Arriba, patrias de la tierra la globalización nacionalista

febrero 25 2019

En el epílogo de su obra seminal Naciones y nacionalismo, Eric Howsbawn llegó a afirmar que el nacionalismo como ideología se encontraba en decadencia y la evolución de la historia lo condenaba a ocupar un puesto crecientemente marginal como instrumento de movilización y de actuación política; el que fuera gran renovador de la historiografía británica y uno de los más significados historiadores del siglo XX reformulaba una idea ya común en un Occidente donde el estruendo de la demolición del Muro de Berlín se mezclaba con las fanfarrias de la triunfante globalización.1 Uno de los máximos analistas de ésta, Manuel Castells, centralizó en El Poder de la Identidad –segundo volumen de su influyente trilogía La Era de la Información– el ejercicio de desmontaje del nacionalismo;2 éste se encontraría irreversiblemente condenado por la propia difuminación del poder de los Estados, el gran invento político de la contemporaneidad, y por la disminución de la trascendencia de la fidelidad nacional del individuo como ciudadano; en su lugar, ésta sería una más entre la multiplicidad de identidades alternativas –de género, de tendencias sexuales, de pasiones deportivas, de gustos artísticos– que ocuparían su anterior puesto hegemónico de forma simultánea y concurrente en la sociedad de la era digital. Un cuarto de siglo después se ha comprobado hasta qué punto tales apreciaciones y profecías fueron erradas, equiparándose a teorías fallidas como las del fin de la historia o el choque de civilizaciones.

Tres décadas después del fin de la Guerra Fría, frontera simbólica y puerta de paso al mundo globalizado, el nacionalismo no solo negó su desaparición sino que es instrumentalizado de una forma más intensa y compleja, extendiendo su presencia desde Estados neoimperiales a pueblos sin Estado, o siendo utilizado por comunidades tradicionales y nuevas tribus urbanas, religiones diversas, pueblos multiétnicos e incluso corporaciones virtuales. Muy lejos de acabar con él, la globalización ha ayudado a extender e intensificar el peso del nacionalismo. Esta globalización nacionalista no ha sido inocua, sino que ha venido emparejada con dos fenómenos potenciadores: la desaparición de la identidad de clase como instrumento movilizador y elemento analítico, y la adaptación expansiva e irreflexiva del pensamiento postmoderno, lo que ha supuesto un triunfo de la subjetividad y del individualismo. Sin ideologías omnicomprensivas ni una filosofía histórica que explique el camino racional de la civilización, el sentido gremial del individuo ha encontrado en la exaltación conmovedora y la adscripción emocional el modo de vinculación comunitario y el sistema de referencias explicativo del mundo en el que transita. El iluminador siglo XVIII se ve superado, anulado y negado por el siglo XXI: la postmodernidad ha conducido a la post-razón y la post-verdad.

El título de este artículo, sin ningún afán provocador, transforma con una sola letra el verso de Eugène Pottier que abría el himno con el que obreros de todo el mundo manifestaron la superación de las banderías burguesas: La Internacional. Pero ya pronto el austromarxismo –en especial Otto Bauer– reconoció que hasta los proletarios más comprometidos acababan teniendo patria y la trágica Gran Guerra decantó definitivamente el fracaso de borrar fronteras y arriar banderas. De igual forma, un siglo después, las expectativas generadas por los procesos globalizadores no sólo fracasaron en su intención consecuente de condenar al ostracismo de los libros de historia al nacionalismo, sino que le han dado nuevos medios de actuación y nuevas legitimidades de representación.3

El nacionalismo como religión cívica

Ya en plena Revolución Francesa –especialmente tras la entronización de la Diosa Razón el 20 de brumario (10 de noviembre) de 1793 y su consagración en Notre Dame– se desarrolló un vínculo afectivo entre el nacionalismo y la religión. Convertidos los altares cristianos en escenarios de oscurantismo y superchería, la nueva carga afectiva que sirvió de urdimbre a la reciente República fue la principal consecuencia de la proclamación de la soberanía nacional: en respuesta al apoyo de cada uno de sus miembros, el Estado transformaba la anterior figura de siervo/vasallo y lo ascendía a la categoría de ciudadano. La nación procesionaba a hombros de la ciudadanía.

Este ascenso no fue en absoluto gratuito, pues la nación fue engalanada con los laureles de los antiguos monarcas absolutos y su sostenimiento exigió de prestaciones contributivas sostenidas, tanto a través de impuestos como de exigencias personales que, en caso extremo, podría exigir el sacrificio de la propia vida. Para alcanzar un grado de apoyo semejante fue necesario un ejercicio permanente de construcción nacional –a través de elementos simbólicos, rituales y emocionales, además de la educación y los medios de comunicación–4 que no solo hiciera partícipe a cada ciudadano del sostenimiento y desarrollo de la nación, sino que le hiciera albergar un sentimiento de pertenencia afectiva y entrañable vinculación familiar. Tanto las ceremonias y rituales (alcanzado el paroxismo con las “procesiones cívicas”) como los panteones modélicos (sustituyendo los santos por los héroes) copiaron los sistemas de vinculación comunitaria de la religión. La consecuencia de todo el proceso fue alcanzando su madurez de forma paralela al desarrollo del Estado liberal a lo largo del siglo XIX, con grandes diferencias de unos países con otros, a consecuencia de las peculiaridades propias de cada comunidad nacional que, lejos de uniformarse, se esforzaba en diferenciarse crecientemente respecto al país vecino.5

Octavio Urbina

Sargento 1° Capultepec, óleo sobre tela, 40 x 30 cm.

Nacionalismo y religión

La verdadera religión no fue ajena a este proceso y pronto descubrió que, en lugar de enfrentar la competencia afectiva, ambas identidades podrían vincularse con enormes ventajas en su retroalimentación. Si ya los príncipes del renacimiento descubrieron las grandes posibilidades de las Tesis de Lutero para el fortalecimiento de sus monarquías, y los reyes católicos del siglo XVIII reivindicaron su autoridad para conformar Iglesias nacionales, no fue hasta un siglo después cuando se vieron las capacidades sinérgicas de la suma de la religión y el nacionalismo. Las ceremonias religiosas acabaron siendo presididas por las autoridades cívicas, las vírgenes y santos enarbolaban la bandera nacional (llegando a convertir a una virgen determinada en símbolo de la nación) y en el panteón nacional de los héroes se incluían santos y mártires en armonía de las virtudes nacionales. De las creencias a la aplicación política de dicha vinculación, una gran variedad de regímenes políticos –más abundantes cuanto más conservadores– utilizaron de una forma u otra las bendiciones de una jerarquía eclesiástica que, a su vez, recibía beneficios directos de su cercanía al poder.

Esta vinculación no se produjo exclusivamente en el mundo occidental de base cristiana. Ya a finales del siglo XIX, judíos de los cinco continentes utilizaron la religión para crear el sentimiento de una comunidad única –que a todas luces todavía no existía–, identificarla como comunidad nacional y, tras el final de la Primera Guerra Mundial, reivindicar un “territorio nacional” en el antiguo Israel bíblico, que acabaron consiguiendo tras el final de la Segunda y la dramática catástrofe que fue el holocausto. El proceso emancipador que siguió al final de la Segunda Guerra Mundial hizo que, a pesar de una teórica separación entre Estado e Iglesia en las nuevas repúblicas, se reforzaran las identidades nacionales con aspectos étnicos y sobre todo religiosos; primero para diferenciarse explícitamente de la identidad de la metrópoli y, segundo, una vez conseguida la independencia, marcar las diferencias con los Estados vecinos.6

Esta práctica se produjo incluso donde la religión constituía un elemento de vinculación transfronteriza, siendo en los nuevos Estados con poblaciones musulmanas el caso más paradigmático. Las fronteras coloniales fueron mantenidas tras las independencias por unas élites políticas que habían utilizado la religión como elemento de radical oposición a la metrópoli y –con el respaldo de las máximas autoridades clericales– vertebrar una suerte de corrientes nacionales dentro de la gran Umma. Fue contra esta creciente fragmentación de base nacionalista contra la que reaccionó la Yami’at al-Ijwan al-Muslimin (Comunidad de los Hermanos Musulmanes) y posteriormente la expansión del wahabismo; esta ideología, que a lomos de los petrodólares saudíes trató desde los años setenta de materializar el panarabismo, encontró sus mayores enemigos no en territorios de Estados cristianos (como las repúblicas asiáticas de la antigua URSS y buena parte de los países de Europa, donde se construyeron un gran número de mezquitas con ese dinero) sino en los mismos Estados islámicos, que interpretaron su actividad como un ataque a la identidad nacional (desde Marruecos hasta Indonesia).

Nacionalismo, identidad y globalización

“Who are you?”, grita Roger Daltrey en la mítica canción de The Who que ha vuelto a hacer célebre una galardonada serie televisiva sobre criminalística (y que por las fuerzas policiales de medio mundo es tenida como una maestría para delincuentes). “¿Quién eres tú?” es la pregunta que se encuentra detrás de las apelaciones a la movilización de las generaciones del selfie y los perfiles en las redes sociales, de la instantánea comunicación intrascendente, del turismo de masas, de las comidas multiculturales y de las “músicas del mundo”. La sobreexposición individual que enfatiza los aspectos superficiales, el intercambio deslocalizado de olores y sabores,7 las ideas –a menudo resumidas en meros clichés estereotipados– barajadas y descontextualizadas han generado un puzle psicodélico con muy difícil orientación y menor capacidad comprensiva.8 En el periodo de máxima ostentación de la individualidad, la identidad se ha convertido en un problema ontológico.

Cuando al comienzo de la última década del siglo XX el sociólogo británico Mike Featherstone editó Global Culture –un conjunto de ensayos de distintas áreas de conocimiento– se pensaba que la globalización conduciría a una suerte de homogenización cultural y, en consecuencia, a la mayor pérdida de peculiaridades y hábitos culturales, pero también a la superación de prejuicios y discriminaciones, falsedades y supercherías.9 Ni los primeros temores se materializaron ni mucho menos se alcanzaron tan altos logros;10 muy al contrario, el triunfo del individualismo, la interculturalidad y el subjetivismo han acabado produciendo una pérdida de identidad colectiva y una sensación de orfandad social que ha reactivado las respuestas telúricas más directamente relacionadas con la pulsión emocional y la reacción primaria.

Este proceso ha llevado a la búsqueda de vinculaciones afectivas a la comunidad –mejor cuanto más amplia y homogénea– y a la aceptación de explicaciones omnicomprensivas –mejor cuanto más sencillas y contundentes–. Al igual que la religión,11 el nacionalismo reúne

ambas dimensiones y las envuelve además en una doble perfectiva: histórica, al reinterpretar el pasado como una explicación completa del presente –sea este triunfal o victimista;12 y emocional-afectiva, al recoger al individuo en el interior de una comunidad establecida, dotarle de una identidad históricamente proyectada, protegerlo y prometer la solución de sus problemas, señalando enfáticamente la culpabilidad de estos problemas en unos “otros” ante los que hay que posicionarse y movilizarse.13 Las razones argumentadas no tienen por qué estar basadas en elementos tan cuestionables como la realidad y la verdad, sujetas a una interpretación dogmática que no admite contestación. Esta es la causa de la directa y mutuamente enriquecedora vinculación entre nacionalismo y populismo en la era de la post-verdad. Las razones que ha motivado el retorno triunfal del nacionalismo garantizan una continuidad indefinida, pero en absoluto suponen una garantía de triunfo definitivo.

La era de líderes fuertes, que desprecian la razón envueltos en sus banderas, hermana a Trump con Putin y a Maduro con Bolsonaro. El periodo de las reivindicaciones “legítimas” de los nacionalistas subestatales, pueblos oprimidos, comunidades fragmentadas y colectividades perseguidas encuentra en la policromía de las banderas exhibidas en Instagram y los perfiles de Facebook el eco atronador de sus razones históricas (aunque hayan sido confeccionadas en las últimas décadas, cuando no en los últimos años).14 La época en la que la emotividad legitima cualquier actuación y basa la acción política tarde o temprano chocará contra la colosal fuerza de la razón colectivamente alcanzada y asumida.

En la edad de la integración global, a la pregunta de quién eres, no puede haber una única, contundente y monótona respuesta. La identidad, como las libertades y los derechos, radican esencialmente en el ser humano, políticamente activo como ciudadano.

 

Octavio Urbina

Desnudame suavemente. Minimalista, óleo sobre tela, 49.5 x 59.5 cm.

 

1 Hobsbawm, E.: Nations and Nationalism since 1780. Programme, myth, reality; Cambridge, Cambridge University Press, 1990.

2 Castells, M.: The Information Age. Economy, Society, and Culture. Vol. II The Power of Identity; Oxford, Blackwell Publishing, 1996.

3 Erwin, A.: “Nationalism in a Globalized Era”, Westminster Journal (March 2017), https://bit.ly/2T4ShRv

4 Deutsch, K; Foltz, W. (eds.): Nation Building. Comparative Contexts; New Brunswick (N.J.), AldineTransaction, 2010.

5 Sepúlveda Muñoz, I.: Historia del nacionalismo; Madrid, Santillana, 1997.

6 James, P.: Globalism, Nationalism, Tribalism: Bringing Theory Back In; London, Sage Publications, 2006.

7 Ichijo, A.; Ranta, R.: Food, National Identity and Nationalism. From Everyday to Global Politics; Nwe York, Palgrave Macmillan, 2016.

8 Catarina Kinnvall: “Globalization and Religious Nationalism: Self, Identity, and the Search for Ontological Security”, Political Psicology, 25-5 (October 2004); pp. 741-767.

9 Featherstone, M.: “Global Culture: An Introduction”, Theory, Culture & Society, 7, 2–3, (1990), pp. 1–14.- Sobre el tema específico que nos ocupa, en ese mismo volumen ver entre otras la contribución de Johann P. Arnason: “Nationalism, Globalization and Modernity”, pp. 207–236.

10 Castells, M.: “Globalización e identidad”; Cuadernos del Mediterráneo, 5 (2005); pp. 11-20.

11 Borghesi, M.: Senza legami. Fede e politica nel mondo liquido; Milano, Studium, 2014.

12 Mock, S.: Symbols of Defeat in the Construction of National Identity; New York, Cambridge University Press, 2012.

13 Chernilo, D.: “Las relaciones entre nacionalismo y cosmopolitismo”; Papers, 100-3 (2015); pp. 303-324.

14 Arias Maldonado, M: “Nacionalismo, secesionismo y democracia”; Letras Libres (marzo 2018); https://www.letraslibres.com/espana-mexico/revista/nacionalismo-secesionismo-y-democracia

Isidro Sepúlveda

Isidro Sepúlveda

Doctor en Historia por la Universidad Nacional de
Educación a Distancia, España. Premio extraordinario de doctorado. Profesor Titular de Historia Contemporánea.
Isidro Sepúlveda

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