LA PARADOJA DE LA VIOLENCIA

“El hombre no es

 prisionero del destino,

 sino de su propia mente.”

Franklin Roosevelt

 

Cuando pensamos en la agresión y la violencia, imaginariamente suponemos una línea aparentemente delimitada en donde como personas estamos en el lado correcto y además somos incapaces de cruzar esa frontera. Pero lo cierto es que resulta muy importante iniciar una reflexión sobre este tema reconociendo nuestro propio grado de maldad. Todos lo tenemos, pero en ocasiones no todos podemos o nos interesa controlarlo.

Hacer consciente lo inconsciente no es nada sencillo, pues se requiere la valentía: “el propio juez por su casa empieza”. Un secuestro emocional, una falta en el autocontrol, un evento inesperado, la protección de un ser querido, la defensa contra un animal fuera de control, o incluso un ataque de celotipia, pueden desencadenar nuestros pensamientos y conductas más abyectas.

La violencia como fenómeno multifactorial tiene muchos matices y dependiendo del ángulo de observación se manifiestan como en un cubo rubik, una serie de caras en donde al mover una sola, las demás toman otra forma. Mutan, se vuelven más complejas, al observar una parte dejamos de observar el todo. Y, en esta visión cuántica todos los lados cuentan, incluyendo el interior del cubo, podría llamarlas: estructuras, procesos y productos. Los esfuerzos de las ciencias sociales y las estrategias multidisciplinarias de trabajo se unen hoy día para comprender mejor los hechos relacionados con la violencia. El presente texto no es una visión exhaustiva, solo presenta algunos ángulos de esta realidad compleja.

 

El camino de la agresión y la violencia

El ser humano es, al parecer, la especie más agresiva y cruel que ha poblado la Tierra: no hay otro animal que mate a miembros de su propia especie de modo tan sistemático como lo hace el hombre (Sangrador, 1982).

La agresión es cualquier forma de conducta que pretenda dañar o lastimar a alguna persona, a uno mismo o a un objeto (Franzoi, 2003).

Se asocia una conducta agresiva cuando se cumplen varios requisitos:

  • Que se trate de una conducta cuyo objetivo es dañar a alguien.
  • Que el individuo a quien se intente dañar desee evitar el daño.
  • Que se trate de una conducta socialmente definida como agresiva.

Por otro lado, la violencia es una forma de interacción social aprendida o imitada, en donde se provoca o amenaza con hacer daño o someter a alguien. Puede tener una manifestación: física, sexual, verbal (amenazar, decir grosería o incluso no hablar e ignorar) o psicológica. Y va dirigida a un individuo o a una colectividad con el fin de limitar sus potencialidades. Todas ellas van en grado de lo mínimo a lo máximo, por ejemplo en el caso de la violencia física empieza con un juego brusco, un empujón, un coscorrón, un pellizco, una patada, un golpe hasta llegar al asesinato.

 

Una visión del cerebro a través de las neurociencias

Las carreras científicas ya no se centran en una única disciplina. La ciencia hoy día integra más conocimientos y es más predictiva. Existe una necesidad ineludible de investigar desde un enfoque multidisciplinar (El reto de investigar en equipo, 2013).

La neurociencia social hoy día, estudia la relación entre los procesos neurológicos del cerebro y los procesos sociales. Este análisis no solo enfatiza cómo el cerebro influye en la interacción social, sino también cómo la interacción social puede influir al cerebro (Franzoi, 2003).

Para analizar los comportamientos neurológicos y sociales, se vale de técnicas de neuroimagen las cuales generan mapas mentales en vivo para el cerebro, ejemplos de ellas son: la resonancia magnética funcional (IRMf ), la tomografía por emisión de positrones, los electroencefalogramas, la electroencefalografía magnética, y las HPLC (Cromatografías líquidas de diversos tipos).

Observar la realidad de forma diferente, nos hace interpretarla de forma distinta.

 

Una mirada al caleidoscopio de la violencia a través de la neurociencia

La relación entre el cerebro y el ambiente es hoy día un lugar común en muchas instituciones e investigadores a nivel mundial.

La relación entre las actitudes violentas y la agresividad a nivel neurológico ha sido mostrada por Guido Frank (2007) científico y físico de la Universidad de California haciendo uso de imágenes por resonancia magnética. Los adolescentes del estudio, considerados violentos, reaccionan con miedo y pierden capacidad de razonamiento y autocontrol cuando se les muestran imágenes de rostros amenazantes. Mostraron una mayor actividad en la amígdala cerebral (centro de las emociones) y una menor actividad en el lóbulo frontal, región cerebral vinculada a la capacidad de razonamiento y de toma de decisiones, así como al auto-control (Castro-Pera, 2007). Así, los adolescentes ante un estímulo percibido como agresivo actúan, pero no piensan.

Un estudio de estilos agresivos usados por los adolescentes de Finlandia encontraron que la agresión verbal (por ejemplo, gritar, insultar, decir apodos) es la más usada por niños y niñas. Los niños despliegan más agresión física (golpear, patear, empujar), mientras que las niñas utilizan formas más indirectas de agresión (chismear, escribir notas crueles acerca del otro, contar historias malas o falsas) (Björkqvist, 1992). Esto es el común denominador en prácticamente cualquier escuela y México no es la excepción.

FRANCISCO HUAZO

«Serpientes y escaleras», 2013/pigmentos, pasta cerámica /panel de madera/200 cm x 360 cm. (Tríptico)

¿Se puede combatir la violencia con violencia?

Ante tal pregunta, no se trata de grupos de autodefensa, sino de una estrategia de investigación novedosa en donde se expone a grupos de adolescentes a observar paradójicamente escenas de televisión con un contenido de imágenes violentas de la televisión comercial. El trabajo consiste en la aplicación de una prueba antes (pretest) y una prueba después (postest) que evalúa las variaciones en la intencionalidad de conductas agresivas, antes y después de haber sido expuestos de forma experimental a escenas de violencia mostradas en algunos programas de la televisión abierta en México.

Los resultados mostraron que la intencionalidad para mostrar conductas agresivas baja paradójicamente al evaluarlos nuevamente después de estar expuestos a dichos estímulos. El truco es hacerlos reflexionar sobre las conductas agresivas después de haberlas presenciado, pero sobretodo hacerlos que ocupen simbólicamente el lugar de las personas agredidas. Así, bajaron puntajes al evaluarlos después de este procedimiento. Luego entonces, regresemos a la pregunta inicial ¿Se puede combatir la violencia con violencia?

La respuesta más inmediata y racional apunta que no se puede combatir la violencia con violencia. Las evidencias de investigación indican que los programas violentos generan conductas violentas y los chicos violentos eligen programas violentos (Huertas y Franca, 2001; Bandura citado en Muñoz, 1988). De la misma forma la enorme cantidad de imágenes violentas con un sentido chistoso o de “violencia feliz” (Gerbner, citado en Duhne, 2000) son un modelo al que están expuestos los adolescentes.

El análisis de Gerbner de los programas violentos en Estados Unidos refiere que más de la mitad de esas series se transmiten en México y seguramente en Latinoamérica. Cachetadas, empujones, insultos, peleas, discriminaciones sexuales, cosificación de personas, escenas de intolerancia racial, daño moral, masacres, mutilación, escenas de deshumanización, asesinatos, cobro de piso, concursos en donde se humillan a los participantes, obediencia ciega, bromas pesadas, intimidaciones, desmembramiento muy común en las caricaturas, frotamientos inapropiados en el transporte público, tratos de corrupción e impunidad, escenas de pobreza y riqueza extrema, caricias agresivas, crímenes contra la humanidad, empoderamiento maquiavélico, maldad por inacción, síndrome de Estocolmo familiar, silencios condenatorios, pastelazos, golpes por equivocación, bullying, mobbing, patadas, pellizcos, abusos de diferentes tipos, se presentan con un formato chistoso.

Esta “violencia feliz o violencia sin consecuencias” como la llama Gerbner es por demás peligrosa, pues la hace ver como un comportamiento, habitual, normal y aceptable. Así, Gerbner menciona que los actos violentos de la televisión quitan al púbico el sentido trágico de la vida que es necesario para la compasión (Duhne, 2000).

Mostrar modelos violentos fomenta las conductas violentas, si no se reflexiona sobre el efecto de dichos modelos y conductas.

Alberto Bandura fue uno de los pioneros en hacer investigación sobre el aprendizaje de la violencia en los años sesenta a través de la observación y el modelaje de las conductas. Un adulto observado por niños servía como modelo y golpeaba un muñeco llamado “Bobo”, se esperaba que tarde o temprano los niños terminaran imitando este tipo de conductas. Y, posteriormente cuando los niños interactuaban con el muñeco repetían las conductas violentas observadas en el adulto modelo.

Vale la pena considerar el ambiente alrededor de las personas y sus efectos positivos o negativos. Un ambiente negativo, alrededor de personas potencialmente violentas puede desencadenar en conductas aún más violentas, como lo ha demostrado el neurólogo Jonathan Pincus y el psiquiatra Michael Stone (Pincus, 2013) en su análisis de los asesinos seriales. Por otro lado, incluso personas “sanas” rodeadas de un ambiente negativo pueden actuar como “malas”, como sucedió en el experimento de la prisión de Stanford (Zimbardo, 2007).

De la misma forma, un ambiente positivo en el cuidado de los bebés, como lo señala la psicoanalista Sue Gerdhart nos ayudará como sociedad en la prevención de la violencia y en la lucha contra las enfermedades mentales (Redes 447, 2008).

 

La investigación experimental sobre la violencia

Actualmente, hemos desarrollando un programa piloto y experimental con adolescentes en el cual les mostramos una secuencia de escenas relacionadas con diferentes tipos de violencia (física, psicológica, sexual, económica y patrimonial) algunas de las cuales son chistosas y/o divertidas (“violencia feliz”).

La respuesta se mide con un instrumento validado metodológicamente, el cual indica el grado en el que los mismos adolescentes practican actos cotidianos de violencia, tales como: ponerse apodos, hacerse bromas pesadas, ofender o gritar a los compañeros, humillar públicamente a alguien, empujar cachetear o golpear a un “amigo”. La teoría del aprendizaje social cognoscitivo pronostica que si mostramos un modelo violento (video), después de observar las escenas los circuitos neuronales del cerebro tenderán a imitar dichos comportamientos.

Sin embargo, si modificamos el ambiente y les hacemos reflexionar sobre las consecuencias de la “violencia feliz” a quienes reciben las agresiones, el aprendizaje cambia. Si les hacemos reflexionar también sobre el tipo de programación al que ellos están expuestos, con ese ambiente televisivo, las cosas cambian.

Además, si mediante el recurso de sus neuronas espejo, la empatía y el concepto de aprendizaje vicario por trauma (“ponerse en el lugar de quien recibe la agresión”), les hacemos pensar en las consecuencias de recibir la agresión en vez de producirla y las cosas cambian. ¿Qué pasaría si los receptores de las escenas de violencia televisiva o los mismos actos de violencia que se muestran en los programas chistosos, los recibieran simbólicamente sus hermanos, padres o los niños?

Cuando se experimenta un aprendizaje vicario por trauma o aprendizaje vicario por sustitución, ponerse en el lugar del espectador pasivo (sus hermanitos) propiciamos éste aprendizaje también. Y funciona, del mismo modo si los hacemos ponerse como víctimas indirectas de la agresión y presentan la misma sintomatología como cuando observan lo que les sucede a otras víctimas de la agresión.

Por lo tanto, se puede combatir la violencia con la violencia a través de lo que llamamos “grupos de reflexión”, tendientes a crear conciencia de los efectos de la violencia feliz en otros o poniéndolos simbólicamente como los receptores de los actos de violencia. Con ello se busca crear auto conciencia en el manejo de sus emociones, crear lazos de empatía y sobretodo desmitificar el concepto de la violencia feliz mostrada al grado de verse como “normal” en diferentes programas de televisión.

Otro aporte de esta estrategia de intervención resalta la influencia de las condiciones ambientales (buenas o malas) a las que están expuestos los adolescentes: los aprendizajes “buenos” (tener mejores hábitos de estudio) o malos (consumo de drogas o la práctica de conductas violentas) que ellos utilicen más en este periodo, se quedaran para su vida adulta, pues experimentan a nivel cerebral una poda neuronal, y solo las sinapsis que se fortalezcan se mantendrán más adelante. Esto es, los hábitos buenos o malos que experimentemos en la adolescencia tienen una alta probabilidad de continuar en la edad adulta.

 

Reflexión final

La presente información debería ayudarnos a desarrollar nuevas estrategias de intervención psicosocial y psicoterapéutica fundamentalmente en las escuelas.

La genética determina la configuración del sistema nervioso y del cerebro, pero el verdadero factor responsable del entramado neuronal y sus conexiones es el entorno ya sea éste bueno o malo.

No es una labor de una sola persona, se necesita crear consciencia paradójicamente en nuestras propias universidades, en nuestras autoridades y en las propias casas, pues hoy permanecen ignorantes y como simples entes espectadoras de la realidad. El presente programa piloto, aún no cuenta con apoyo alguno para llevarlo a gran escala.

 

BARRERA-BIBLIOG

 

Juan Antonio Barrera Méndez
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Juan Antonio Barrera Méndez

Director en Atención y Tratamiento Psicológico, Profesor e investigador de la Universidad Autónoma Metropolitana Unidad Iztapalapa
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