conocido y va retomando aquello que le es próximo y significativo y lo incluye con lo que sabe que es suyo. Así se va construyendo un híbrido el cual también incluye el sincretismo y que en analogía con el lenguaje oral también existen barbarismos que en algunos casos transforman en neologismos y que son provocados por la contraposición de costumbres fonéticas y simbólicas/semánticas que no permiten la fluidez y la inteligibilidad. A través del tiempo este conjunto de elementos y lenguajes crean identidad en esta nueva sociedad porque se apropia de ellos y es lo que les proporciona un lugar en el mundo. México es esta nueva sociedad, con apenas 200 años como nación, que no es ni indígena en su totalidad ni española y que se ha apropiado de leguajes orales y escritos y de costumbres, creencias y tradiciones de los pueblos que son la base de este país y de algunos otros pero en proporción mínima. Es una construcción concretizada y como toda sociedad mantiene un proceso de adaptación, lo único que arroja a una nación a la soledad es la negación, la carencia de pertenencia. A través de nuestra historia podremos observar que siempre hemos querido ser otros, no estos, los que somos. En México no existe un problema de identidad sino de aceptación. Carlos Monsiváis en relación a la cultura popular describe esta otredad revelada a través de lo proxémico –lo próximo, lo cercano– al expresar que “un naco es el que está junto a mí”. Manifestándonos esa cercanía con el otro y que de fondo conlleva una oscura intención, lo espurio. Que es aquello que desea apropiarse de la esencia del otro y se aproxima con la intención de falsificarlo, pervirtiendo su origen para apropiarse de su identidad. Es lo aparente, lo falso, aquello que intenta imitar desvirtuando al auténtico. Alterándolo, transmutándolo en otro, en pocas palabras adulterándolo. Analizando esta frase del cronista de la Ciudad de México retrocedemos en la historia hacia el siglo XIX, cuando, en los principios de la charrería en el país, el chinaco fue una figura importante, una figura impregnada de arrojo, valor, fuerza y deseo, que en el cine mexicano Contreras Torres sublimó presentándonoslo como un símbolo dentro de las guerras del siglo XIX, como parte importante de la construcción de una nación y que entre los años treinta y cuarenta del siglo XX utilizó como parte del discurso nacionalista para sus producciones, y quien, como individuo activo durante la Revolución deseó mistificar como en reflejo o proyección del propio ideal que también a él lo llevó a incluirse en la “bola”. En el libro La charrería: origen e historia de una tradición popular los autores nos dicen que dentro de la cultura popular el ranchero/chinaco del siglo XIX contenía un profundo sentido de pertenecía hacia la tierra y que éste puede que derive del sistema de castas que imperaba en el virreinato del siglo XVIII y que la casta de donde provenía el chinaco era la llamada chinos –nada que ver con el país de China– porque su mezcla era ambigua, no eran ni españoles ni criollos, ni provenían del mestizaje entre españoles e indígenas nativos. Así el chinaco puede relacionarse con el coyote, que es el hijo de la mezcla de un mestizo con un indígena. Lílido Ramírez Iglesias de la Universidad de los Andes, en Venezuela, con relación a las castas, nos dice lo siguiente:

El Imperio Español impuso un sistema de castas en sus colonias de América y Filipinas. El sistema se diseñó sobre la base de la ideología de la limpieza de sangre, considerada como el antecedente del racismo europeo moderno. El sistema de estratificación colonial clasificaba a las personas en tres “razas”: blanca o española, indígena y negra. La sangre de las personas de cada grupo era “limpia”, pero si un hombre y una mujer de diferentes “razas” engendraban un hijo, la sangre de éste se vería “manchada”, hecho que lo haría pertenecer a una casta. Debido a ello, en el sistema colonial español, el término “cruzas” o “castas” designaba a los grupos e individuos con “sangre manchada” a consecuencia del sexo interracial.1

De aquí que la palabra espurio, que es lo no natural o de origen impuro, derive en la bastardía por lo mismo hubo muchos hijos no reconocidos llamados bastardos. El gran problema de la estratificación de las castas  a diferencia de la estratificación social es que no se puede salir de esta, se condena a permanecer en ella por siempre. La cercanía de la casta llamada coyote con el chinaco se debe a esa mezcla que no está bien definida y que era llamada así –según Lílido Ramírez Iglesias– en muchos casos por el olor de la piel. Iglesias comenta que hubo 53 castas que eran definidas por cuestiones fenotípicas como el color del cabello, el color de la piel o por el olor semejante al de animales como el lobo, el caballo, el perro y el coyote como es en el caso del chinaco, entre otros animales más. Todas estas acepciones son totalmente agresivas y denigrantes y en algunas otras fue peor porque fueron definidas por cuestiones de deformación física como en el caso de los zambos que eran llamados así por la similitud en el color del cabello con el pelaje de un mono que habita en América pero además de llamarle así a algunas personas por tener las rodillas juntas y los pies separados y ser sinónimo de torcido, deforme, bizco o mono.

Agave Rojo, mixta/tela, 70 x 80 cm, 2010., Margarita Chacón

Agave Rojo, mixta/tela, 70 x 80 cm, 2010., Margarita Chacón

En el caso del chinaco también es peyorativa su designación porque proviene de “chino”, indio del populacho y “china” que es el animal hembra o “chinaca”, gente desarrapada y miserable. Como si su estirpe fuese la mezcla entre un humano y un animal, una degeneración.

Carlos Monsiváis, sobre el naco en la cultura popular del siglo XIX, dice que sus antecesores fueron los léperos y los pelados y que a esta plebe “la gente decente” la vio siempre como nebulosa y afantasmada, y la castigó bautizando en su deshonor las “zonas prohibidas” del lenguaje: las leperadas, las peladeces, expulsándolos del paraíso de la civilidad. Echados a un lado de la sociedad creada por los ricos y poderosos, desplazándolos al costumbrismo y folclor del pueblo. A formar parte de las leyendas e historias que se crean a través de lo oral y que van corriendo de boca en boca, sin tener el privilegio de ser reconocidos honrosamente por medio de la vía escrita. Con el paso del tiempo el peladito fue tomando y apropiándose de ciertos terrenos como la carpa, el chiste popular y la caricatura. Como sabemos, donde tomó más fuerza fue en el cine por medio del personaje creado por Mario Moreno “Cantinflas”. El lépero y el peladito se mezclan en el imaginario con el chinaco, en especial el peladito porque éste también se encuera para hablar a la vez que es un desarrapado, que como la gente del pueblo tiene muy poco o nada de dinero para comprar ropa. En los años cuarenta y cincuenta, a los peladitos, la gente de poder económico y social designaban despectivamente con esta frase: “Los que traen las nalgas a raíz”. Esto tiene relación con el chinaco, que es de donde proviene la palabra naco. Según Cecilio Robelo la palabra chinacate proviene del vocablo náhuatl tzintli, que significa culo, por lo mismo los pollos llamados chinacates son aquellos que están desplumados del anca y la rabadilla, lugar donde queda expuesta la carne del ano y por lo mismo también son llamados “pollos culo de fuera”. Agrega que también significa gallo o pollo sin plumas y en el sentido figurado sería también para designar al hombre de pueblo bajo, lépero y pelado. En el Diccionario náhuatl, de Carlos Montemayor, él escribe que Simeón registra Nacayocan como nalga o lugar carnoso y que actualmente en Xochiatipan, Hidalgo, se le conoce como Tzinacayon y que así resulta más claro el sentido de “gallo o pollo sin plumas en el ano” y que deriva en la expresión “persona desarrapada o que exhibe las carnes por lo raído de sus ropas”. De ahí se explica el acortamiento de chinacate en chinaco y que es el nombre peyorativo que los conservadores aplicaron a los guerrilleros de Independencia y Reforma. El chinaco es aquel que llevaba las nalgas a raíz por lo raído de sus ropas. Aunque más adelante el chinaco evolucionó y adquirió otra razón de ser –sin perder el estigma impuesto por los conservadores– y se relacionó con una cuestión de afirmación e identidad social. Comenzó a hacerse propietario de pequeñas porciones de tierra y de algunos animales, entre ellos caballos, que años y siglos atrás no estaba permitido montar siquiera un caballo a quien no perteneciera a la casta dominante. Para tomar una identidad comenzaron por adquirir las costumbres de la charrería adecuando las ropas y accesorios del trabajo ecuestre, intentando aproximarse a la personalidad externa de sus patrones. Ensanchando los calzoncillos y pantalones para que se adecuaran a su labor de agricultores, confeccionaban unos amplios calzoneros, chaquetas de gamuza y calzadores en oro y plata, exagerando los originales para que los demás pudieran ver su ascenso económico y su camino hacia otro estatus social. En el Museo Nacional de Arte, en la sala 23, junto a algunos cuadros de Hermenegildo Bustos y Ernesto Icaza, se encuentra un retrato anónimo de un hombre de mediados del siglo XIX que se titula “Retrato de un hacendado del bajío”. En el cuadro podemos observar los rasgos “chinos” –mezcla de indígena con mulato– en el rostro del hacendado, quien está peinado con el fleco peculiar que identifica a algunos indígenas de aquella época, solo que en el retrato la piel del hombre es blanca y sonrosada, además es muy notorio el retoque y agrandamiento del bigote por parte del pintor para favorecer a su modelo. Viste una camisa blanca de manta hecha de algodón con bordados al frente, la cual es adornada al cuello con una corbata con varias líneas de colores azul cielo, rojos, negros, rosas y otros tonos de colores fríos y cálidos. Un chaleco con figuras cafés y negras sobre un fondo parduzco y un saco de grandes solapas de punta color azul grisáceo. Ni la camisa, ni la corbata; ni el chaleco, ni el saco, combinan en color ni estilo, no conforman una unidad. Al terminar de observar el retrato podemos intuir que el hombre que está pintado en aquel cuadro no es quien verdaderamente era, que es otra persona, una deseando ser otra. Una negación. Esta es la más profunda cualidad que describe al naco. El intentar ser el que no es, ser una proyección abstracta de un otro que solo existe en el discurso de la apariencia y el aspecto externo. El naco para la clase pudiente es un ser subterráneo que siendo un ajolote aparenta ser salamandra. Exagera en su aproximación por ser el otro. Para la clase privilegiada verlos o escucharlos es la horripilante sensación en los dientes royendo estambre. En principio el naco intenta apropiarse de la identidad de las personas exquisitas en gustos y modas, mas no de la forma de pensar, pretende apoderarse de la apariencia dejando afuera la esencia, algo con lo que no ha nacido, que es la clase y que arquetípicamente es la casta. El naco se aproxima al otro con la intención de adulterarlo, de falsificar su origen con la intención de convertirse en aquel. El naco se aproxima al otro y se transforma en un ser adulterado.

El naco, aunque logre poseer fortuna, carece de origen, mejor dicho de clase. Su gran frustración, aunque arquetípicamente es de casta, él la cree económica y transfigura este sentimiento por medio de lo externo. El naco es una especie de neobarroco ambulante, un híbrido que no termina de concretizarse hasta que se acepta como tal. El chinaco, que es el antecesor del naco, en el fondo llevaba un cierto resentimiento y envidia hacia sus antiguos patrones hacendados y este resentimiento es una frustración que los llevó a imitarlos transformando esta imitación en algo totalmente distinto al ideal, en un híbrido. Poseyendo en ellos esa repulsión/atracción que posee la frustración y que lo único que logra es exacerbar la emoción. En la actualidad, aunque este resentimiento ya no es tan claro ni directo, sí existe un cierto grado de frustración en el naco y eso lo lleva a intentar imitar a otros de una manera exacerbada. El naco, a pesar de que para los otros es un ser excluido, ínfimo y nimio, en el fondo es un gran narciso, posee un egocentrismo tan fuerte que lo guía hacia la exageración en su manera de vestir, de hablar, de actuar y de conducirse en la vida. Por lo mismo su conducta es exhibicionista, en el fondo es un megalómano y por consecuencia el naco se da a notar inmediatamente. Sin embargo es un ser paradójico porque también posee autenticidad. El naco se interna en una abstracción que no es comprendida por otros y esa misma abstracción es lo que lo hace moverse, lo que le permite seguir disfrutando de su naquez, esa abstracción es un elemento que para algunos escapó de la Caja de Pandora y sigue extraviada en el ambiente: la esperanza, una esperanza no reconocida como un hecho presente, la esperanza de llegar a ser, una esperanza que se mantiene a pesar de que ya dejó de serlo, porque ya ha logrado su propósito que es llegar a ser. Esa esperanza dejó de ser, ya no existe, se ha evaporado porque ya es un naco. Esta aceptación que es una negación dejó de serla porque es tan extrema que toma una fuerza de proporciones descomunales que termina por ser una afirmación y se reconoce como tal. Se ha desnudado ante sí mismo y ante otros, se confirma como un naco y es como encuentra un lugar definido en la sociedad. El naco como un ser menospreciado deja de serlo cuando se reconoce como tal y la exclusión y violencia verbal del otro deja de ser un obstáculo que le permite dejar de ser una condena para transformar en una virtud.

El naco en la actualidad ha salido del acuario de su mundo para integrarse a una sociedad que ahora lo hace incluyente, aunque todavía no comprenda su abstracción esperanzadora y que él no desea perder, porque en el fondo tal vez sea el motor que lo lleva a tomar su identidad de naco. El naco como ente representó lo profundo y lo simbólico de México: la negación y la autoexclusión.

1 Léase ¿De dónde venimos? El sistema de castas del imperio español. Mundo Universitario, Nº 30, 108-111, 2009. P 108.

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