En defensa de la fantasía

mayo 24 2018

Confieso que el cuento es una de mis debilidades literarias. Junto con la poesía, es uno de esos manjares que disfruto casi de manera orgásmica, por pequeños e inmediatos. No soy muy paciente para eso de satisfacer los deseos. Me gustan los textos breves y concentrados que me hacen explotar la emoción en forma de azoro, risa o tristeza y que me regalan satisfacciones que transitan entre lo intelectual y lo emotivo. Tal vez esta preferencia tenga que ver con mi carácter inquieto, o tal vez con el conocimiento del reto que significa escribirlos. Escribo cuentos desde que tenía 11 años y no he parado. El cuento es para mí un reto y una forma de placer. Quizá ambas cosas converjan en el placer doble que da construir un cuento eficiente –técnicamente hablando– y a la vez en el goce mismo de escribirlo como el cumplimiento de un deseo literario y visceral que surge de la necesidad de construir, mostrar, recrear, un evento real o imaginario.

Provocar “algo” emotivo y consistente en el lector con unas cuantas líneas no es cosa fácil. La economía de las palabras obliga a la precisión. Al toque exacto y aparentemente sencillo de una palabra sobre el papel. Es necesario el cálculo y la atención plena como en una cirugía quirúrgica. Un tajo mal dado, por pequeño que sea, puede dar al traste con el resto de la operación.

Pero, ¿entre lo real y lo imaginario hay una frontera visible u obligada para la clasificación literaria? ¿Qué es un cuento fantástico? ¿El que habla de lo que no existe en lo concreto, llámese duende, sueño o felicidad? Pero, ¿qué es lo concreto? ¿Lo que nunca podrán ver nuestros ojos? ¿Cuáles? ¿Los físicos o los de la imaginación? Toda la literatura es fantástica si consideramos que es creada por la imaginación de alguien aun cuando el tema sea “realista” o la anécdota principal haya sido tomada de la realidad. El poeta español Luis Cernuda decía que la esencia del problema del escritor está en la relación entre el deseo y la realidad. Es decir,escribimos porque la realidad no satisface nuestros deseos. Desde este punto de vista, la literatura, toda, es una chaqueta mental; una recreación a nuestro gusto. Una historia fantástica que construimos para llenar esos huecos reales que no nos satisfacen por completo.

La definición de lo fantástico es un tema polémico. Para algunos la palabra “fantástico” es algo despreciable porque remite a lo “no real” que ha sido, con frecuencia, desdeñado. Ahora me viene a la cabeza el nombre de un escritor y estudioso de la literatura infantil llamado Herminio Almendros (porque, ojo, además, fantástico se relaciona siempre con infancia, como si los adultos no tuviéramos derecho a soñar como niños). Este hombre, Almendros, consideraba que la literatura más adecuada para los niños de Hispanoamérica era la que no contenía elementos “fantásticos” sino una visión más objetiva de la realidad. Entiéndase por “fantásticos”, personajes como hadas y “otras maravillas”, decía él, que provienen de un legado medieval que formaba hombres “divorciados de su tierra”; “ciudadanos retóricos” señalaba él, despectivamente. Estamos hablando del año 1959 y Almendros fue un español que llegó a Cuba en los años cuarenta; perdió su puesto con la dictadura de Fulgencio Batista, pero luego fue nombrado Director General de Educación Rural con el triunfo de Fidel Castro. Es importante mencionarlo porque esta visión tiene que ver, de manera directa, con un proceso histórico y social que la explica. El socialismo cubano, al tener su base ideológica en el marxismo, pugna por subrayar la realidad concreta de su sociedad. Sin embargo, desde la fantasía puede también referirse, e incluso criticarse, la realidad social concreta. Ejemplo de ello es el escritor cubano Virgilio Piñera quien utilizó la fantasía del absurdo, en su narrativa, para criticar severamente las fallas del socialismo cubano. “¿De qué podría quejarse un pueblo que tenía asegurada su subsistencia?” (devorándose a sí mismo en un acto de humorístico canibalismo ante la falta de comida) pregunta el autor, en su cuento “La carne”, señalando las carencias y el silencio de una población hambrienta, pero “prudente”. En este caso, la fantasía le permite al autor “disfrazar” su cruda visión de la realidad. El humor negro y la utilización del absurdo en Piñera, contrariamente a lo señalado por Almendros, subraya y visibiliza la cruenta realidad a través de la fantasía. Los libros de Piñera estuvieron vetados en Cuba durante muchos años. En 2008, cuando estuve en Cuba, no me fue posible conseguir ninguna de sus publicaciones. He ahí el posible poder de la fantasía.

Es triste ver cómo, aún hoy, el término “fantástico” es repelido por muchos que consideran la fantasía algo deschavetado y hasta pueril. En lo que Almendros tenía razón es en que el relato fantástico tiene su origen en las leyendas medievales, esas historias transmitidas oralmente –como la Caperucita Roja que tuvo su origen en la Italia del siglo XIV– que dieron pie a los mágicos cuentos infantiles primero, y luego a los relatos fantásticos para adolescentes y adultos que felizmente se siguen produciendo.

La fantasía cobra un especial papel en la vida del hombre porque permite una libertad gozosa que no siempre está al alcance de la realidad y que tiene la facultad de transportar los sueños a un lugar posible. La palabra “leyenda”, en su origen latino: legenda, quiere decir “lo que debe ser leído”.

Yo creo que lo que todo hombre –de cualquier tiempo, lugar o circunstancia– no debe dejar de hacer es soñar y la fantasía es el ingrediente principal del sueño. Desde mi punto de vista, nadie debería circular por el mundo sin antes haberse echado al bolsillo algún sueño como talismán. Sobre todo cuando la fantasía intenta una realidad mejor.

Finalicemos con un pequeño cuento:

Había una vez un manojo de sueños que se aburrían soberanamente en el limbo de lo no mirado. Desde ese lugar mágico, donde todo puede suceder, ellos miraban a los hombres ir y venir en su plana y cotidiana realidad. Un día un ser insatisfecho y curioso, en su búsqueda de algo más, miró al cielo –hacia ese punto donde la luz se convierte en aparente nada– y los descubrió; brillantes, sonrientes, prometedores. Los tomó de la mano, los sacudió, los peinó, los presentó con sus propios sueños y, muy ordenaditos, los metió entre las páginas de un libro. Desde entonces, están siempre a la disposición de todos los que estén dispuestos a volar más allá de lo visible y así permitir a cada sueño tener una razón para existir.

Angélica Santa Olaya

Angélica Santa Olaya

Poeta, escritora, periodista, dramaturga, historiadora y maestra de la ENAH y de la Universidad del Claustro de Sor Juana. Egresada de la UNAM, ENAH y Sogem. Becada por el Conacyt para la maestría en Historia y Etnohistoria.
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