El triunfo del nacionalismo revolucionario

diciembre 12 2018

La victoria de Andrés Manuel López Obrador, que a partir del próximo 1 de diciembre será el presidente de México, no es la de un candidato de la izquierda –él nunca lo ha sido–, sino se trata del triunfo de la corriente del PRI que se conoce como el nacionalismo revolucionario, que ahora se agrupa en Morena.

El nacionalismo revolucionario

Al término del mandato del general Lázaro Cárdenas (1934-1940) se crea, al interior del Partido de la Revolución Mexicana (PRM) –de 1938 a 1946–, y después del Partido Revolucionario Institucional (PRI) –de 1946 al presente–, la corriente del cardenismo que se identifica con el nacionalismo y el compromiso social.

Cuando termina el período del presidente Miguel Alemán (1946-1952) surge la corriente del alemanismo, que se asocia a la modernidad y la participación de la empresa en el desarrollo de la economía. A partir de ese momento, al seno del PRI se enfrentan dos visiones de la política y el mundo.

Las diferencias entre estas corrientes nunca fueron radicales y convivían, pero sí expresaban énfasis en la interpretación del legado de la Revolución Mexicana y hacían también referencia a la manera de hacer política y relacionarse con las bases del partido y con la sociedad.

El mayor enfrentamiento entre el cardenismo y el alemanismo, corrientes que después se identificarían con los nacionalistas revolucionarios y los tecnócratas neoliberales, tiene lugar a mediados de los años ochenta del siglo pasado, formalmente en 1986, con el surgimiento de la Corriente Democrática al interior del PRI.

Esta corriente es creada por Cuauhtémoc Cárdenas, Porfirio Muñoz Ledo, Ifigenia Martínez y Rodolfo González Guevara, entre otros, y se incorpora Andrés Manuel López Obrador. Su exigencia específica al presidente Miguel de la Madrid (1982-1988) es la creación de reglas claras para elegir al candidato del PRI en la próxima elección. Ellos quieren participar en el proceso.

Presidentes Mexicanos

Pero el presidente, como lo habían hecho todos sus antecesores, nombra directamente al candidato y elige a Carlos Salinas de Gortari (1988-1994). En 1988, la Corriente Democrática opta por dejar el partido y se asume como la legítima representante del nacionalismo revolucionario. En el PRI se queda el grupo de los tecnócratas neoliberales.

En 1988, Cuauhtémoc Cárdenas postulado por el Frente Democrático Nacional (FDN), agrupación de fuerzas políticas, compite por la presidencia de la República. Las dos corriente se enfrentan por primera vez fuera del PRI. Los nacionalistas revolucionarios pierden en una elección muy cuestionada. En 1989 esta corriente, con otros grupos, funda el Partido de la Revolución Democrática (PRD).

El PRI y el PRD se enfrentan en las elecciones de 1994 con Ernesto Zedillo y Cárdenas –ganaría el PRI; en 2000, con Francisco Labastida y Cárdenas –por primera vez el PAN obtendría la presidencia–; en 2006, con Roberto Madrazo y López Obrador –y otra vez ganaría el PAN–; en 2012, con Enrique Peña Nieto y López Obrador, y el PRI se haría de la victoria.

En 2012 López Obrador se separa del PRD e inicia la construcción del Movimiento de Regeneración Nacional (Morena) que en 2014 obtiene su registro como partido. Con López Obrador se van los integrantes de la corriente del nacionalismo revolucionario. A lo largo de 2017 y ya en 2018, ante su éxito en las encuestas, se suman más integrantes de ésta agrupación que abandonan al PRD y al PRI.

Con López Obrador en 2018, la corriente del nacionalismo revolucionario gana la Presidencia de la República 30 años después de haberse salido del PRI. Ahora Morena es su expresión. Es una victoria aplastante y definitiva sobre los tecnócratas neoliberales, pero no es un triunfo de la izquierda.

El proyecto político

En los cinco meses como presidente electo, López Obrador, ha abierto muchos frentes de acción y también anunciado muy diversos proyectos políticos, económicos y sociales. En estos meses se ha adueñado de la agenda mediática y la mayoría de los medios actúan como caja de resonancia de sus dichos y mensajes.

Uno de sus proyectos, que puede traer graves consecuencias para la vida democrática del país y que en los medios ha quedado relegado, es que el presidente controle de manera directa a los gobernadores. El proyecto político de López Obrador contempla restaurar el presidencialismo priista. Volver a los tiempos cuando el presidente concentraba todos los poderes.

Hay evidencias que señalan que el proceso para concentrar el poder está en marcha. Hay ya iniciativas de ley que van en esa dirección. Ahora, la acción más clara es el nombramiento de 32 coordinadores estatales que van a representar al presidente de manera directa en los estados.

Su nombre oficial es Delegado de Programas Integrales de Desarrollo y van a ser los responsables del control y la supervisión de los recursos federales que llegan a los estados. La idea es que esto ya no va a pasar por la administración del gobierno estatal sino estarán a cargo del delegado presidencial.

López Obrador ha dicho de manera tajante que sus coordinadores estatales son los que van a garantizar que los recursos federales, destinados a programas y proyectos, lleguen de manera directa a las comunidades. Así, la relación entre el presidente de la República y los beneficiarios va a ser directa. Es el esquema de una estructura vertical y altamente centralizada.

Los 32 delegados presidenciales, como en la República Central, van a depender de manera directa del presidente y solo a él van a dar cuenta. Estos contarán con el apoyo de 300 delegados regionales, una estructura que se empalma con la de los 300 distritos electorales para diputados federales que ahora existen.

El perfil de los coordinadores, que ya están nombrados, no es el de cuadros técnicos especializados en la administración pública, las finanzas o la ejecución de programa; sino todos son cuadros políticos locales de Morena. Once de éstos han sido presidentes de aquel partido en sus estados y cinco más, han sido candidatos derrotados en pasadas elecciones a gobernador.

Las funciones del delegado presidencial, que es el gobernador puesto por el presidente, y el nombramiento de los delegados regionales, va en camino a la concentración del poder del presidente. Implica, en los hechos, caminar a la construcción de una República Central, como operó en los años del presidencialismo priista con el que se identifica López Obrador.

Estas nuevas estructuras políticas caminan –son parte de lo mismo– a la edificación de las instancias territoriales de Morena en todo el país y a la construcción de la candidatura del delegado presidencial y de los delegados regionales como gobernadores, senadores o diputados federales para las elecciones de 2021.

Desde ahora López Obrador trabaja para que en las elecciones federales y estatales del 2021, Morena se haga de los 300 distritos electorales y también gane las 15 gubernaturas que va a estar en juego, como antes lo hacía el PRI. Así da un paso más en su proyecto de restauración del presidencialismo priista.

Yolanda Quijano

Llegaron desde lejos, litografía intervenida por la artista, 0.70 X 0.50 m.

El nuevo PRI

López Obrador, en su proyecto restaurador del viejo priismo –que implica un salto de 50 años atrás–, cuenta ya con Morena. Éste es un instrumento fundamental para obtener lo que quiere.

Éste agrupamiento político, como lo fue el PRI en sus mejores años, no es un partido en el sentido estricto de la palabra. No tiene una ideología precisa y un programa claro y definido, no se identifica con un sector del electorado en lo particular.

Morena es un conglomerado de fuerzas políticas, grupos sociales y personas en lo individual de origen social diverso y pensamiento distinto. Su unión no depende de un proyecto específico, sino lo garantiza una persona en lo particular, para el caso: López Obrador.

En este partido tienen cabida personas de la extrema derecha, de la derecha, de quienes se dicen de izquierda y también hay espacio para los empresarios y líderes sindicales antidemocráticos y corruptos que se han eternizado en su cargo.

Hay lugar para militantes de todos partidos con la sola condición de manifestar adhesión absoluta al líder moral indiscutible de Morena. No se requiere más, pero tampoco menos.

Esta amalgama de ideologías y pertenencias se asemeja mucho a la que tuvo el PRI en otros tiempos. Ahí estaban representadas todas las ideologías y todos los grupos sociales. El presidente en turno, cabeza de la presidencia imperial por seis años, era quien podía reunir toda esa pluralidad.

Ese es el modelo e inspiración de López Obrador. Es el PRI en el que militó y se formó. Es el PRI del que fue dirigente estatal. Él quiere que Morena sea eso. Ahora está empeñado en lograrlo.

El 1 de diciembre, cuando López Obrador asuma su cargo, veremos la restauración de la presidencia imperial. Quienes valoramos la democracia tenemos que luchar por ella a través de todos los cauces institucionales, para impedir el regreso al viejo PRI ahora envuelto en Morena.

 

 

 

Rubén Aguilar Valenzuela

Rubén Aguilar Valenzuela

Doctor en Ciencias Sociales. Socio Fundador de Afan, Consultores Internacionales, S.C. Profesor de Ciencias Políticas y de Comunicación en la Universidad Iberoamericana. Articulista de El Universal
Rubén Aguilar Valenzuela
Compartir por Whatsapp:

Globalización versus nacionalismos


Sígueme en Twitter


Dirección: Av. Baja California No. 317, 2do. piso, Col. Hipódromo Condesa, Del. Cuauhtémoc, Ciudad de México, C.P. 06100 | Tel. 7159-4369

El Punto Sobre la i Facebook
El Punto Sobre la i Facebook
El Punto Sobre la i Facebook