Cultura y diplomacia pública. A propósito de la nueva Secretaría.

junio 1 2017

En septiembre pasado se cumplió un año del decreto que estableció la Secretaría de Cultura (SC), la dependencia federal más joven cuya normatividad debe ser legislada, a más tardar, este año. A propósito de esta decisión presidencial, emitida en el marco del Tercer Informe de Gobierno, me parece pertinente sacar a flote uno de los temas de mayor relevancia dentro del campo de la diplomacia pública: la cultura como instrumento de política exterior. Si bien México no tiene un “poder blando” tan desarrollado como el de Estados Unidos, Inglaterra, Francia o China misma, sí cuenta con un bagaje, capital humano e infraestructura que confieren los elementos necesarios para ser una potencia cultural. Sin pecar de orgullosos, podemos decir que ya lo somos. Habrá quien estime que no hemos explotado este recurso al cien por ciento. En teoría, las instancias gubernamentales deben actuar de forma coordinada con la Secretaría de Relaciones Exteriores (SRE) cuando requieran alguna gestión, participación o convenio internacional. En los hechos no necesariamente es así. Sin embargo, por ley, esta es el vínculo entre México y el mundo.1

Aunque el país ha recurrido al uso de su imagen milenaria y de sus atributos culturales en el plano diplomático desde antes de la Revolución –recordemos su participación en la Exposición Universal de París en 1889 y 1900 o en la Exposición Universal de Chicago en 1893–, fue durante la presidencia de Adolfo López Mateos, gracias al genio humanístico de Jaime Torres Bodet, cuando la SRE formalizó una Oficina de Asuntos Culturales. Por medio de esta –la cual, por cierto, ha cambiado de nombres en distintas ocasiones–, la acción cultural se fue haciendo de un lugar propio en la política exterior mexicana. Desde entonces, muchas embajadas han creado un área que promueve los valores, las creaciones artísticas, las actividades y las prácticas que hacen de México un crisol nacional multicromático y vastísimo. Bajo la figura del “agregado cultural”, las representaciones oficiales del país se encargan de suscribir convenios de cooperación científica –y darles seguimiento–, establecer intercambios académicos y artísticos entre universidades, facilitar becas, organizar eventos de interés recreativo y, no pocas veces, promover el turismo.

La representación de México a través de su cultura no solo sensibiliza y facilita el acercamiento entre países, también forma parte del Plan Nacional de Desarrollo (PND) al quedar reconocido este elemento como fuente de identidad y expresión de nuestra diversidad e imaginación creativa.  De ahí que sea un objetivo usarlo a nuestro favor en el plano internacional. El PND articula varias metas en pro del desarrollo, siendo la cultura y las relaciones internacionales dos instrumentos importantes para su consecución. Una de las metas por alcanzar, si conjugamos ambos elementos, es la proyección de la imagen del país allende sus fronteras. Independientemente de las noticias relacionadas con el drama cotidiano de violencia, impunidad y corrupción –que se asoman como el círculo vicioso de nuestra actual crisis–, la promoción de los valores y el patrimonio material e inmaterial del pueblo mexicano ayuda a morigerar la formación de corrientes adversas de opinión sobre México. La cultura es su mejor carta de presentación frente al mundo.

Huapango II, óleo/tela, 120 x 100 cm, 2013. Margarita Chacón

Huapango II, óleo/tela, 120 x 100 cm, 2013. Margarita Chacón

Si bien es cierto que el diplomático debe salvaguardar y matizar la imagen que se forma en el exterior de su propio país, también es igual de cierto que no puede cambiar la realidad a partir de una campaña publicitaria o una estrategia de relaciones públicas. Sin embargo, sí puede convocar a la reflexión y al debate objetivo de ideas para ampliar el abanico temático y de conceptos que se tiene sobre la nación a la que representa. De ahí que la diplomacia cultural tenga entre sus cometidos cambiar percepciones para motivar sensaciones y con ello modificar los imaginarios que justa o injustamente se forman acerca del país. Estamos hablando de un medio que no solo proyecta lo propio sino que abre canales de interlocución y diálogo con otros pueblos, poniendo frente a frente idiosincrasias, lenguajes, patrones civilizatorios y formas de convivencia.2
Frente al momento actual, que ciertamente es desalentador, los representantes y agregados culturales de cada embajada deben coadyuvar para que los ciudadanos extranjeros reflexionen y amplíen su visión de México; el país va más allá de sus problemas, de la grave crisis de seguridad por la que atraviesa desde hace una década, de los altos índices de pobreza o de sus déficits institucionales. Bajo esta tónica podemos apelar a sus costumbres, valores sociales y grandeza cultural. Históricamente, no es la primera vez que vivimos una coyuntura crítica. A diferencia del pasado, en un mundo tan interconectado como el actual, hoy día es más asequible aprovechar las ventajas del exterior –como la cooperación internacional en sus múltiples áreas– para superar las dificultades y los retos que hay por delante.

México puede verse en el espejo de Sudáfrica, India, Brasil, Perú o Indonesia: naciones que arrastran problemas atávicos, desigualdades tremendas, pobreza y actividades criminales transnacionalizadas que socavan el Estado de derecho. No obstante, al igual que estas naciones, también cuenta con un reservorio de potencialidades y ventajas comparativas, hasta de orden geográfico, que le permiten sortear los problemas y explotar los beneficios de lo que Anthony Giddens llamó “un mundo desbocado”. La cultura es una de ellas. Nuestro país cuenta con paisajes majestuosos en todas sus regiones, excelsas gastronomías locales, variopintas manifestaciones estéticas, delirantes fiestas populares que resaltan por su colorido y fusión de tradiciones, innumerables sitios de interés histórico y museos de sitio, así como con ciudades modernas y cosmopolitas que resaltan a escala global.

Ahora bien, en el plano interno, la creación de la SC se presta para replantear las estrategias de promoción turística, educativa y artística de México. A pesar de los enconados debates que sopesaron los pros y contras de la decisión presidencial que instauraba una nueva dependencia, al final, después de muchos años, se cumplió con un viejo anhelo de la comunidad intelectual y el colectivo artístico; también podemos recalcar que el Estado mexicano reafirmó su interés en el apoyo a la infraestructura de bienes y servicios culturales, una de las más reconocidas y desarrolladas en América Latina. El hecho de que la nueva instancia ya no dependa de la Secretaría de Educación Pública le da un mayor grado de autonomía e interlocución a su titular. Ello, por ende, facilitará el trabajo con otras áreas de la administración pública federal. La SC, como antes el Conaculta, determina los contenidos y las pautas para difundir en el extranjero el trabajo de artistas y creadores, tanto populares como de vanguardia. Recordemos que no es igual la difusión cultural entre particulares que aquella que se realiza desde el Estado con fines de interés público.

Pensémoslo hipotéticamente: si el Museo Soumaya de Carlos Slim montase en Madrid o en alguna otra capital europea una exposición que sea parte de sus labores de mecenazgo y promoción de los nuevos valores en las artes plásticas mexicanas, se trataría de una estrategia para mantener la buena imagen corporativa de las empresas y la figura del citado magnate; como agregado, un evento así alivia el prestigio y recuerda la presencia de México en el mundo gracias a su cultura. Por otro lado, la promoción que haga la embajada de esos mismos artistas o de una feria gastronómica sobre comida oaxaqueña se enmarca bajo una óptica distinta: los artistas fueron “palomeados” por la SC –quizá como becarios del Fonca– y el evento culinario tiene al gobierno de Oaxaca en calidad de patrocinador. En el segundo caso se aspira a que dichas acciones favorezcan el turismo pero también el interés foráneo sobre el lado más humano del país: ya no sería una decisión que encierre primordialmente fines privados. Se trata, entonces, de un acto de diplomacia pública donde el campo cultural aparece como mecanismo privilegiado para elevar y vender la imagen de México.

Enui, óleo/tela, 40 x 40 cm, 2009. Margarita Chacón

Enui, óleo/tela, 40 x 40 cm, 2009. Margarita Chacón

El turismo en sus diferentes clasificaciones –desde el más comercial y “playero” hasta el más refinado, como el enológico en el Valle de Guadalupe–, la comercialización de artesanías, la organización de festivales, las becas para creadores, el intercambio internacional de estudiantes y profesores y la realización de numerosos actos recreativos dentro y fuera del país, no sólo delatan la relevancia que toma la cultura en la ruta de tareas económicas, educativas, diplomáticas y de desarrollo regional. También contribuye al funcionamiento conjunto de los tres niveles de gobierno y sus instancias ejecutoras, como las dos mencionadas secretarías de Estado.

En ese sentido sería importante considerar la propuesta de Carlos Ortega Guerrero sobre la pertinencia de capacitar al sector diplomático-consular del Servicio Exterior Mexicano (SEM) encargado de las relaciones culturales en la Cancillería.3 Una labor como la que sugiere el aludido escritor –que en algún momento de su trayectoria representó a México en el extranjero– significaría un mayor grado de colaboración académica y administrativa entre la SRE y la SC. Esto no quiere decir, desde luego, que no existan funcionarios de carrera que hayan dedicado buena parte de su trayectoria a la diplomacia cultural. Quienes han optado por este camino profesional al interior del SEM son casos excepcionales cuyo ejemplo debería ser alentado por medio de la especialización y el adiestramiento institucional en la materia.

Las agregadurías culturales usualmente quedan a cargo del personal de carrera del SEM, el cual, si bien fue formado en el Instituto Matías Romero y ha trabajado fuera del país, no necesariamente está familiarizado con la gestión del arte, el mundo de las letras, la cooperación cultural, los menesteres editoriales o la difusión científica. Del lado contrario, cuando no son diplomáticos profesionales sino designaciones políticas, tenemos a reconocidas figuras académicas e intelectuales que sexenio tras sexenio se integran temporalmente en una representación pero carecen del background necesario en el ámbito diplomático. Con el propósito de solventar estas carencias en ambos lados de la ecuación es necesario que se vinculen profesionalmente los dos campos para la creación de sinergias.

“La promoción de la cultura es cara”, afirma Luz Elena Baños Rivas. Es obvio que una empresa de tal envergadura –que financie e instruya diplomáticos, promotores, gestores, artistas y creadores– implica un sustancial desembolso pecuniario. Escatimarlo sería mezquino: se trata de una inversión en capital humano que podrá combinar experiencia y conocimiento con metas de política exterior. Bajo la dirección y el desempeño de personas previamente capacitadas y compenetradas en el tema, la proyección de nuestros valores y activos materiales e inmateriales amerita un espacio presupuestal que refleje los esfuerzos interinstitucionales del Estado mexicano. La mencionada internacionalista opina que los países que ponderan la cultura

como un instrumento de alta efectividad política la dotan de recursos adecuados y de profesionales que la operen; junto con la cooperación internacional, son tareas de expertos, de equipos interdisciplinarios, planeadores estratégicos, alta tecnología, infraestructura adecuada, comunicaciones avanzadas e inversiones considerables.4

Tanto en las políticas culturales como en las internacionales, México se ha hecho de un renombre que sería positivo actualizar en el presente y proyectar hacia el futuro como dos tradiciones estatales que ameritan su continuidad.

En tiempos de crisis por la situación interna y de incertidumbre por la cambiante dinámica global, el trabajo conjunto entre la SRE y la SC puede modificar la imagen que se tiene del país gracias al talento creativo de nuestros artistas, a la circulación de “cerebros” o vinculando la capacidad productiva de comunidades e individuos con los mercados y las industrias culturales, cuyos ingresos no son nada desdeñables.5 Los problemas que cercan la realidad nacional merecen una solución holística que articule el empeño de todas las dependencias, creando vasos comunicantes entre la diplomacia pública y los recientes cambios en el sector cultural. Ambas esferas son imprescindibles en la búsqueda de soluciones. Con la primera aprovechamos el contexto internacional, con la segunda fortalecemos la cohesión social. Sus costumbres, patrimonios y riquezas le confieren a México la posibilidad de promoverse en la globalización, más allá de los acuerdos comerciales que hacen de su economía una de las más abiertas. Dichos elementos son reafirmación de una identidad propia, posibilidad de diálogo con otros pueblos y puente entre la cultura y la economía.


1Carlos E. Mainero, La administración pública mexicana, México, Conaculta, 2000, p. 29.
2 Luz Elena Baños Rivas, “Retos de la diplomacia cultural del siglo XXI. Apuntes para una revisión crítica”, en César Villanueva Rivas (coord.), Una nueva diplomacia cultural para México, México, UIA, 2015, pp. 43-44.
3 Carlos Ortega Guerrero, “La cultura como ámbito e instrumento de las relaciones internacionales de México”, en Revista Mexicana de Política Exterior, núm. 85, febrero 2009, pp. 195-206.
4 Baños, op. cit., p. 41.
5 De acuerdo con un reciente informe de la UNESCO, el campo de la cultura y la creación artística representan el 3% del producto interno bruto mundial y proveen de empleo a 29.5 millones de personas en el planeta, más que el sector de telecomunicaciones. Asimismo, dice el citado documento, “los ingresos de las industrias culturales y creativas (publicidad, arquitectura, edición, videojuegos, música, cine, prensa, espectáculos, televisión y artes visuales) representan 2.25 billones de dólares, más que toda la rama automovilística de Europa, Japón y Estados Unidos”. La Jornada, 4 de diciembre de 2015, p. 7a.

Luis Ángel Bellota

Luis Ángel Bellota

Historiador por la Universidad Iberoamericana y pasante de la Maestría en Estudios Latinoamericanos por la UNAM. Investigador del área de Desarrollo Regional del CESOP de la Cámara de Diputados.
Luis Ángel Bellota
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