LA SOCIALDEMOCRACIA YA NO ES ATRACTIVA? CONTEXTOS, CAUSAS E IMPLICACIONES EN TRES CASOS EUROPEOS

julio 7 2015

Fundadores del Grupo de Trabajo  Hintergrund. Franco Delle Donne es argentino, experto en comunicación política, consultor del Partido Socialdemócrata de Alemania (SPD) y sus diputados locales en Berlín y candidato a doctor por la Universidad Libre de Berlín, Raúl Gil Benito es español, por dos década ocupó posiciones en gobierno y dentro del Partido Socialista Obrero Español; Consultor del SPD y sus diputados locales en Berlín. Zirahuén Villamar es mexicano, académico de la Facultad de Economía de la Universidad Nacional Autónoma de México y candidato a doctor en Ciencia Política por la Universidad de Berlín.

Los resultados de las recientes elecciones legislativas federales en México muestran una dispersión del voto a las izquierdas mexicanas, esencialmente al principal partido de centro-izquierda (PRD). Este fenómeno también se repite en gubernaturas, alcaldías y congresos locales. Una primera lectura del contexto internacional apunta a que esta situación no es nueva, sino que se inscribiría en la cadena de tropiezos de los partidos de este espectro ideológico en los últimos años. Sin embargo, esta afirmación debe refutarse ya que en el pasado reciente ha habido algunos triunfos. Si no se trata de un fenómeno generalizado: ¿en dónde radica la pérdida de votos –y de elecciones– en algunos países? Aún más ¿por qué en algunos casos el voto se dispersa hacia distintas fuerzas de la izquierda, y en otros casos hacia el centro-derecha?

En este artículo se abordan tres casos específicos de partidos europeos del espectro socialdemócrata que se han enfrentado a la pérdida de electores y a alejarse de las posiciones más privilegiadas en coaliciones parlamentarias que permiten encabezar gobiernos. Alemania, España y Grecia son tres países con condiciones sociales, políticas y económicas disímiles. Esto se refleja en la forma y el destino en que las preferencias de los electores se han ido decantando hacia otras fuerzas, como se muestra a continuación.

Si bien el análisis no es trasladable al sistema político mexicano ni la situación específica del país, algunas de las problemáticas descritas parecerán familiares. Sirva entonces esta reflexión para pensar alternativas a trayectorias no afortunadas en el centro-izquierda.

 

Alemania: SPD y la paradoja de cumplir promesas pero perder votos

El Partido Socialdemócrata Alemán (SPD) ha perdido entre 2002 y 2013 casi 13 puntos porcentuales en sus resultados electorales a nivel federal. Algunos analistas ya se arriesgan a vaticinar el fin del SPD en tanto Volkspartei (Catch-all-party). En otras palabras, la socialdemocracia alemana ya no estaría en condiciones de formar gobierno por su cuenta. Pareciera que tanto a su izquierda como a su derecha los electores alemanes encuentran mejores alternativas, lo cual resulta paradójico ya que durante los últimos años el SPD no ha hecho más que elaborar políticas populares y apoyadas por la gran mayoría de la población. La introducción del salario mínimo, la política de apoyo a las familias, el freno al aumento de los alquileres, son algunas decisiones que los alemanes saludan pero que no se transforman en votos: desde la última elección la intención de voto al SPD no supera el 25%, rozando así sus mínimos históricos.

La caída del SPD comenzó en 2005, cuando se evidenció la decepción de muchos votantes socialdemócratas con la política neoliberal del último canciller alemán del SPD, Gerhard Schröder. Esto significó por un lado una importante abstención electoral y por otro un considerable aumento para el partido La Izquierda (Die Linke) que pasó de 4 a 8.7% y así logro ingresar por primera vez al Bundestag. A continuación, tanto en 2009 como en 2013, el partido socialdemócrata obtuvo los dos peores resultados electorales de su historia: 23 y 25.7%. No obstante, la brutal pérdida de votos no solo se dirigía a la izquierda –Die Linke recibió del SPD más de un millón de votos– sino que el partido de Ángela Merkel, la Unión Demócrata-Cristiana (CDU), también se beneficiaba de la situación. En este sentido cabe preguntarse si la merma del SPD se debe a una necesidad del electorado por elegir opciones a la izquierda, o bien, es posible identificar factores intrínsecos a la socialdemocracia alemana que lo expliquen.

¿Por qué la socialdemocracia alemana no encuentra la fórmula para detener la caída? ¿Cuáles son los problemas de los socialdemócratas y cuáles son los factores que dan lugar a esta paradoja de “buen gobierno“ pero malos resultados electorales? Para responder a estos interrogantes veremos el rol que juegan los problemas de liderazgo y de comunicación en el SPD actual.

La sangría electoral del SPD a nivel federal en el período 2005-2013 se contrapone con un crecimiento fenomenal de los socialdemócratas a nivel regional y urbano. Actualmente la socialdemocracia es gobierno en 13 de los 16 Bundesländer que conforman Alemania. Asimismo gobiernan casi la totalidad de las ciudades con más de 100 mil habitantes. Así, el fracaso socialdemócrata a nivel nacional se contrapone con un crecimiento pujante que no hace más que aumentar la esquizofrenia partidaria de aquellos que evitan el pensamiento complejo: ¿cambiamos o seguimos así? Evidentemente la situación no es tan sencilla.

Al revisar la historia reciente del SPD se encuentra un fenómeno similar al de principios de los noventa, es decir, durante el período post-reunificación. En esos tiempos la socialdemocracia gobernaba la mayoría de las regiones, pero a nivel nacional la CDU del canciller Helmut Kohl se imponía sin piedad, incluso con una diferencia de 10 puntos en 1990. Se puede decir que el contexto histórico excepcional que generó la caída del Muro jugó a favor del canciller Kohl. Sin embargo, al analizar la situación del SPD se observa una característica que se repite en la actualidad: la conjunción de una multitud de líderes regionales con ambición y perspectiva de crecimiento y una dirigencia federal débil, sin rumbo claro y regularmente cuestionada, tanto dentro como fuera del partido.

La lista de dirigentes políticos regionales que aspiran a la candidatura a canciller y a la jefatura del partido ostenta no menos de tres nombres. Sus resultados electorales y su labor los respaldan. A esa lista se le pueden agregar varios ministros con gran visibilidad en los medios y una imagen positiva notable. En contraposición aparece la figura de Sigmar Gabriel, actual jefe del partido y vice-canciller. Gabriel es objeto de críticas constantes. Sus decisiones estratégicas no hacen mucho para acallar estos cuestionamientos y la sensación tanto en el partido como en la población en general es que el SPD tiene buenas ideas, pero no ofrece un candidato votable. Una persona que demuestre que puede ponerse al frente del país y lidiar con problemas de grandes proporciones como el futuro de Europa, la situación de Grecia o el conflicto con Rusia. En este punto, Gabriel pierde claramente con Merkel, la dirigente política con mejor imagen desde hace años. La líder conservadora posee la confianza de los alemanes y más allá de los problemas internos, tiene una ventaja casi irremontable frente a los socialdemócratas. Si a esa percepción de falta de liderazgo de la actual cúpula socialdemócrata se agrega la presencia de aquel conjunto de nuevos dirigentes del nivel regional con aspiraciones políticas propias, la situación del partido se torna aún más complicada.

En este contexto, Gabriel apuesta todo a la agenda socialdemócrata. En los últimos años el SPD ha implementado importantes avances en política social, laboral y de género, incluso contra los deseos de la poderosa CDU de Merkel. Ejemplo de ello es la introducción del salario mínimo, medida que goza de una aceptación superior al 85%, y que fue la gran promesa electoral del SPD en la campaña de 2013. Pese a ello, la perspectiva del SPD de cara a la próxima elección en 2017 no es alentadora. La intención de voto está estancada en 24% desde hace meses y no parece haber signos de un cambio de tendencia.

El problema del liderazgo del SPD es que olvida la importancia de la comunicación simbólica. Es incapaz de lograr conectar los logros puntuales con la imagen del partido. Y esto se debe a la falta de un relato. Los socialdemócratas han perdido a su sujeto social, el trabajador en su definición más clásica. Ya no alcanza con lograr conquistas, sino que hay que integrarlas a un relato renovado y relacionado a la vida actual de los alemanes. En este punto el SPD fracasa sin atenuantes. En la socialdemocracia confían en que con el tiempo los logros se transformarán en votos. Al menos así lo manifestó Gabriel hace un año. El mes pasado insistió con esta tesis. Las encuestas la refutan: Merkel se mantiene por sobre el 40%, incluso a pesar de los escándalos por espionaje que estallaron hace unas semanas, mientras que el SPD sigue por debajo del 25%. Está claro que Gabriel ignora la máxima de la comunicación política que reza: “La gente no vota temas, vota personas“.

La mencionada crisis de la socialdemocracia alemana de inicios de los noventa tuvo un fin con la llegada de Gerhard Schröder. Un líder carismático capaz de conquistar nuevas franjas de electores, a las cuales el SPD no llegaba. En ese momento se trató del centro del electorado, por un lado cansado de 16 años de gobierno de la CDU, por otro necesitado de nuevas respuestas a nuevos desafíos. La situación se repite 20 años más tarde. Para recuperarse el SPD precisa ampliar su electorado y la mirada debe dirigirse nuevamente hacia el centro. Ahora bien, ese centro ha cambiado, las demandas son diferentes, los miedos residen en otros aspectos y los canales de comunicación se han transformado de forma radical.

Tal vez haya llegado la hora para un cambio en la cúpula del SPD. Desde el punto de vista simbólico representaría una renovación y desde lo práctico la posibilidad de actualizar el discurso y esencialmente las formas de hacer política y de comunicar. De lo contrario el partido socialdemócrata alemán seguirá en la senda de la derrota y a largo plazo se convertirá en un partido más del montón.

EZEQUIEL CASTILLO CESAR

Invierno, acrílico/madera 80 cm x 84 cm.

 

España: ¿Es posible la rehabilitación política del PSOE como fuerza de izquierda en España?

 “El PSOE es el partido que más se parece a España”. Con esta frase se ha tratado siempre de sintetizar la evidente conexión emocional, política y electoral entre la sociedad española y el Partido Socialista Obrero Español (PSOE). Eran otros tiempos, los del liderazgo de Felipe González, cuyos gobiernos impulsaron las grandes transformaciones en un país en plena transición a la democracia, como por ejemplo la implantación de la educación y sanidad gratuitas y universales, la modernización del tejido productivo y de las redes de transporte o la entrada de pleno derecho en las instituciones europeas. Pero también se escuchaba esa frase en la etapa de José Luis Rodríguez Zapatero como líder del partido y presidente del Gobierno, cuyo legado en derechos sociales y libertades tiene tanto peso en su desigual valoración popular como la incapacidad como gobernante para afrontar las primeras señales de la crisis económica a finales de la pasada década. A día de hoy, el Partido Socialista Obrero Español ya no es el partido que más se parece a España, sino que sufre, como el resto de las fuerzas de la socialdemocracia europea, una evidente pérdida de confianza política y electoral, que durante un tiempo hizo pensar que los socialistas españoles acabarían siguiendo el fatal destino del PASOK, sus colegas griegos en la Internacional Socialista. Pero por suerte para el PSOE, en la España de hoy no se dan las condiciones para esa transformación de partido de referencia a fuerza irrelevante. Primero, porque la crisis y los recortes realizados con la crisis como excusa no han golpeado a la población con la fuerza y el ensañamiento que lo han hecho en Grecia. Segundo, porque los socialistas han sabido separarse a tiempo del Partido Popular (PP), y situarse como una alternativa al actual gobierno conservador, cuyos niveles de valoración y aceptación popular se encuentran en mínimos históricos.

Siendo negativo, se podría decir que el momento político actual para los socialistas es de cierto alivio. De hecho, hasta hace bien poco, el Partido Socialista era lo mismo que el Partido Popular a ojos de buena parte del electorado español. Y esto era así por la gestión de la crisis realizada por el presidente Zapatero, la coincidencia en algunos planteamientos entre el PSOE y el PP, así como el continuo goteo de casos de corrupción, que afectaron también a las filas socialistas. El bipartidismo, encarnado en España por el PSOE y el PP, era y es para muchos ciudadanos el causante del descenso en la calidad democrática del país, así como del empeoramiento en las condiciones de vida de los ciudadanos. De hecho, se acuñaron las siglas PPSOE para referirse a los partidos del bipartidismo, que desde los primeros años de la década de los ochenta se venían repartiendo sin demasiados sobresaltos los gobiernos de la nación, autonómicos y locales. Ese marco que situaba al PSOE en el mismo nivel que el Partido Popular, como dos opciones similares y culpables por igual de la mayoría de los males que afectaban a España y a los españoles, sumió a la centenaria organización socialista en un proceso de autodestrucción que parecía imparable, y que parece haberse frenado, gracias a la aparición de nuevos liderazgos en el seno de la organización, la asunción de prácticas de mayor transparencia y contundencia ante la corrupción, y el impulso de una agenda política diferenciada a la del partido conservador.

El escenario político español se está transformando a una velocidad de vértigo. La reciente aparición del fenómeno Podemos, fruto del movimiento de indignados nacido al calor de la crisis económica y de la gestión de la misma por parte del PSOE y el PP, ha hecho tambalear los cimientos de la política española, cambiando la dinámica de fuerzas existente durante las tres décadas de democracia, y conduciendo al país a un escenario político en el que el bipartidismo pierde fuerza elección tras elección. Para ilustrar este cambio, baste un dato: en las elecciones municipales de 2007, la suma de PP y PSOE representaba el 70.54%, mientras que en la última convocatoria de ámbito local, celebrada el pasado 24 de mayo, ambos partidos alcanzan el 52.04%. Dieciocho puntos menos de porcentaje de voto en solo ocho años para los dos grandes partidos que han protagonizado treinta años de democracia en España. Paradójicamente, a pesar de tener el peor resultado de su historia, el PSOE ha conseguido recuperar mucho del poder territorial perdido en 2011, cuando la crisis y la gestión de la misma se llevaron por delante los diferentes gobiernos socialistas en todo el territorio, encumbrando al Partido Popular con mayorías absolutas. Y ha sido así por el derrumbe del Partido Popular y porque la aparición de nuevas fuerzas políticas ha traído consigo parlamentos y ayuntamientos más fragmentados, en los que los pactos se han hecho necesarios para poder gobernar. En ese nuevo escenario se ha producido una suerte de rehabilitación política del PSOE, sobre todo gracias a su capacidad para llegar a acuerdos con otras fuerzas de la izquierda española. Es precisamente esa recuperada legitimación como partido apto para liderar y construir gobiernos de corte progresista, la que permite pensar que el PSOE podría afrontar una etapa de recuperación electoral, que incluso le sitúe en condiciones de recuperar el Gobierno de España en las próximas elecciones generales, previstas para finales de este año 2015. Esa legitimación, que es al fin y al cabo una rehabilitación política, le viene dada externamente, por el hecho de ser aceptado como interlocutor válido por las fuerzas políticas emergentes, como es el caso de Podemos, que hasta hace poco situaban a los socialistas en el mismo nivel que al Partido Popular. En definitiva, el PSOE ha pasado en muy poco tiempo de ser visto como un apéndice del partido conservador a convertirse en una fuerza política necesaria para el cambio en España. Esa rápida transformación no debería llevar a la euforia entre las filas socialistas, ya que mantener las posiciones en medio de un escenario político tan volátil como es hoy el español, requiere esfuerzos ingentes y grandes dosis de inteligencia.

La socialdemocracia en otros países puede aprender muchas lecciones de lo que está sucediendo en España. El hartazgo ciudadano ante la falta de soluciones eficaces a los problemas más básicos, el deterioro de la calidad de la democracia, así como el aumento de los casos de corrupción y la utilización de las instituciones en beneficio propio, es el caldo de cultivo en el que las fuerzas emergentes encuentran su espacio para crecer y representar los intereses de un segmento de la población huérfano de referentes políticos. La tradicional conexión entre la socialdemocracia y las capas más dinámicas de la sociedad, gente joven, urbana e informada, se ha quebrado en los últimos años, y todo apunta a que va a ser muy complicado restablecer la confianza perdida. No solo por la incapacidad de la socialdemocracia para entender las necesidades de esa parte del electorado y ser capaces de plantearle una oferta atractiva, sino porque la aparición de esas fuerzas emergentes, denominadas en España como “nueva política”, ha hecho también que esa parte de la sociedad, que había renegado de la participación política, recupere parte del interés perdido y la simpatía por una opción determinada. El PSOE está en el camino de rehabilitarse como fuerza de izquierda en España, pero la mala noticia para los socialistas es que si no recupera a parte de ese electorado dinámico, urbano e informado, no podrá volver a ser nunca el partido que más se parece a España.

 

Grecia: Crisis de la socialdemocracia en la crisis económica

 Es el más llamativo de los casos de derrota del centro– izquierda, con un corrimiento del voto nacional (no sólo a escala regional o local) hacia la izquierda, y con consecuencias de políticas públicas más conocidas por el eco en los círculos políticos y económicos mundiales que este cambio ha tenido. La excepcionalidad radica en lo grave de la crisis financiera y económica, que cimbró el tejido social y político helénico. Con esta advertencia, se pueden describir algunas de las características de la transformación política griega.

Tras el fin de la llamada “Dictadura de los Coroneles” y la normalización de la vida política en un contexto democrático, el horizonte griego se compuso de un sistema parlamentario, multipartidista, competitivo y de pluralismo moderado. Esto quiere decir que existían varios partidos, pero desde finales de los años setenta hasta la segunda década del siglo XXI sólo dos de ellos se disputaron realmente el gobierno: el partido de centro–derecha Nueva Democracia (ND) y el centro–izquierdista Movimiento Socialista Panhelénico (PASOK) miembro de la familia socialdemócrata de la Internacional Socialista. Los triunfos de PASOK lo mantuvieron en gobierno hasta por 11 años consecutivos, alternándose con ND. Cuando la crisis financiera de 2008 exhibió el problema de las finanzas públicas del Estado griego en 2010, PASOK encabezaba el gobierno, y condujo las negociaciones para obtener el apoyo económico internacional –tanto del Fondo Monetario Internacional como de varias instituciones de la Unión Europea (el Banco Central Europeo, la Comisión Europea y otros gobiernos vía el Consejo de la UE)– condicionando serios ajustes al sector público. Apenas en otoño de 2009 las elecciones las había ganado holgadamente la socialdemocracia griega (obteniendo 44% de los votos), bien por encima del segundo lugar (ND obtuvo 33.48%) y el resto de fuerzas (el Partido Comunista (KKE) 7.54%, Concentración Popular Ortodoxa (LAOS, de extrema derecha) 5.63%, y 4.6% para la Coalición de Izquierda Radical (SIRYZA)). Conforme al sistema político griego, partidos con menos del 3% de votos quedan fuera del Consejo de los Helenos, o parlamento nacional.

En tan solo dos años, el apoyo hacia PASOK se volvió rechazo popular por su gestión de las reformas frente a la crisis: austeridad y ahorro fueron la dupla contra la que protestaron (y siguen haciéndolo) los griegos. Luego de varias huelgas generales que por días paralizaron al país, promovidas tanto por trabajadores del sector público como por organizaciones de sector privado y sociedad civil; y por presión externa para contar con un gobierno que continuara con los ajustes, se convocaron a elecciones anticipadas para el 6 de mayo de 2012. En ese ejercicio PASOK fue la tercera fuerza, con tan solo 13.18% de los votos. ND acusó el efecto del rechazo popular, pero (con tan solo 18.85% de los votos) se ubicó como primera fuerza. En segundo lugar estuvo SYRIZA (12.18%), la cuarta posición fue para el recién formado Griegos Independientes (ANEL, derechista, nacionalista, antieuropeo, con 10.6%) y la quinta para KKE (8.48 por ciento).

Por el régimen parlamentario, la combinación que debería formar un gobierno se volvió casi imposible en las negociaciones entre partidos. Una vez fracasadas, el Presidente de la República, Karolos Papoulias, convocó a nuevas elecciones para el 17 de junio. En ellas, la caída de PASOK se agudizó (obtuvo 12.28%), aunque siguió como tercera fuerza. Las posiciones de ND (29.7%), SIRYZA (26.9%) y ANEL (7.5%) se mantuvieron, aunque se observa que los electores se decantaron por reforzar a los dos punteros. Como era de esperarse, una coalición para formar gobierno entre el centro-derecha y la izquierda no prosperó, así que fueron ND y PASOK (además del partido que ocupó el sexto lugar, con 6.2%: Izquierda Democrática (DIMAR), una fuerza socialdemócrata escindida de uno de partidos de la coalición SIRIZA), los dos partidos tradicionales, quienes se asociaron como gobierno por casi tres años, para continuar con la agenda de reformas económicas de alto impacto social. De las elecciones de 2012, pero sobre todo de la segunda, es notoria la caída de las preferencias por los partidos de centro-derecha y centro-izquierda tradicionales, y el aumento de los votos hacia formaciones de derecha. Destaca que en junio de ese año, Amanecer Dorado (XA, de extrema derecha) alcanzó el quinto lugar (6.9%); y en contraste los comunistas de KKE cayeron al séptimo lugar (4.5%). Hace tres años ya era previsible el escenario que se verificó en 2015.

El pluralismo moderado que caracterizó a Grecia por casi 40 años era sustituido por un pluralismo extremo, por la cantidad de partidos; y polarizado, por la alta heterogeneidad de las agendas de los partidos. Y todo ello debido en gran medida a los efectos de la crisis económica. Sin embargo, esta variable no es la única que explica la transformación. Para una buena parte de la población, ND y PASOK también significaban una costumbre política que terminó agotando a los votantes, cuyos principales personajes políticos eran asociados a una tendencia patrimonialista de la vida interna en los partidos y en el gobierno (PASOK era percibido como una institución familiar). El rechazo a figuras tradicionales (agravado porque fueron ND y PASOK los que principalmente votaron en el parlamento las reformas de ahorro, y como gobiernos las llevaron a cabo, agudizando la austeridad) abonó a que los griegos prefirieran votar por algo muy distinto. Por tanto, el desdibujamiento de PASOK puede atribuirse a la gestión de su propia vida interna, a la agenda de reformas que distan de ser consideradas en el canon socialdemócrata, y al hartazgo con la costumbre de dos principales partidos que se alternaban el gobierno por tres décadas. En las dos elecciones de 2012 los socialdemócratas de PASOK se mantuvieron con alrededor de 12.75% de los votos.

Las elecciones del 25 de enero de 2015 se desarrollaron en un contexto económico aún más desesperado por el empeoramiento de las condiciones sociales y de los compromisos financieros del gobierno con los prestamistas internacionales (públicos y privados). PASOK llegó a las elecciones debilitado en las encuestas y escindido por el principal personaje del partido, Yorgos Papandrou (hijo y nieto de los socialdemócratas griegos más famosos), quien tres semanas antes anunció la fundación de su Movimiento de los Socialistas Democráticos (KIDISI), que se define en la tradición socialdemócrata. La decisión de Papandreou fue criticada en PASOK como acto antiético e irracional, personalista. Para el anecdotario vale recordar que Papandreou fue electo presidente de la Internacional Socialista en 2012, una señal de respaldo de la familia mundial de centro-izquierda ante las dificultades que PASOK como partido y como gobierno enfrentaba doméstica e internacionalmente. Hoy al frente de KIDISI sigue presidiendo la Internacional Socialista, a pesar de que KIDISI no es miembro de esta organización ni de la Alianza Progresista.

En primera posición resultó SIRYZA (36.34% de los votos) y su carismático joven líder, Alexis Tsipras (con 40 años de edad, se convirtió en el Primer Ministro más joven desde 1974, con una edad promedio de 64 años de sus predecesores), en segundo lugar ND (27.18%); en tercer y lejano lugar la extrema derecha de XA (6.28%). La cuarta posición fue para el nuevo partido de centro, proeuropeísta, Potami (6.05%); KKE (5.7%) en quinto lugar; y en sexto ANEL (4.75%). PASOK (4.68%) tuvo su peor resultado histórico colocándose en la séptima posición, y KIDISI quedó fuera del Parlamento (2.46%, octavo lugar). La formación de gobierno se logró tras un acuerdo entre antagónicas fuerzas: SIRYZA y ANEL. Grosso modo, las formaciones de centro-izquierda no alcanzaron el 8% de los votos (PASOK, KIDISI y DIMAR (0.49%)), muy por debajo de los casi 25 puntos porcentuales que en conjunto obtuvieron hace tres años. Ese diferencial lo representan electores que votaron por SIRYZA o por el primerizo Potami. No hay indicios de que los socialdemócratas trasladaran sus votos hacia el centro-derecha, pues ND se mantuvo cercano a sus números de 2012.

La situación de los socialdemócratas helenos no es fácil: el peor conteo histórico, fuera del gobierno y atomizados. El desafío para ellos no es remontar malos resultados, sino reconstituirse con premura y ganar credibilidad para ofrecer propuestas de políticas identificadas con la democracia social, que son urgentes en la crisis económica y social en que se encuentra Grecia. Los socialdemócratas griegos deben ser vistos a ojos de los ciudadanos como fuerza política que ha reencontrado el camino del centroizquierda. Con eso y un panorama nacional e internacional favorables, podrán empezar a andar el camino de regreso al gobierno.


Comentarios finales

 Las razones detrás de los resultados electorales poco halagüeños recientes en los tres casos expuestos son heterogéneas, igual que sus contextos y la perspectiva a futuro. Esa multicausalidad entraña una enorme dificultad para generar una guía única de las fuerzas de centro-izquierda para revertir el debilitamiento del apoyo de los electores. Lo que parece común a los casos examinados es que la participación de los partidos de centro-izquierda en coaliciones o alianzas con fuerzas conservadoras termina reportando resultados adversos en las votaciones. Asimismo, comparten que la autocomplacencia interna ha demostrado ser muy dañina cuando se torna en obcecación.

No cabe duda de que la coyuntura de cada uno de los países, además de la que existe a escala global, con los desafíos económicos, sociales y ambientales, es auspiciosa para un cambio en las políticas públicas con acento socialdemócrata. En el centro-izquierda se generan propuestas alternativas, pero no ha sido capaz de traducirlo en un mensaje convincente, accesible al votante, y realizable en políticas públicas. Desde una posición socialdemócrata, es necesario un análisis profundo de los partidos de esta familia política y sus condicionantes –no sólo en Europa, sino también en México–, lo que exige un espíritu crítico renovado. La tarea común de atraer al electorado de vuelta a la socialdemocracia demanda de forma transversal la revisión del programa, de las prácticas en la vida interna de los partidos, del ejercicio de gobierno, y de nuevas agendas de comunicación.

Zirahuén Villamar

Zirahuén Villamar

Académico de la Facultad de Economía de la Universidad Nacional Autónoma de México y candidato a Doctor en Ciencia Política por la Universidad Libre de Berlín
Zirahuén Villamar
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