Donald John Trump contra el planeta

abril 1 2017

Nuevamente, Estados Unidos tiene un presidente que obedece a los intereses petroleros. Igual o peor que George H.W. Bush (presidente 41) y George W. Bush (presidente 43). El señor Donald John Trump nació en el barrio de Queens en Nueva York, el 14 de junio de 1946; egresó de la carrera de Economía de la escuela Wharton School de la Universidad de Pensilvania en 1968. Empresario inmobiliario que en 2016, Forbes enlistó como el millonario número 324 del mundo y el número 113 de Estados Unidos, con una fortuna estimada en 4 mil 500 millones de dólares. El 20 de enero de 2017, juró ante dos Biblias hacer cumplir la Constitución de los Estados Unidos de Norteamérica y se convirtió en el presidente número cuarenta y cinco.

Ese mismo día, por la tarde, el presidente Trump firmó una orden ejecutiva que pretende cancelar el Plan de Acción Climática, lo que significa cancelar las acciones contempladas en el Clean Power Plan y, por consecuencia, no cumplir ante los Acuerdos de París, las metas de reducción de emisiones de GEI, gases de efecto invernadero que comprometieron, entre el 26 y 28% de la línea base del año 2005 (7 mil 200 millones de toneladas de CO2 equivalente al año). Lo que significaba reducir aproximadamente unas 2 mil millones de toneladas de CO2 equivalentes al año, hacia el año 2025, que habría comprometido el presidente Barak Obama en diciembre de 2015.

Sabemos que ya existen instrucciones del presidente Trump, en el sentido de reducir al máximo los presupuestos de todos los organismos relacionados con el medio ambiente, como la EPA, Environmental Protection Agency hasta en un 70% de su presupuesto actual. De igual manera, tanto la Comisión de Cooperación Ambiental del Tratado de Libre Comercio de América del Norte, CCA, y la Comisión de Cooperación Ecológica Fronteriza, COCEF, pudieran correr la misma suerte.

Las empresas productoras de autos y camiones norteamericanas están siendo presionadas y amenazadas por el presidente Trump a fin de que puedan regresar a producir en Estados Unidos, y uno de los argumentos para convencerlas es la desregulación y flexibilización de la normatividad ambiental existente. Esto es, que para efecto de disminuír sus costos de producción podrán ser exentados de cumplir estrictamente la normatividad en materia de calidad de aire que les impone el Clean Air Act. Lo que significan malas noticias para el medio ambiente, la salud de los norteamericanos y, por supuesto, malas noticias para el Planeta.

Además sabemos que los litigios que existían en contra de algunos proyectos mineros en la administración de Barak Obama serán cancelados a fin de que nuevamente regrese la enorme actividad minera de extracción de carbón y su uso. Este nuevo impulso que dará Donald Trump a la actividad petrolera nos podrá regresar al año 1970, cuando producían 9.5 de millones de barriles de petróleo diariamente. Y el uso del carbón para producir electricidad será impulsado de manera importante. Sin dejar de lado el uso del gas natural. Las intenciones de Donald Trump, como lo ha manifestado repetidamente, es impulsar la producción de shale gas y shale oil. De manera que estamos regresando a la era de los combustibles fósiles, en un grave retroceso que por supuesto contraviene los Acuerdos de París. Y, por el contrario, pretende frenar los apoyos a las energías verdes.

En este escenario, hace unas semanas, 20 millonarios liderados por Bill Gates anunciaron el lanzamiento de un fondo de inversión con mil millones de dólares de capital para invertir en nuevas formas de energías limpias y renovables. El fundador de Microsoft contará con el apoyo financiero de otros filántropos de Sillicon Valley, como John Doerr, Vinod Khosla y John Arnold. Además del dinero de Jeff Bezos, fundador de Amazon y el de Richard Branson, el creador de Virgin. Todos ellos prometieron grandes inversiones a través de Breakthrough Energy Ventures. Bill Gates propone invertir en “hallazgos científicos que tengan el potencial de proveer energía barata, fiable y limpia para el mundo”.

Rosa Galindo

A 18 días de haber sido nombrado presidente de Estados Unidos, Donald Trump ha creado un ambiente global incierto. Específicamente en la lucha contra el calentamiento global, estamos ante un probable retraso que pudiera ser de ocho años. Es muy desalentador saber que a pesar de haber logrado comprometer a más de 194 países del mundo, en los Acuerdos de París, para que cada uno pudiera realizar sus esfuerzos particulares en su reducción de emisiones de GEI y lograr la meta de no rebasar los dos grados de temperatura global en las próximas tres décadas.

Creo que en los próximos meses veremos la reacción de toda la comunidad internacional que cuestionará de manera puntual esta nueva posición de retraso por parte de los norteamericanos en el cumplimiento de sus compromisos ante los Acuerdos de París hacia el 2025.

Así como sucedió en el fallido Protocolo de Kioto, cuando China decidió no firmar su ratificación cuando los norteamericanos declinaron cumplir las tímidas metas de reducción de un 5.2% de sus emisiones de la línea base del año 1990. Y China los hizo con argumentos válidos, al señalar que ellos apenas tienen unos 25 años de un desarrollo económico sostenido haciendo un enorme esfuerzo para sacar de la pobreza a 30 millones de chinos por año. Y debido a que los norteamericanos y Europa llevan más de 140 años emitiendo miles de millones de toneladas de GEI anuales desde la revolución industrial, ellos tampoco ratificarían su compromiso ante Kioto. Acto seguido, la India también se abstuvo de ratificarlo, bajo los mismas razones. Sabemos que los tres gigantes, China, EU y la India emiten prácticamente el 50% de las emisiones globales de GEI. Y por lo tanto, una vez que los tres abandonaron el Protocolo de Kioto, este quedó prácticamente muerto en 2012.

A pesar del fracaso de Kioto, después de tres años de intensos cabildeos, llegamos a París en diciembre de 2015 para lograr lo impensable: un acuerdo de 194 naciones del mundo comprometiéndose a reducir sus emisiones de GEI para salvar el Planeta.

Es difícil predecir hoy lo que sucederá con los Acuerdos de París. Pero lo más probable es que volvamos a presenciar esta misma desafortunada decisión (ahora) de Donald Trump, del abandono de los Estados Unidos de Norteamérica ante las obligaciones de los Acuerdos de París y la consecuente negativa de China y la India a mantener sus compromisos.

Lo que nos lleva a concluir que, una vez que esto suceda en el transcurso del 2017 o 2018, los esfuerzos que pudieran hacer tanto Europa (que emite aproximadamente el 10% de las emisiones globales de GEI) junto con los demás países del mundo no serán suficientes para detener la inercia que hemos vivido en los últimos 140 años, en los que hemos generado un crecimiento permanente de la emisiones de GEI y el consecuente calentamiento del globo. Tenemos los registros de temperatura global de los últimos 30 años, que es el término necesario y adecuado para definir certeramente el clima global. Podemos afirmar que los últimos 16 años han sido los más calurosos de la época moderna.

De acuerdo con los científicos del Panel Intergubernamental de Cambio Climático, si rebasamos esos dos grados de temperatura global en los próximos 30 o 40 años, entraremos en una dinámica más agresiva y peligrosa para la humanidad, en donde al parecer, ya no podremos revertir ni detener los graves efectos y consecuencias que dañarán de manera sustantiva el gran ecosistema. Sobre todo a los más de 2 mil millones de habitantes del planeta que viven en la zonas costeras de los cinco continentes. La teoría de que el nivel de agua de los océanos subirá simplemente será una realidad.

El costo material del traslado de las ciudades asentadas en las costas hacia tierra adentro y la enorme destrucción de los ecosistemas costeros será incalculable y seguramente le economía global entrará en la etapa más difícil, jamás conocida por la sociedad moderna. Debido a que será una crisis económica global.

Es por esto que debo dejar mi modesto testimonio en este artículo de opinión: responsabilizo al presidente norteamericano Donald John Trump de ser el causante del imperdonable e indebido retraso en la lucha contra el calentamiento global, por obedecer a su escaso conocimiento científico y sobre todo por la obsesión de cumplir sus promesas de campaña para generar empleos en los Estados Unidos de Norteamérica, bajo la falacia de que solamente regresando a la explotación intensiva de los hidrocarburos en todas sus formas y a la producción industrial con energía eléctrica mediante la quema de combustibles fósiles, podrá lograrlo.

La realidad es otra: el presidente Donald John Trump simplemente está obedeciendo a los intereses económicos de las poderosas petroleras, sin saber que está comprometiendo la viabilidad de la especie humana hacia el futuro, con el pretexto de la generación de decenas o en su mejor caso de centenas de miles de empleos de nortemericanos. Pero sin tener en cuenta no solamente a los 2 mil millones de habitantes del planeta que viven en las costas sino al planeta mismo. Al tiempo.

 

 

 

 

Carlos Álvarez Flores

Carlos Álvarez Flores

Ingeniero Químico Industrial por el Instituto Politécnico Nacional, miembro del Concejo Consultivo para el Desarrollo Sustentable de Semarnat en dos Períodos: 1998-2000 y 2008-2011. Articulista y editorialista en Revistas Especializadas. Presidente de la asociación “México, Comunicación y Ambiente, A.C.” y Asesor Ambiental.
Carlos Álvarez Flores
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