El miedo colectivo: el paso de la experiencia individual a la experiencia colectiva

Categoría: EPSI26, Otros puntos
octubre 1 2016

En la vida anímica individual, aparece integrado siempre, efectivamente, «el otro», como modelo, objeto, auxiliar o adversario, y de este modo, la psicología individual es al mismo tiempo y desde un principio, psicología social, en un sentido amplio, pero plenamente justificado. (Sigmund Freud: Psicología de las masas y análisis del yo)

El objetivo del presente artículo es brindar un panorama general del miedo como una emoción que se presenta de forma individual y su paso al miedo colectivo.

Antecedentes

En principio como seres humanos no vivimos aislados, sino que estamos rodeados por otras personas, somos seres relacionales y nos hallamos vinculados, de un modo u otro, a padres, hermanos, amigos, grupos, parejas, instituciones y a una sociedad. Cognición y emoción son dos formas de conducta, las cuales se influyen mutuamente. Cuando una persona razona que un sitio es inseguro, le genera miedo. Y cuando manejamos nuestros temores pensamos esos mismos lugares más seguros. Ambos son sistemas adaptativos para enfrentarnos en lo individual o en lo colectivo a estímulos amenazantes. Sin embargo, la fórmula no es tan simple como parece, pues todas las conductas del ser humano se deben a una multiplicidad de variables y resulta muy importante comprender las bases científicas bajo las cuales se manifiestan.

En conductas sencillas vemos reflejadas nuestras emociones y su intensidad. Escuchar en las noticias el informe de una pandemia como la influenza genera temor si está se localiza en nuestra propia ciudad. Incluso el estar expuesto a un accidente o asalto puede impactar el cuerpo y mente de la persona derivando en un ataque de pánico.

Enterarse de un posible golpe de Estado o un huracán produce miedo colectivo.

La forma como se viven las emociones de forma individual (esquema emocional), las transporta también a los grupos sociales de pertenencia y referencia, y por supuesto se reflejan en nuestras conductas de interacción con una multitud.

Si bien las emociones forman parte del bagaje con el que nacemos los seres humanos, se van nutriendo a medida que interactuamos con los otros, y se van aprendiendo en principio de nuestros padres.

Existen varios autores que se han dedicado al estudio de los orígenes del desarrollo de los seres humanos en etapas tempranas y su adaptación social, entre ellos se encuentran Mary Ainsworth, Jessica Benjamín y John Bowlby

(Barrera, 2008).

En el contexto de los cuidados físicos y la seguridad afectiva, el autor de la teoría del apego y la base segura, John Bowlby, demostró que la sociabilidad entre los bebés era un fenómeno primario y no secundario. También puso en evidencia que la separación del niño de sus padres, y la falta de contacto social, afectaban seriamente el desarrollo emocional y social de los pequeños.

El apego se constituye, por tanto como una relación que se establece a partir de la combinación de dos elementos: los cuidados físicos y la seguridad afectiva (Fischer, 1990). Asimismo, en el aprendizaje de la infancia al mostrar nuestras emociones podemos traerlas a la edad adulta y consciente o inconscientemente las activamos.

El miedo, una emoción: ¿adaptativa, primaria, secundaria, positiva, negativa, opuesta, individual o colectiva?

La emoción es un patrón complejo de reacción que incluye elementos experienciales, conductuales y fisiológicos, por medio de los cuales el individuo intenta lidiar con una cuestión o suceso personalmente significativo (APA, 2009).

Se han propuesto diferentes formas de analizar las emociones dentro de las cuales van desde las que exaltan su función adaptativa, otras se analizan por su orden de aparición en nuestra vida y se les llama primarias o secundarias, otras más se relacionan con el grado de placer o displacer que producen, identificándolas como positivas o negativas, otras se identifican por tener un contrario u opuesto, y una clasificación más depende del grado de interacción social, yendo desde su manifestación individual hasta alcanzar los siguientes niveles: grupal, intergrupal y de multitudes.

Las emociones en su función adaptativa

Desde la época del científico británico Charles Darwin (1809-1882), se comenzaron los primeros estudios sobre el origen del hombre con un formato científico. Con respecto a las emociones, Darwin aseveró que: “estas no eran racionales o irracionales, simplemente cumplen una función adaptativa” (Darwin, 2008). Así, en la lucha adaptativa de la vida en lo que Darwin llamó la selección natural, las emociones –de acuerdo al autor de la teoría de la evolución de las especies– tienen una función adaptativa al medio ambiente y de comunicación entre las especies.

El miedo es una respuesta automática e involuntaria del cuerpo a un peligro… La súbita aparición de una amenaza se registra en una pequeña parte del cerebro llamada amígdala cerebral, la cual está siempre atenta, buscando potenciales peligros. Cuando detecta uno, suena la alarma y nuestro sistema nervioso autónomo que controla las funciones como la respiración se dispara, en segundos el cuerpo se prepara para la batalla, una oleada de sustancias químicas se dispersa en el flujo sanguíneo, se trata de estimulantes, como la adrenalina y el cortisol, que aceleran el corazón y bombean sangre hacia los músculos; también cambia tu percepción del tiempo y todo se siente más lento… El miedo es una de las emociones de adaptación más importantes porque nos dice ¿qué es peligroso? Y, casi todas las especies tienen la habilidad de aprender a evitar lo que amenaza su vida. Nuestros miedos son evolutivos y los acarreamos desde un pasado muy lejano (La ciencia del miedo, 2013).

Para Boyes (2007), el miedo es una reacción de la respuesta primitiva del cuerpo de pelear o huir. Describe que los bebés demuestran señales de miedo a partir de los cinco meses. El miedo puede llevar a las lágrimas y producir un temblor general en todo el cuerpo. Todos los músculos del cuerpo se ponen tensos y la piel puede estar pálida. Cuando se empieza a sentir miedo, es probable que las palmas de las manos transpiren.

El miedo también se ve en la cara a través del incremento en el parpadeo de los ojos y en mantener la mirada fija, los párpados se estiran hacia arriba y los globos oculares dan la impresión de querer salirse. Las pupilas se dilatan. La boca se tensa y se estira hacia atrás. Los labios tiemblan, las palabras se entrecortan y en muchas ocasiones los dientes castañean. Se hacen esfuerzos por aclarar la garganta, aumenta la respiración clavicular y los latidos cardiacos como si el corazón se saliera del cuerpo, al tiempo que aumenta la adrenalina.

Las emociones en su referencia primaria o secundaria

Algunos psicólogos comparan las emociones con la tabla de colores (primarios y secundarios), dividiéndolas en un número limitado de emociones primarias y un número mayor de emociones mixtas, formadas por combinaciones y derivaciones de las primarias, como se describe a continuación:

Emociones primarias son: alegría, aceptación (receptividad), temor, sorpresa, tristeza, disgusto, enojo, anticipación.

Emociones secundarias son: optimismo, amor, sumisión, sobrecogimiento, decepción, remordimiento, desprecio, agresión Plutchik (1980).

Las emociones y su asociación: positiva o negativa

Izard (1971) menciona que las emociones se pueden dividir en positivas como el gozo, el amor y la felicidad; y negativas, como el temor, la ira, la tristeza. En general, las emociones positivas tienden a mejorar la sensación de bienestar y a fomentar las relaciones constructivas con los demás. Las emociones negativas tienden a disminuir la sensación de bienestar y a crear perturbaciones en las relaciones con los demás.

Roberto O. Portillo Georgge

Presagios, mixta s/madera, 61 x 41.5 cm, 2007.

Las emociones opuestas

Otra clasificación más de las emociones las describe como opuestas. Y, tratándose de emociones antagónicas, pareciera ser que se tratara de dos tipos excluyentes. Sin embargo, una persona puede experimentar ambas al mismo tiempo. Existen evidencias confirmadas por las tomografías por emisión de positrones y las resonancias magnéticas, en las que una persona puede experimentar amor y odio al mismo tiempo, como en el caso de los celos, que está compuesta por el amor y el odio. Esto se conoce como paradoja cerebral, esto es, experimentar emociones opuestas al mismo tiempo.

El mundo de las emociones es un complejo laberinto; sin embargo, para simplificarlo se puede decir que surgen, fundamentalmente, a través de dos vías: de acuerdo a los psicólogos cognitivos, cuando hacemos una valoración mental que atribuye un significado a un suceso externo, según esa valoración podemos sentir rabia, celos, esperanza, alegría, etc. También puede ocurrir que no exista un suceso externo, sino que la emoción surja desde nuestro propio interior, suscitada por nuestros recuerdos o imaginación.

Las emociones individuales

En psicoterapia, en el manejo de las emociones, los terapeutas necesitan reconocer que una misma experiencia emocional, y su expresión, pueden encontrarse enraizados en estados mentales diferentes. Por ejemplo, la tristeza debida a la pérdida de un ser amado es diferente a la ocasionada por una violación o un trauma. Las emociones de miedo y vergüenza por lo general son inhibitorias. Otras emociones tales como el enfado explosivo o el autodesprecio punitivo necesitan ser reguladas mediante el autocuidado. También las emociones placenteras actúan como antídotos de las emociones no placenteras (Greenberg & Pavio, 2000).

En nuestro esfuerzo por controlar nuestro miedo, en ocasiones tendemos a transformarlo y depositarlo en alguna cosa o persona, asignándole una carga de culpa la cual inhibe la conducta e impide ser interdependiente, de tal suerte que el miedo me anula para: manejar, pensar, dejar una relación de pareja codependiente, o iniciar una relación de pareja, titularme y más.

Cuando una emoción no sale y se encubre se encarna en el cuerpo y se somatiza (trastorno somatoformo).

Los trastornos somatomorfos incluyen diversas condiciones en las que un conflicto psicológico se traduce en problemas o síntomas físicos que causan perturbación o deterioro en la vida de la persona. El término somatomorfo proviene de la palabra griega soma (cuerpo). Sin embargo, los trastornos somatomorfos son considerado psicológicos y no físicos, debido a que no existe una anormalidad física para explicar el síntoma corporal (Halgin & Krauss, 2004).

Cuando un miedo se queda atorado o somatizado se analiza como un trastorno de ansiedad y si se complica aún más se le conoce como trastorno de pánico, con su consecuente ataque de pánico.

Uno de los sistemas de clasificación psiquiátricos en versiones más recientes, el DSM-IV, considera conveniente realizar esta diferencia y señala que los ataques de pánico son períodos discretos de miedo o malestar intenso en los que se observan al menos cuatro síntomas de un listado de 13 síntomas somáticos y/o cognitivos. Entre los que se destacan:

1) Palpitaciones, sacudidas del corazón o elevación de la frecuencia cardíaca.

2) Sudoración.

3) Temblores o sacudidas.

4) Sensación de ahogo o falta de aliento.

5) Sensación de atragantarse.

6) Opresión o malestar torácico.

7) Náuseas o molestias abdominales.

8) Inestabilidad, mareo, o desmayo.

9) Desrealización (sensación de irrealidad) o despersonalización (estar separado de uno mismo)

10) Miedo a perder el control o volverse loco.

11) Miedo a morir.

12) Parestesias (sensación de entumecimiento u hormigueo).

13) Escalofríos o sofocaciones.

Además, los ataques de pánico tienen un inicio súbito que se da en un tiempo muy corto, esto es en 10 minutos o menos, llegando a su máxima intensidad en el que sus principales sensaciones son: sentir un peligro inminente y un impulso o necesidad de escapar. Las crisis de pánico se definen como un período de miedo intenso y molestias, acompañado de síntomas somáticos y psicológicos (Biddle, Carrera, Herrán, Ayestarán, Ramírez, Rodríguez, Hoyuela, Fernández, Higuera & Vázquez, 2008).

Autores como Perugi, Frare y Toni (2007), agregan que, el ataque de pánico, ocurre de forma abrupta o inesperada sin una causa aparente. Sin embargo, cuando se presentan si aviso previo, más bien se trata de emociones que piden ser tratadas y no han sido atendidas formándose un círculo vicioso.

El impacto inicial que llevará a un ataque de pánico empieza: 1) con un estímulo amenazante, generalmente visual, que llega a la base y al centro del cerebro conocida como amígdala, la cual produce la hormona vasopresina, 2) esto activa la corteza prefrontal, también conocida como la parte pensante del cerebro, encargada de las funciones ejecutivas, la toma de decisiones importantes y las estrategias a seguir y ejecutar, y es en esta zona donde se asienta la capacidad de generación de ideas abstractas, juicio, sentimientos, emociones y personalidad (corteza prefrontal, 2009); de forma simultanea la amígdala empieza a generar la hormona vasopresina provocando la emoción del miedo y una respuesta de enfrentamiento o huida del estímulo agresor, y, con ello: 3) aumenta la frecuencia de los latidos del corazón, se presenta la respiración clavicular (rápida y entrecortada), síntomas similares que anteceden a un infarto, y los músculos se tensan y contraen, todo ello tiene como objetivo sobrevivir ante el estímulo amenazante, y provoca un ataque de pánico. En cualquier trastorno de ansiedad esta secuencia en el cerebro se activa de forma similar.

Posteriormente después de este acontecimiento, al experimentar nuevamente miedo, se piensa en la parte cognitiva que algo negativo va a ocurrir, que se perderá el control, que a continuación vendrá un infarto y posteriormente vendrá la muerte. Si aumenta el ritmo cardiaco por realizar una actividad en la que se realiza un esfuerzo, el simple recuerdo de la posibilidad de un nuevo ataque de pánico o cuando en el lenguaje del propio cuerpo (crisis sin causa aparente) del sujeto, puede reactivar nuevamente la secuencia antes señalada, y entonces se forma un círculo vicioso en donde se activa la amígdala, la cual activa la corteza prefrontal que interpreta de forma errónea la posibilidad de un infarto, iniciando un nuevo ataque de pánico, sin causa alguna aparente, formándose así un complejo circulo vicioso.

La interpretación y el significado que le damos a un estímulo es lo que nos da la pauta para que se active de forma temporal o más o menos permanente una alteración cognitiva y conductual, la cual queda grabada en nuestro cuerpo.

Barragán (2008) señala: el cuerpo es el lenguaje del mundo, es una metáfora de la experiencia de vida, es un lenguaje que descubre la vida misma, en el cuerpo se inscribe y escribe la experiencia, es un texto que permite la interpretación, en él se encuentra la significación y el  sentido, la enfermedad y el dolor.

Las emociones colectivas

Sangrador (1982), describe cuatro niveles de análisis bajo los cuales desde el punto de vista de la psicología social se analiza la conducta humana: 1) individual, 2) grupal, 3) intergrupal y 4) de multitudes. Todos ellos están relacionados e intersectados. En el análisis de las emociones de esta manera, el miedo individual se parece, pero es distinto en sus componentes de análisis al grupal y colectivo o de multitudes.

Federico Munné (1982) menciona:

mientras para el médico, etnógrafo y arqueólogo Gustavo Le Bon, el tema de las masas, multitudes o muchedumbres tenía un enfoque psicosociológico, o sea centrándolo en el comportamiento de la gente en tales circunstancias, para el filósofo español Ortega y Gasset le interesaba el ángulo sociológico de la cuestión y para ser más concretos los aspectos políticos y cultural de la misma.

La sociedad colabora con el miedo, al magnificar la información alarmista de los medios de comunicación. En 1938, Orson Welles, como parte de su estrategia para promocionar su obra teatral “La guerra de dos mundos”, desató un ataque de pánico colectivo en Estados Unidos al anunciar:

Señoras y señores, tengo que hacer un grave anuncio. El extraño objeto que cayó esta tarde temprano en Grovers Milis, Nueva Jersey, no era un meteorito. Por increíble que parezca, el objeto contiene seres extraños que, según se cree, constituyen la vanguardia de un ejército proveniente del planeta Marte. Ahora sabemos que, desde comienzos del siglo XX, nuestro planeta está siendo observado muy de cerca por inteligencias más desarrolladas que la humana (Grandes errores de la humanidad, 2009).

Roberto O. Portillo Georgge

Corazón rebozante, acrílico s/tela, 70 x 50 cm, 2013.

Emoción vs. Cognición

En la complejidad de emociones intervienen, como lo señala Manuel de Vega (1992): estructuras (órganos, neuronas, amígdala, por ejemplo), procesos (intercambios físicos y químicos que no se ven) y productos (la conducta en sí).

Demos un vistazo rápido a este mundo complejo.

En comparación con la cognición, la emoción constituye un sistema biológicamente más antiguo, de acción rápida y adaptativa, un sistema destinado a mejorar la supervivencia. Una de las funciones más importantes de la emoción es la de conectar nuestra naturaleza biológica con el mundo en el que está inmersa. Las emociones responden rápidamente ante aquellas cosas que tienen que ver realmente con la supervivencia. Las emociones regulan nuestra atención, controlan el entorno, buscan los acontecimientos que son relevantes para la adaptación y alertan

a nuestra conciencia cuando estos se producen. De este modo el miedo nos advierte el peligro; el asco nos aleja de lo putrefacto; y la compasión nos capacita para responder al dolor del otro. Las diferentes emociones nos alertan ante cosas distintas y sirven de modo distinto para diferentes funciones. Algunos sentimientos como el enfado y el miedo nos advierten del peligro, mientras que otros, como la tristeza y la culpa, nos avisan de la enfermedad interna; por su parte, los sentimientos positivos de alegría realzan la vida y promueven la persecución de la felicidad. Existe evidencia considerable acerca de que la emoción sirve a funciones biológicamente adaptativas desde la edad muy temprana (Fridja, 1986; Izard, 1990; Thompson, 1988).

De esta manera, las emociones organizan nuestros pensamientos para la acción, constituyen las estructuras que guían nuestras vidas y las relaciones sociales con los demás.

La emoción está íntimamente relacionada con el significado, de hecho, no se produce ningún cambio emocional sin que se produzca un cambio cognitivo. En nuestro modelo de funcionamiento, la unidad psicológica básica o mecanismo generador de la experiencia emocional y del significado es lo que llamamos “esquema emocional”. Un esquema emocional abarca un conjunto de principios de organización, que se construyen a partir del repertorio de respuestas innatas del individuo, así como de su experiencia pasada, los cuales interactúan con la situación del momento, dando lugar a la experiencia presente (Greenberg & Paivio, 2000).

Definiendo el miedo, pánico y miedo colectivo

El miedo o temor es una emoción caracterizada por un intenso sentimiento habitualmente desagradable, provocado por la percepción de un peligro, real o supuesto, presente o futuro. Es una emoción primaria que se deriva de la aversión natural al riesgo o la amenaza, y se manifiesta tanto en los animales como en el ser humano (Miedo, Wikipedia).

Pánico (del latín panicus miedo excesivo sin aparente causa justificada), en el diccionario de la Real Academia Española (2009), es el miedo extremado o del terror producido por la amenaza de un peligro inminente, y que con frecuencia es colectivo y contagioso.

El pánico es una reacción colectiva muy temida, a pesar de no ser la más frecuente, que se puede definir como el miedo colectivo intenso, sentido por todos los individuos de una población y que se traduce en las reacciones primitivas de “fuga loca” de fuga sin objetivo desordenada, de violencia o de suicidio colectivo (Crocq et al., 1987).

Un miedo colectivo es miedo compartido por una parte importante de un grupo o de una sociedad (Miedo Colectivo, 2009).

Para fines pedagógicos se puede observar que el miedo, el pánico y el miedo colectivo son variaciones de temor, en diferentes niveles de análisis (individual, grupal, intergrupal o colectivo), y es una emoción intensa compartida por un grupo o sociedad ante la percepción de un estímulo amenazante, cuyas fuentes pueden ser psicosociales, políticas, económicas, culturales, espirituales, del cuidado de la salud, de manipulación de los medios de comunicación o más.

Estímulos que provocan el pánico o miedo colectivo

 Para Freud (2001), el pánico se produce cuando una tal multitud comienza a disgregarse y se caracteriza por el hecho de que las órdenes de los jefes dejan de ser obedecidas, no cuidándose ya cada individuo sino de sí mismo, sin atender para nada a los demás. Rotos así los lazos recíprocos, surge un miedo inmenso e insensato… El miedo del individuo puede ser provocado por la magnitud del peligro o por la ruptura de lazos afectivos (localizaciones de la libido)… Del mismo modo, se produce el pánico por la intensificación del peligro que a toda amenaza o por la ruptura de los lazos afectivos que garantizaban la cohesión de la masa, y, en este último caso, la angustia colectiva presenta múltiples analogías con la angustia neurótica. Como se puede observar, para el padre del psicoanálisis, las emociones se asocian con pulsiones instintivas que se encuentran en la personalidad y el inconsciente.

Ovejero (1977) señala que, ante situaciones de riesgo, tensión o cambio, debidas tanto a factores ambientales como a factores sociales, se desencadena una serie de conductas y emociones colectivas.

El sentir intensamente miedo es una reacción frecuente en situaciones de catástrofe o de amenaza, pero no es una condición suficiente para que aparezcan conductas de pánico. Incluso las investigaciones sobre sujetos entrenados para la guerra (aviadores e infantería norteamericana, voluntarios del ejército republicano español, etc.) confirman que la mayoría aplastante de los soldados sienten miedo en el combate (Delumeau, 1993).

En una época caracterizada por una constante turbulencia y un creciente sentimiento de inseguridad, Jean Pierre Dupuy (2009), en su trabajo “El pánico” se pregunta: ¿Por qué las crisis que desgarran o los miedos que habitan en ella no degeneran en desórdenes generalizados o en desbandadas desenfrenadas? Él sostiene que toda sociedad posee un lazo invisible que la mantiene funcionando, como un inconsciente colectivo que se impone a los hombres. Siguiendo las enseñanzas de la mitología griega, cuando el lazo social deja un vacío y surge el desmoronamiento repentino del orden social, aparece el pánico (Dupuy, citado en Korstanje 2009).

Pese a sentir y compartir un miedo intenso, muchas veces las personas llevan a cabo acciones heroicas y coordinadas (hecho mostrado no solo entre víctimas de guerra, sino también entre personal de ocupaciones peligrosas como bomberos). Más aún, las investigaciones llevadas a cabo sobre personas aterrorizadas por desastres sugieren que el pánico es de corta duración y que, aún las personas que sienten miedo intenso y están más alteradas, pueden ser rápidamente inducidas a seguir las reglas de las autoridades y los líderes locales (Turner & Killiam, 1972).

Nuestro país en la actualidad vive un estímulo amenazante para sus habitantes, que se sintetiza en las condiciones de: violencia, corrupción, cinismo, desigualdad social, inseguridad, revueltas, desastres naturales (sismos, desbordamiento de aguas, etc.), amenazas de epidemias, crisis políticas y económicas, todos ellos siguen generado miedo colectivo.

Por ejemplo, en la Ciudad de México, las personas han sido víctimas directas o presenciales de delitos, y ya es raro encontrar a una persona que no haya sido asaltada o presenciado algún evento similar en donde la persona efectivamente pudo haber sentido que su vida corrió peligro. De acuerdo a las cifras oficiales proporcionadas por la Procuraduría de Justicia del Distrito Federal, en sus agencias del Ministerio Público en el 2008, se recibieron 149 mil 117 denuncias por delitos graves como: homicidio, lesiones, violación, robo (transeúntes, casa habitación, negocio, bancos, transporte público), robo de vehículos, secuestro, fraude y otros. Y las cifras, lejos de bajar, se mantienen. Ello produce en los habitantes grandes dosis de estrés, inseguridad y emociones extremas de ansiedad y miedo extremo, sobre todo para quienes han sido víctima de alguno de esos delitos.

Durante la alerta sanitaria del 23 abril al 6 de mayo, la epidemia de influenza humana (H1N1) afectó la salud emocional de los capitalinos. Las compras de pánico, la negación de los hechos, críticas mordaces y desobediencia a las recomendaciones que hizo las secretarías de Salud federal y capitalina fueron sólo una forma de manifestar el temor de la gente ante la posibilidad de enfermar, e incluso de morir (Influenza el miedo colectivo, 2009)

Joanna Bourke, autora de Fear: a Cultural History (El miedo: una historia cultural) revela que el miedo, como un sentimiento colectivo e individual, varía con las épocas y los contextos históricos (Miedo Colectivo, 2009).

El trastorno por estrés postraumático (TEPT) se configura como una reacción emocional intensa ante un suceso experimentado como traumático. Una experiencia traumática, como un desastre natural, guerras, accidentes automovilísticos y actos de violencia, puede ser entendida como una discontinuidad súbita y extrema en la vida de una persona (Carbonell, 2002). Su sensación de control sobre sí mismo y sobre el medio ambiente físico, y la creencia de invulnerabilidad son amenazadas en forma dramática. Los acontecimientos traumáticos de este tipo alteran los procesos emocionales, cognitivos y volitivos, incorporando un fundamental quiebre en la experiencia que es difícil de integrar en la conciencia personal (Green & Lindy, 1994).

Roberto O. Portillo Georgge

Piel canela, mixta s/madera, 62.5 x 48.5 cm, 2007.

Reflexión final

La vida cotidiana nos lleva a estar alertas todo el tiempo. Vivir en una ciudad nos hace activar mecanismos tan viejos como las emociones, las cuales nos sirven entre otras cosas para comunicarnos, adaptarnos a diversas situaciones, comunicar nuestros estados de ánimo profundos e interactuar en la sociedad.

Aunque en la actualidad se tiene una idea más integral de cuerpo y mente como un todo, esto no siempre fue así. El hombre ha pasado por diversos paradigmas: Darwin (1809-1882) lo consideraba un ser biológico, para Descartes (1596-1650) el ser humano era racional, para Sigmund Freud (1856-1939) el ser humano era un ser psicológico, mientras que para Comte (1789-1857) el ser humano era un ser social. De esta manera hoy día en esta integración mente y cuerpo del hombre se le considera como un ser: biopsicosocial.

Si un acontecimiento de la vida cotidiana no puede resolverse se guarda en la mente y en el cuerpo en lo más profundo de nuestro ser. Como seres sociales sabemos que las emociones son contagiosas, esto puede suceder, de forma inconscientemente en una diada (“Yo te puedo contagiar con mi miedo”) o también debido a una manipulación social o política. Cuando un comunicador provoca el miedo en una audiencia o una persona fuera de control emocional tiene una reacción de pánico en un cine, tenemos así un claro ejemplo del miedo colectivo y su paso de lo individual a lo grupal o lo masivo.

Cuando el miedo pasa al pánico las emociones dominan la mente y la razón queda subyugada.

Hoy con las redes sociales un solo mensaje electrónico puede transmitir estados emocionales (miedo, pánico, terror, pavor, etc.) y propagarse partiendo de una sola persona y potencialmente correr como un virus alcanzando en “tres grados de distancia hasta ocho mil contactos” (Christakis & Fowler, 2010).

El miedo es una herramienta política útil, los civiles asustados hacen lo que sus líderes políticos les dicen. Elizabeth Phelps, profesora de la Universidad de Nueva York dice: la gente decide de forma distinta frente al miedo quieren volver a la seguridad, a lo familiar a lo cómodo, entonces puedes evocar miedo en un aviso político y convencer a la genta a tomar una decisión en lugar de otra (La ciencia del miedo, 2013).

De esta manera el miedo puede ser analizado desde diferentes enfoques: Biológico: como un esquema adaptativo, y constituye un mecanismo de supervivencia y de defensa, surgido para permitir al individuo responder ante situaciones adversas con rapidez y eficacia.

Neurológico: En donde se analizan las estructuras procesos y productos del cuerpo humano y particularmente del cerebro.

Psicológico: como un estado afectivo, emocional, necesario para la adaptación del organismo al medio, y cuando no tiene salida esta emoción se convierte en una alteración psicológica o en un estado somatomorfo.

Social y cultural: Con un enfoque, sociológico, antropológico, económico, político o espiritual, se puede aprender a temer objetos o contextos o situaciones.

Los miedos también se pueden aprender a no temerlos  independientemente del enfoque en donde se analicen. Las emociones están directamente relacionadas con los significados y de hecho no se produce ningún cambio emocional sin que se produzca un cambio cognitivo. Los psicólogos seguimos esforzándonos por tener un panorama más completo del miedo colectivo, y una de las mejores formas de atenuarlo es contar con información científica que nos ayude a enfrentarlo. Una forma de neutralizar el miedo al menos en el formato racional es contar con información de aquello que nos preocupa o amenaza.

Bibliografía

 

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Juan Antonio Barrera Méndez
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Director en Atención y Tratamiento Psicológico, Profesor e investigador de la Universidad Autónoma Metropolitana Unidad Iztapalapa
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