Claves políticas de una negociación económica

febrero 25 2019

Parecía que el presidente Enrique Peña Nieto terminaría con cierto decoro su administración, pero el momento de la firma del T-MEC se vio enrarecido por la negativa de Justin Trudeau de posar con el acuerdo ante las cámaras a la par de los otros dos mandatarios. El mexicano intentó hacer notar al canadiense su distracción, pst… Justin, y con un gesto infantil levantó su documento como para que el otro hiciera lo propio, pero obtuvo una sonrisa sardónica. Un Peña Nieto decepcionado azotó la carpeta con el documento sobre la mesa. Ni siquiera, el resultado aceptable de la renegociación del TLCAN le permitió lucir en el último día de su administración.

Sin embargo, es importante preguntarse qué explica el desaire de Trudeau. Evidentemente, asumo que no olvidó hacerlo y fue un gesto que tuvo el propósito de mostrar inconformidad. Quizá le desagradan demasiado Trump y Peña Nieto, pero descarto que el premier canadiense lleve al plano institucional sentires personales. Entonces, ¿por qué habría de estar inconforme si al final de cuentas el T-MEC resultó mucho mejor de lo esperado y se erige como un acuerdo ganar-ganar-ganar? Desde la óptica de las ganancias absolutas y del comercio internacional el resultado no es malo, acorde con algunos especialistas, incluso se puede afirmar que se ha salvado el libre comercio. Si no es la economía, busquemos la respuesta en otro lado, tal vez la respuesta se halla haciendo una lectura en clave política del T-MEC.

Trilateralismo

El trilateralismo en América del Norte ha sido una ficción o en el mejor de los casos una aspiración. En la región impera la lógica del doble bilateralismo: relaciones Canadá-Estados Unidos, México-Estados Unidos. Esto no sólo se observa en el comercio, donde la relación entre Canadá y México es muy menor respecto a la que tiene cada uno con el vecino en común, sino también en asuntos políticos como lo fue la renegociación del TLCAN. Aunque en muchos sentidos fue trilateral, las claves las marcó el bilateralismo.

En octubre de 2017, se abrió la posibilidad de que el TLCAN se desarmara en dos tratados bilaterales. Después de sostener reuniones con Trump, Trudeau declaró que Canadá tenía que estar “listo para cualquier cosa”;1 expertos canadienses ya opinaban que era mejor negociar bilateralmente, porque sus asuntos son muy diferentes a los de México.2 Esto sin duda envió señales de alerta a México, Ottawa velaría por sus intereses por encima de un ideal trilateral, por lo que México no dudó en proceder exactamente de esa manera.

A fines de agosto, se anunció oficialmente el Acuerdo Comercial entre Estados Unidos y México. Canadá había sido excluido con la aquiescencia del socio latinoamericano. En ese momento la Casa Blanca le dio tan sólo una semana a los canadienses para unirse al texto; era prácticamente un tómalo o déjalo. Para hacer un poco más digna su entrada al acuerdo y con ello salvar el trilateralismo, Canadá aceptó el texto un mes después y logró mantener el Capítulo 19, sobre solución de controversias.3 Washington impuso su poder y la Ciudad de México siguió su interés de privilegiar la relación con la gran potencia, como lo hubiera hecho el gobierno de Trudeau, en cuyo caso Peña Nieto hubiera sido el inconforme en la foto de Buenos Aires.

Elevación del contenido regional

La concepción trumpiana del “America First” explica en gran medida la elevación de las reglas de origen para la industria automotriz en América del Norte, que de 62.5 % pasa a 75 %. Lo anterior quiere decir que para que un automóvil sea considerado como fabricado en la región, y por lo tanto esté exento de impuestos al comercio, debe estar conformado en un 75 % por componentes norteamericanos.

Sin embargo, para evitar que esta medida beneficie más al país que ha desarrollado mayores ventajas competitivas en la industria automotriz de la región –es decir México–, el gobierno estadunidense estableció que el 40 % de los autos ligeros y el 45 % de los vehículos pesados serán producidos en zonas donde los salarios son mayores a 16 dólares por hora, es decir en su territorio. Aunque estemos todavía en el terreno del libre comercio, las anteriores medidas guardan un tufo de proteccionismo y nacionalismo.

La elevación del contenido regional conlleva un fenómeno conocido como desviación del comercio. Estados Unidos está redirigiendo la producción y el comercio hacia América del Norte, y no lo hace mediante un criterio de eficiencia económica, sino por una decisión política. Así también, Trump redirige los flujos de inversión hacia su país. Al obligar que el 40 % de un auto sea producido en Estados Unidos, está regresando esos empleos que el infausto TLCAN –para él– trasladó a México en décadas pasadas. La desviación del comercio y la relocalización de la producción son acciones que podrían atentar contra el sistema multilateral de comercio y pueden provocar elevación de precios. America First y el mundo después.

Octavio Urbina

Paleta marina altamar verde, óleo sobre madera, 32 x 38 cm.

China en América del Norte

Una de las nuevas provisiones del T-MEC es el artículo 32, que compromete a los firmantes a no negociar acuerdos comerciales con economías que se estimen no sean de mercado. Esta disposición constituye una afrenta a la soberanía de Canadá y México, porque limita la autonomía de sus políticas exteriores y comerciales, en particular su margen de acción en sus relaciones con China.

Usando el argot del realismo político, Estados Unidos actúa para mantener el balance de poder a su favor. Así se observa con la desviación del comercio hacia América del Norte promovida por la elevación del contenido regional y, desde luego, también con el artículo 32, que se presenta casi como una explícita prohibición para realizar un acuerdo comercial con China. Con todo y sus riesgos y desventajas, bien se ha apuntado que el país asiático es una “pieza fundamental para reducir la dependencia (y vulnerabilidad) de México respecto a Estados Unidos”, y lo mismo aplicaría para el país de la hoja de Maple.4

Así pues, en tiempos de guerra comercial entre las dos grandes potencias, con el T-MEC, Canadá y México quedan ineludiblemente alineados con su vecino, cualquier acercamiento con China será visto con aún más desconfianza por Estados Unidos. Esta es una de las claves políticas del nuevo tratado.

Aunque, desde los tiempos de su campaña presidencial, Donald Trump renegaba, o quizá no comprendía, el papel hegemónico de Estados Unidos, está claro que ha capitalizado en el corto plazo ese rol.5 Bajo el amparo de su poderío, presionó para la renegociación del TLCAN, cuyo resultado tiene impactos globales, pero a nivel regional constituye un amargo recordatorio de que Washington no solamente dicta la agenda, sino que impone condicionantes estructurales de peso en las políticas internas y exteriores tanto de Canadá como de México, quienes en varias ocasiones son simplemente relegados a adaptarse o morir, y a recurrir a su derecho a disentir como lo hizo Justin Trudeau ante las cámaras en Buenos Aires.

 

1 On NAFTA negotiations, Trudeau says Canada has to be ‘ready for anything’, CBC News, 11 de octubre de 2017, en https://bit.ly/2W9efEO

2 Canada, United States will focus on bilateral NAFTA negotiations, The Globe and Mail, 15 de febrero de 2017, en https://tgam.ca/2S0aUJ9

3 Aunque es probable que México y Estados Unidos sacaran intencionalmente el mencionado capítulo para que Canadá solicitara su reinserción y con ello presentara ante su público una victoria, aunque raquítica.

4 Luis Miguel González, USMCA: en este club no cabe China, ¿Qué haremos?, El Economista, 03 de octubre de 2018, en https://bit.ly/2R3d6yV

5 Cabe recordar que la hegemonía implica legitimidad, aspecto que ciertamente el presidente Trump ha desgastado de manera importante ante los aliados de Estados Unidos.

Miguel Sigala Gómez

Miguel Sigala Gómez

Profesor del Centro de Estudios sobre América del Norte, de la Universidad de Guadalajara.
Miguel Sigala Gómez
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