Mayoría y minorías en la construcción de la democracia*

Categoría: EPSI28, Otros puntos
febrero 1 2017

Descubrir el mundo que nos rodea en estos tiempos parece difícil, el ritmo de vida actual nos delimita como seres consumidores y consumibles, convirtiéndonos en esclavos de lo que tenemos y deseamos. Somos masas que siguen a entes sin rostros, masas que no trascienden y reflexionan poco, la velocidad y el cambio están a la orden del día y, en ese sentido podemos decir que las ideas de la modernidad y globalización han ganado terreno en cuanto a la forma de cómo nos estamos relacionando los unos con los otros; sin embargo, aunque todo pintaría para que seamos iguales, existen elementos que aún conservamos y nos hacen diferentes. En cada población del mundo alejado del mundo moderno –o lo que sea que esto signifique– existen tradiciones, creencias, prácticas que hacen que la idea de diversidad adquiera sentido.

México es un país con amplia diversidad –o eso nos dicen los comerciales que incitan a viajar por todo el país–, pero más allá de la diversidad natural, encontramos una diversidad cultural, a la que, en términos de lo “políticamente correcto”, corespondería el respeto y la sana convivencia con aquellas culturas que son ajenas a la nuestra. No obstante, en un plano de lo práctico-cotidiano, lo anterior no se ve reflejado y en ocasiones la “diferencia” puede ser interpretada como una que aleja y repele; a veces esa diferencia es situada en la forma que hablamos, el poder adquisitivo que tenemos, las formas en las que vestimos, por ser “güerito” o “morenito”, o simplemente por poseer conocimientos denominados “alternativos” a los hegemónicamente establecidos, en resumen, por pensar y actuar de manera distinta a una mayoría.

Está de más decir que los vencedores –o en este caso las mayorías– han escrito la historia, dictaminando, como si de un juez se tratara, lo que es correcto o incorrecto, verdadero o falso, oficial o alternativo. Estos grupos mayoritarios claramente no conforman la mayoría de la población, pero cuentan con el poder económico y político para convertirse en una minoría privilegiada, y lo anterior, visto desde la psicología social se define como una mayoría psicológica. Es esta la que domina el destino colectivo de los grupos minoritarios, y estos últimos son los que integran la mayoría de la sociedad, convertidos en una minoría psicológica, que no han sido tomados en cuenta para formar parte la modernidad, quizá bajo la consideración de que son grupos que viven en un pasado, que se han quedado estancados en el tiempo, y por ende no pertenecen a la idea del progreso.

En este sentido podemos decir que la construcción del conocimiento se ha establecido a partir de un modelo mayoritario, el cual establece los parámetros y tratados de lo que debería de ser la ciencia, el conocimiento y las prácticas que se desarrollan. La racionalidad se convirtió en un arma usada contra aquellas costumbres, tradiciones, prácticas, las herramientas y técnicas que ocupaban —provenientes de la naturaleza o el propio cuerpo y saberes generacionales— fueron catalogadas como innecesarias, así la ciencia desplazó a un segundo plano el conocimiento tradicional. Con el pasar del tiempo las sociedades se fueron alejando de esos conocimientos populares, aislándolas en una sola forma de comprender la vida, desde esta perspectiva se convirtieron en “ignorantes contextuales” dado que se han mantenido ajenas a otro tipo de conocimiento, ancladas en una sola realidad sin la posibilidad de vincularse con otros universos culturales y realidades alternas que cohabitan en la cotidianeidad.

Beatriz Eugenia Hernández

Cúpulas de Puebla, acrílico sobre tela, 70 x 180 cm, 2014.

Desde que nacemos nos desarrollamos dentro de un grupo cultural único. En este se gesta un pensamiento social –lo podríamos llamar de primera instancia– en el cual tomamos como verdaderos todos los elementos que nos rodean y no ponemos en tela de juicio dicha realidad. Todos los conocimientos que poseemos y adquirimos son reales en una cotidianidad, debido a que nadie cuestiona lo que socialmente aprendemos, esto le brinda sentido a aquello que fue enseñado-aprendido de generación en generación, creando lazos afectivos que mantienen esa relación con nuestro pasado, con nuestra cultura y desarrollando así una memoria colectiva, una memoria que es única del grupo y, una memoria afectiva que permite recuperar conocimientos y prácticas a través del tiempo-espacio, construir un presente desde el pasado vivido por los grupos culturales que antecedieron a ellos. Por eso mismo, prácticas como la medicina tradicional, la gastronomía, la agricultura y el respeto por la naturaleza aún se encuentran en la vida y el pensamiento de los pueblos, este conocimiento es algo que permite la continuidad de memorias, por ende el porvenir de la diversidad cultural. Sin embargo, aunque cada grupo cultural ha mantenido sus tradiciones vivas, es muy probable que hayan sido o sigan relegadas, despreciadas, orilladas al ocultamiento y de cierta forma a un olvido social por parte de un grupo que no tiene el mayor interés en establecer comunicación con estos contextos.

Desde este plano se ha desarrollado un diálogo entre grupos –mayorías y minorías– de desigualdad, generando una dinámica de tensión en la forma de vida de los propios grupos minoritarios la cual la podemos entender desde dos perspectivas: la primera, donde los integrantes no se sienten parte del grupo al que pertenecen, se alejan de su cultura y optan por parecerse más a un grupo mayoritario, puede ser que la discriminación, la pobreza, la falta de oportunidades, etcétera, terminan por orillarlos a abandonar sus tradiciones y costumbres para aspirar a un nivel de vida que corresponda con lo aceptado socialmente; segundo, en este encontramos a todos aquellos que ocupan un papel central dentro del grupo, ahí se hallan todos los integrantes que conservan un fuerte arraigo cultural el cual permite mantener vigentes las costumbres, tradiciones y prácticas culturales, que van desde prácticas que sirvan en algo específico como los médicos tradicionales o en el sentido de la enseñanza y narración de leyendas, mitos o cosmovisiones que permeen el pensamiento del colectivo, brindando una identidad y memoria.

Por lo cual se podría decir que diferentes grupos culturales sean cada vez menos numerosos y con menor presencia en la sociedad, comprendiendo así, la desaparición de diferentes grupos o conocimientos populares y también de lenguas originarias, estos hechos prendieron focos rojos en algunas naciones, donde se dieron cuenta de que estaban haciendo mal las cosas con respecto a la diversidad cultural, así que decidieron implementar una serie de políticas públicas que presuponían un rescate de la vida cultural de los pueblos, de los saberes que grupos indígenas poseen y que con el tiempo corren el riesgo de desaparecer, lamentablemente se sigue en la misma dinámica donde una mayoría estará al cuidado de una minoría como si de un padre se tratase–, en la cual se “reconstruirá” “recuperará” “salvaguardará” el conocimiento tradicional, sin embargo, este modelo no ha tenido un impacto del todo real con los grupos minoritarios, pues a ellos se les sigue excluyendo, evitando que tengan una participación en la dinámica social.

A partir de este momento podríamos visualizar la diversidad cultural como un cuerpo en caída libre, donde en el fondo yace una convencionalización fatalista,1 es decir, estamos ante un proceso donde pareciera que las cosas ya están dadas y que no hay forma de poder cambiarlas, que se nutre con los discursos, actitudes y comportamientos que se tienen hacia las otredades. Para ejemplificar esto se pueden considerar tres momentos, el primero, el cual se sitúa en la dinámica de las minorías sobre la propia minoría, donde no solamente se renuncia a la pertenencia sino que también se renuncia a esa identidad restándole un valor; y por ende, debilitándola. El segundo, donde las formas de actuar del Estado colocan a las minorías en una posición de incapacidad de acción, que, si bien provee de todos los elementos para que puedan “subsistir”, no consigue que sean los que dignifiquen su propia cultura, y por último el tercer momento –que se consideraría el más grave–, donde la pérdida cultural es visualizada como algo sin remedio “que ya es parte de la modernidad” y no hay forma de remediarlo, como diría Octavio Paz “Las masas humanas más peligrosas son aquellas en cuyas venas ha sido inyectado el veneno del miedo… del miedo al cambio”.

La psicología social podría ser vista como una alternativa a este fenómeno, puesto que tiene las herramientas teóricas y metodológicas para lograr un cambio en el destino de los grupos minoritarios, pretendiendo romper las barreras que se han establecido entre la diversidad y la forma en cómo nos estamos relacionando, con ello darle voz a los que han sido callados. Es aquí donde el papel de la memoria colectiva adquiere sentido, como diría Mendoza (2015:20):

la memoria colectiva está impregnada de experiencias, prácticas y con ello significaciones diferentes de la vida cotidiana de cada colectividad, estas experiencias se inscriben en marcos sociales, como el tiempo y el espacio, después se reconstruyen socialmente para forjar la memoria de grupos y sociedades. 

Beatriz Eugenia Hernández

Yo gano, mixta sobre tela, 45 x 55 cm, 2008.

 Desde esta disciplina se propone redescubrir la cultura, redescubrir los conocimientos y saberes populares que han sido rechazados a lo largo de la historia, entendiendo que este ejercicio solo puede hacerse con y desde los grupos, dado que solo ellos a través de su vida cotidiana dotarán de sentido sus tradiciones, costumbres y prácticas, solo a ellos les corresponde elegir y decidir cuál es el destino de su cultura, dignificando su presente para poder construir grupos que no se sientan parte pertenecientes a un estrato vulnerable sino parte de un todo, con voz y contribución de su futuro y del futuro del país.

De acuerdo con la Real Academia de la lengua Española “redescubrir” se entiende como “volver a sentir interés por algo o alguien que se había olvidado”. Desde la filosofía intercultural este es el objetivo de una nueva dinámica social, asimismo este ha sido siempre el interés de la psicología social, puesto que se deben redescubrir los  contextos que fueron relegados, volver a sentir interés por el conocimiento que poseen las diversas culturas que habitan hoy en día, y regresar a ese diálogo intercultural –que se perdió con la idea de colonización y homogenización– donde diferentes grupos culturales compartían conocimientos, prácticas y saberes que ayudaban a problemas cotidianos.

Se podría decir que todos los grupos, sin importar su diferencia cultural, cuentan con una pieza para nuestro rompecabezas social. Es decir, todos los grupos poseen conocimientos con los cuales se pueden contrarrestar problemáticas que aquejan nuestra sociedad mexicana –y no necesariamente solo en nuestro país–, problemas en cuestión de salud, de alimentación, del cuidado de la naturaleza, etcétera. Esto puede ser posible desde el reconocimiento de la otredad, o visto de otra forma, para que exista una dinámica social que parta del principio de que la interacción se encontrará en condiciones igualitarias, de igual magnitud para que se construya un diálogo y no una imposición de conocimientos.

Suena muy bonito, pero ¿y cómo le hacemos? Principalmente, por medio de la educación, puesto que el objetivo de esta es el ampliar la ventana por la que entendemos el mundo, donde no debe ser entendida únicamente como la adquisición de forma mecánica de conocimientos, sino también una que permita satisfacer las necesidades sociales y culturales. Se tiene que romper con el modelo educativo que propone formar un conocimiento oficial; en pocas palabras, debe existir una reestructuración de la educación en la que la historia no se cuente desde una versión totalizadora, es necesario buscar que se rompa este esquema para que se integren las diversas versiones que existen y construir un modelo donde participen todos de forma igualitaria. Se debe desgarrar el pensamiento en las escuelas que contradicen el conocimiento informal o cultural, que quieren eliminarlo de sus aulas, con esas formas mecánicas de enseñar y de evaluar, acabar también con esos absurdos ejercicios de memorización, para poder efectuar procesos de juicio, de crítica y de reflexividad.

Las escuelas que nacen con la idea de la integración cultural o bilingüe de cierta forma buscan esto, pero en el caso de nuestro país fracasan, porque, en vez de incluir, terminan siendo un agente de exclusión. La capacitación es nula y por ende se queda corta ante las necesidades reales de los grupos ya que se sigue educando a partir de un modelo educativo de la mayoría. Cambiar este paradigma educativo nos llevaría a nuevos horizontes, por ejemplo, se ha dicho en variadas ocasiones que se puede educar para la paz, educar para la democracia, educar para la libertad, pues también es posible pensar en que se puede educar para un cambio social, donde se construya conocimiento de forma colectiva donde todos participen.

Beatriz Eugenia Hernández

Se lo llevó el viento, mixta sobre tela, 80 x 90 cm, 2008.

Entonces podemos poner en discusión dos tipos de construcción de conocimiento, el primero que ha sido determinado por las mayorías y el otro que surja de la interacción entre los diferentes grupos sociales. Willem Doise menciona que es importante que exista un conflicto para poder generar un cambio social que construya un diferente tipo de conocimiento, para que esto resulte es importante considerar los siguientes elementos:

1) Entender el conflicto surgido de diferentes modelos educativos. La educación mexicana cayó en una reproducción del conocimiento, es decir, causó un consenso sobre las bases de la ciencia, del conocimiento, de las prácticas válidas y reconocidas, lo cual nadie cuestionó, que a su vez fue creando el actual pensamiento que permea la cotidianidad. Esto causó que dos cosmovisiones distintas chocaran y se impusiera una sobre la otra, la educación no formal versus una educación institucionalizada, en la cual los aprendizajes compartidos colectivamente como los mitos, leyendas, tradiciones, saberes, etcétera, fueran sustituidos y relegados del mundo cotidiano, separando el desarrollo cognitivo del desarrollo social.

2) También es necesario que el conflicto sea de orden socio-cognitivo para que se reorganice el pensamiento. Entendiendo que la base del pensamiento, o dicho de otra forma “los procesos psicológicos superiores” –que por decir psicológicos no quiere decir que son individuales–, como la percepción, atención, memoria e inteligencia se van construyendo a partir de un contexto cultural, es decir, como se mencionaba anteriormente es imposible separar la dualidad individuo-colectividad, dado que estos aportan elementos para la conformación del pensamiento y por ende el enriquecimiento de los conocimientos que son compartidos.

3) Por último, los conflictos que se generan en distintos grupos sociales pueden reorganizar las formas de aproximación sobre el conocimiento, donde los grupos e individuos reconocen la existencia de diferentes escenarios, diferentes posibilidades, donde no por pertenecer a un grupo quiere decir que no se pueda establecer o asimilar nuevas formas de conocimiento, es así que el conflicto se convierte en un elemento central en la creación de conocimiento, que modifica el pensamiento para que este se dé en una colectividad, ya que la existencia de este en el diálogo funge como elemento integrador, generando estrategias que le permitan al pensamiento una reestructuración desde la convivencia, el intercambio y la igualdad.

Superar los diversos conflictos que se creen nos lleva a una innovación, es decir, a una nueva forma de relacionarnos, a partir de estos elementos anteriores se podría comenzar a pensar en una convencionalización determinista, que rompa con los esquemas fatalistas que han ido permeando el pensamiento social, donde el determinismo sea entendido como una convivencia de saberes, conocimientos y formas de vida, de los cuales podríamos tener un amplio beneficio. Al referirnos hacia los demás como una otredad estamos estableciendo que somos diferentes, mas no que somos mejores a ellos, el volver a mirar y encontrarnos con la otredad nos posiciona en la idea de que todos pertenecemos a una cultura, pero también está bien y es bonito que existan otras realidades de las cuales podamos aprender, conocer y convivir. Es un largo viaje, pero lo mejor que podemos hacer es empezar a caminar.

1 Composición de los términos “convencionalización” de Frederic Bartlett (1995) y “fatalismo” de Gustave Le Bon (1912)

Bibliografía

Mendoza García, J. (2015). Sobre memoria colectiva: Marcos sociales, artefactos e historia. México: UPN.

* Artículo escrito por Liliana Betanzos Betanzos & Gustavo Parra Avila

 

 

Liliana Betanzos Betanzos

Liliana Betanzos Betanzos

Área de Psicología Política e Identidades, UAM-I
Lic. en Psicología Social Universidad Autónoma Metropolitana Unidad Iztapalapa, lilith_beta7@gmail.com
Liliana Betanzos Betanzos

Latest posts by Liliana Betanzos Betanzos (see all)

Compartir por Whatsapp:

México: Militarismo y Guardia Nacional


Sígueme en Twitter


Dirección: Av. Baja California No. 317, 2do. piso, Col. Hipódromo Condesa, Del. Cuauhtémoc, Ciudad de México, C.P. 06100 | Tel. 7159-4369

El Punto Sobre la i Facebook
El Punto Sobre la i Facebook
El Punto Sobre la i Facebook