Influencia del laicismo en los derechos de las mujeres

Categoría: El punto es, EPSI28
febrero 1 2017

Hay una premisa que es necesario refrendar sobre todo a partir de lo que establece el Programa de Acción en su capítulo 18 de la Conferencia Mundial de Derechos Humanos de Viena de junio de 1993: «los derechos humanos de la mujer y la niña son parte inalienable, integrante e indivisible de los derechos humanos universales».

La consigna de que los derechos de las mujeres son derechos humanos se refrenda en la IV Conferencia Mundial sobre la Mujer realizada en septiembre de 1995 en Beijing, China, a partir de señalar que «la igualdad de género es una visión compartida de justicia social y derechos humanos».

No hay proceso de vindicación de los derechos humanos de las mujeres de todas las edades, y de todas las condiciones y culturas, que no señale la obligación de los gobiernos y de toda la sociedad, que, para concretar sus derechos humanos, es indispensable se creen los compromisos y las acciones pertinentes que eliminen todas las formas de discriminación que han venido perpetuándose derivadas de su propio género. A efecto de establecer la diferenciación de su condición de ser mujeres respecto de los hombres es indispensable invocar el artículo 1 de la Convención sobre la Eliminación de Todas las Formas de Discriminación contra la Mujer CEDAW que entró en vigor el 3 de septiembre de 1981:

la expresión discriminación contra la mujer denotará toda distinción, exclusión o restricción basada en el sexo que tenga por objeto o resultado menoscabar o anular el reconocimiento, goce o ejercicio por la mujer, independientemente de su estado civil, sobre la base de la Igualdad del hombre y la mujer, de los derechos humanos y las libertades fundamentales en las esferas política, económica, social, cultural y civil o en cualquier otra esfera.

Los compromisos del gobierno mexicano contraídos en el ámbito internacional, así como los tratados que México ha aprobado como el caso de la CEDAW bastarían para lograr estructuralmente los cambios hacia mejores estadios de vida y plena igualdad de las niñas y las mujeres; sin embargo, los obstáculos, por ser precisamente sistémicos y consuetudinarios, han venido siendo una verdadera hazaña su prevención, ya no digamos su eliminación o erradicación.

Entre las instituciones que han tenido más resistencias al cambio que emana del derecho internacional de los derechos humanos de las mujeres y que han sido un impedimento por su enorme influencia en otra institución que es la familia, se encuentran las iglesias y religiones.

Es imprescindible enfatizar que si bien profesar una religión es un derecho humano, las religiones no deberían constituirse en un impedimento para el logro de la plena igualdad de mujeres y hombres en el marco de las diferencias entre los géneros y la particular de cada persona la cual es irrepetible, indivisible e inalienable.

A través de la humanidad se ha luchado para reconocerle a cada persona su derecho a creer lo que decida conveniente, a tener una religión, la que más le acomode o la que aprenda de su familia o cultura; este derecho fundamental no puede impedirse por ninguna política o acción de gobierno o poder de facto; por el contrario el Estado como tal, debe asegurar la libertad de cada persona para que profese y practique la religión que decida. El mismo derecho se reconoce a quienes incluso no la deseen tener.

El logro de los derechos de libertad de conciencia ha llevado a la humanidad a enfrentar persecuciones y purgas que hoy en su revisión histórica son afrentas de las que debemos aprender para evitar su repetición.

Beatriz Eugenia Hernández

Magia de Tlaxcala, mixta sobre tela, 90 x 70 cm, 2013.

Muchos gobiernos, en su proceso hacia el liberalismo, han determinado la separación de las iglesias y religiones de las tareas del Estado; la definición del Estado Laico tiene su fundamento precisamente en que ninguna religión influye o determina las funciones del Estado. Es esta separación la garantía jurídica de la convivencia respetuosa y libre de las religiones entre si.

El proceso para asegurar la libertad de credos ha variado en cada país. En México se constituye por la influencia del liberalismo en la Constitución de 1857; se concreta la independencia de la soberanía política del Estado particularmente con la iglesia católica que albergaba prácticamente la mayoría de feligreses respecto a otras religiones. La laicidad del Estado Mexicano no se concreta de manera tersa porque trastoca el poder económico de la Iglesia Católica, y, como veremos más adelante, también por su reacción insistente, permanente y tozuda en la influencia de sus jerarcas en los asuntos del Estado, particularmente en las decisiones que incumben a la emancipación de las mujeres.

Las mujeres desde siempre han estado circunscritas al ámbito privado y doméstico por su condición biológica de maternidad. Desde los orígenes de la evolución de la humanidad las mujeres se embarazan en su primera menstruación, la crianza de su prole es su esencial actividad; los hombres en contraparte se han dedicado a la caza, a proveer lo necesario para la prole, también en las primarias civilizaciones los hombres se ocupan de los quehaceres públicos, de la gobernanza y del Estado: porque las mujeres siguen ocupadas en la crianza de sus hijos e hijas. Cada civilización configura su propio proceso, pero la caracterización de las diferencias entre los géneros son similares: la dualidad de los estereotipos sexuales diferenciados de las mujeres y de los hombres. Los hombres adultos —y propietarios— son jerarcas de su prole, se arrogan la jefatura absoluta de su clan y de sus mujeres: su primera mujer en edad fértil y las subsiguientes que les suplen por su joven fecundidad; todas y sus proles —y sus esclavos o peones—forman parte de la propiedad del patriarca. Poco a poco los esclavos y los peones logran su propia libertad del patriarca, sin embargo a su vez replican el patrón patriarcal: las mujeres y su prole son propiedad del hombre. La igualdad y el ímpetu libertario que se gesta para los hombres no se concreta en las mujeres; su emancipación encuentra mejores rutas libertarias apenas hace algunas decenas de años atrás cuando el feminismo explica y deconstruye el patriarcado como el impedimento para que las mujeres sean reconocidas como sujetas de derechos. Son las expertas feministas las que estudian y enfatizan la necesidad de crear compromisos, objetivos y programas de acción desde el derecho internacional y los cambios jurídicos en cada país.

El mundo cambia en función del crecimiento de su población y de las transiciones propias de su propia evolución, y no dudamos en señalar que la pastilla anticonceptiva es una real revolución a favor de las mujeres. Antes la transición emprendida por las mujeres presentes en la revolución francesa de 1789, o el movimiento sufragista de finales del siglo XIX y principios del siglo XX o el que realizaron las mujeres laboristas de principios del siglo XX y el movimiento feminista y sus filósofas de los años sesenta y setenta marcaron particularmente dentro de las sociedades —y dentro de las iglesias— un parteaguas que no ha podido resolver plenamente nuestro reconocimiento a ser sujetas de plenos derechos y por lo tanto dueñas de nosotras mismas.

En este aspecto es importante señalar que, al interior de la iglesia católica, ha jugado un papel realmente importante por su trascendencia la organización Católicas por el Derecho a Decidir. Este movimiento vindicador dentro de la Iglesia ha sido ejemplar no sólo por su lucidez sino también por la lucha que han y siguen enfrentando de parte de los jerarcas católicos porque han tocado la parte más sensible del patriarcado católico: legitimar como un derecho inalienable de las mujeres el pleno ejercicio de su sexualidad y la determinación de adueñarse de sus propios cuerpos, incluyendo la decisión libre de cuando embarazarse y cuando interrumpir —también en libertad–un embarazo no deseado. Las mujeres católicas de esta organización han sido heroínas frente a los designios del patriarcado de la jerarquía católica, quienes han determinado incluso su expulsión y excomunión de su Iglesia.

Hemos dejado atrás el siglo XIX pero la iglesia católica no pierde oportunidad para seguir influyendo en los asuntos del Estado.

Muchas son las políticas que les importa controlar, desde su oposición a la investigación de las células madres, a la eutanasia, o su animadversión a la diversidad sexual o la adopción por parejas del mismo sexo, su imposición social de una sola forma de familia y su lucha contumaz contra el aborto. Es esta última la que más la motiva a luchar de manera frontal; su explicación estriba precisamente en su reacción frente a la emancipación de las mujeres, en la pérdida del control de sus cuerpos porque al concretarse esta liberación por parte de las mujeres, se trastoca estructuralmente el control patriarcal sobre sus personas.

Por esto es eminentemente imprescindible para el gozo de los derechos humanos de las mujeres que se asegure y preserve el Estado laico; sólo en el no involucramiento de la iglesia católica u otras iglesias, se asegurará su pleno ejercicio.

Qué paradoja. Tener una religión es un derecho humano que el Estado debe asegurar, la libertad de cada quien para decidir qué creer y profesar es una garantía constitucional incuestionable, es un concepto pétreo inamovible; pero a su vez, es la jerarquía de las iglesias las que obstaculizan la libertad de las mujeres para ejercer entre otros, sus derechos reproductivos.

En estos tiempos aciagos donde padecemos la intromisión de la iglesia en los asuntos del Estado, influyendo en cambios retardatarios en las constituciones locales, tenemos que refrendar nuestro compromiso para preservar la laicidad porque es buena para todas las personas e imprescindible particularmente para las causas de las mujeres; sin demérito de su fe.

Angélica de la Peña Gómez

Angélica de la Peña Gómez

Senadora de la República por el Partido de la Revolución Democrática. LXII Legislatura.
Angélica de la Peña Gómez

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