Un nuevo paradigma para el campo

febrero 7 2018

Todo campesino es un químico que sabe asignar los cultivos idóneos según la composición del suelo, y que transforma los frutos y la leche en vinos y quesos. Es también un biólogo, conocedor de la genética que selecciona las mejores semillas… y un meteorólogo que interpreta los fenómenos del cielo…”. Michel Hardt y Antonio Negri. Multitud1

Matrices de dos modelos agroalimentarios

Bajo los apremios de la sustentabilidad, la seguridad alimentaria y el combate a la pobreza en la sociedad rural, el patrón de agricultura industrial predominante, basado en el monocultivo, energías no renovables y la aplicación intensiva de agroquímicos bajo la lógica prioritaria de la ganancia, es cada vez más un modelo inviable e insostenible.

Al mismo tiempo que, bajo los cánones de dicho sistema se produce aproximadamente el 60% de los alimentos de consumo nacional y es la base de exportaciones agropecuarias relevantes, su aplicación en México está asociada a la concentración del sistema agroalimentario en unas cuantas empresas multinacionales (mexicanas y extranjeras) y a un impacto negativo multisectorial: degrada los ecosistemas, reproduce las asimetrías en el desarrollo regional y la polarización del ingreso en la población rural, privatiza bienes comunes y recursos públicos, contribuye al deterioro cultural y biodiverso de los territorios campesinos, explota bajo condiciones precarias a millones de niños, mujeres y hombres e incrementa los riesgos de salud con alimentos contaminados por el uso intensivo de agroquímicos y transgénicos en la agricultura.

En el futuro inmediato el reto para el campo mexicano es un cambio de paradigma agropecuario. No un regreso nostálgico al paternalismo improductivo, sino un cambio estructural apoyado en el empoderamiento organizado y en la iniciativa de millones de productoras y productores campesinos, enfocado a garantizar la alimentación de los mexicanos, conservar los ecosistemas y la biodiversidad, así como a generar empleo y combatir la pobreza en la sociedad rural.

El nuevo paradigma, para ser tal, ha de tener su centro en el reconocimiento de los derechos de las mujeres y hombres del campo como sujetos del cambio, como ocupantes de un territorio con derechos prioritarios sobre los recursos del suelo, energéticos, biológicos y genéticos; recuperar el carácter multifuncional de la agricultura (seguridad alimentaria, ingreso y empleo, medio ambiente, producir materias primas, etc.) y apoyarse con políticas públicas de mediano y largo plazo, gobernadas por los principios de sustentabilidad, inclusión y equilibrio sectorial y regional, donde la política agropecuaria se acompañe de políticas sociales y culturales ajustadas al nuevo paradigma.

Las piezas que desechó el modelo neoliberal

Condiciones fisiográficas y agroclimáticas en México determinan una vocación de los ecosistemas con potencial agrícola limitado. De 196.4 millones de hectáreas de territorio nacional continental, tan solo 27.4 millones (13.9%) constituyen la frontera agrícola, de las cuales 79.7% son tierras de temporal y 20.3% de riego; 109.8 millones tienen aptitud para la ganadería y aproximadamente 50 millones son bosques y selvas, los cuales, aunado a la topografía y a la variedad de climas, dan lugar a múltiples ecosistemas que convierten a México en un país megadiverso.

Por su parte, la estructura histórica de la propiedad agraria establece que 100 millones 141 mil hectáreas son propiedad social,2 lo que significa que más de la mitad del territorio nacional (51%) es propiedad de ejidos y comunidades agrarias, mientras que el 41% es propiedad privada. En la propiedad social, de los sujetos de derecho agrario, 74% son hombres y el 26% son mujeres, con una edad promedio de 60 años3, lo cual deja claro los procesos de feminización del campo y de su envejecimiento social.

Un buen resumen de las capacidades productivas de esta estructura agraria nos la brinda el Programa Sectorial de Desarrollo Agropecuario, Pesquero y alimentario 2013-2018:

En el campo mexicano existe un segmento comercial altamente competitivo con empresas que generan divisas por más de 20 mil millones de dólares anuales. En contraste, la gran mayoría de las unidades económicas rurales son de subsistencia o autoconsumo y no necesariamente alcanzan la producción mínima para la nutrición.
En nuestro país existen más de 5.3 millones de unidades económicas rurales de las cuales 3.9 millones (que representan el 72.6% del total) se caracterizan por ser de subsistencia o con limitada vinculación al mercado y presentan ingresos anuales netos menores a 17 mil pesos.4

Bajo estos datos duros y la racionalidad agroempresarial, los neoliberales condenaron la propiedad comunal y ejidal y toda la producción a pequeña escala: “Cerca del 80% de quienes producen en el campo poseen predios menores a cinco hectáreas, lo que implica que no cuentan con escala productiva y… no resultan rentables y por ende financiables…” Asimismo, este Programa subraya que la carencia de economías de escala genera “la falta de acceso a tecnologías (semilla, agroquímicos, maquinaria y equipo, etc.) y procesos de producción moderna”.5

El neoliberalismo procedió con el campo mexicano como Alejandro Magno con el nudo gordiano, cuando según la leyenda griega, en lugar de desanudarlo, lo cortó de un hachazo. Con la visión de construir un propietario individual “moderno”, con la ambición de ganancia como prioridad, los gobiernos neoliberales decidieron resolver el problema de la baja productividad del campo intencionando la destrucción de la propiedad social de la tierra y la cultura campesina e indígena, para lo cual se reformó la Ley Agraria en 1992, se desmantelaron las instituciones de apoyo (Conasupo, Fertimex, Banrural, etc.) y hasta las palabras ejido, comuneros y economía campesina fueron borrados de los programas de apoyo y de la terminología oficial.

Pero existen otros datos sobre la economía en pequeña escala que el neoliberalismo prefirió ignorar. Como apuntábamos, ejidos y comunidades son propietarios de más de 100 millones de hectáreas de vocación agrícola, ganadera y forestal, y que son la base cultural, social y económica de cerca de 5 millones de hogares campesinos, que producen, aun sin apoyos institucionales y muchas veces con tecnología rústica, el 40% de los alimentos que consumimos los mexicanos.

De acuerdo con la Sagarpa “México se ubica como cuarto productor mundial de alimentos orgánicos con 2.3 millones de productores y 169 mil hectáreas” y es primer lugar mundial en producción de café orgánico.

Además, en palabras de la Comisión Nacional para el Conocimiento y Uso de la Biodiversidad (Conabio), “nuestro país ocupa el primer lugar del mundo en el manejo comunitario de bosques certificados como sustentables, tanto en zonas templadas como tropicales” […].

Un dato importante es que más del 80% de los ecosistemas forestales, en los que se concentra gran parte de la biodiversidad, es de propiedad ejidal y comunal. Los habitantes de estas zonas son, en consecuencia, los dueños de una importante riqueza biológica…6.

Por su parte, la FAO sostiene

Nueve de cada 10 de los 570 millones de explotaciones agrícolas en el mundo están gestionadas por familias, siendo las explotaciones familiares el elemento predominante en la agricultura, y por lo tanto un agente para el cambio que puede ser decisivo para alcanzar la seguridad alimentaria sostenible y erradicar el hambre en el futuro.7

Digamos, en resumen, que ambos proyectos de desarrollo asumen las limitaciones de la economía agropecuaria en pequeña escala y de la agricultura familiar, pero el modelo neoliberal mexicano la condenó por inviable desde hace décadas, mientras que la nueva estrategia de agricultura biológica la convierte en el motor para resolver los problemas del campo.

El nuevo paradigma y la tercera revolución biotecnológica

La tercera revolución verde en la agricultura “deriva de la aplicación de un conjunto de tecnologías conocidas como ingeniería genética a la mejora de las plantas cultivadas. Su base científica es la genética molecular”.8

En un espectro más amplio pero en el mismo sentido, la biotecnología busca, mediante el uso de organismos vivos (microorganismos y sistemas biológicos), el control de plagas y enfermedades de plantas para generar alimentos saludables, eliminar la contaminación de los ecosistemas y generar cultivos más rentables.

Sabemos la manera en la que, en los mercados mundiales y en los organismos de regulación de patentes, se libra hoy una guerra poco visible para la sociedad, pero muy real entre poderosas corporaciones mundiales de los agronegocios y la industria química, por la apropiación de los recursos naturales y biológicos del planeta. “La tragedia de los comunes”, como diría Noam Chomsky en la UNAM, en su reciente visita a la Ciudad de México, es la expropiación de lo común por los monopolios privados con la anuencia tácita de los gobiernos nacionales.

La aplicación de la biotecnología y la ingeniería genética en la agricultura lleva consigo una revolución no solo en las nuevas tecnologías para producir, sino también en la manera de concebir la naturaleza, en las relaciones de intercambio comercial y social, en los hábitos de consumo, en los tratamientos de salud y, especialmente, y de manera inmediata, en los conceptos jurídicos de propiedad.

Digamos, en resumen, que ambos proyectos de desarrollo asumen las limitaciones de la economía agropecuaria en pequeña escala y de la agricultura familiar, pero el modelo neoliberal mexicano la condenó por inviable desde hace décadas, mientras que la nueva estrategia de agricultura biológica la convierte en el motor para resolver los problemas del campo.

El nuevo paradigma y la tercera revolución biotecnológica

La tercera revolución verde en la agricultura “deriva de la aplicación de un conjunto de tecnologías conocidas como ingeniería genética a la mejora de las plantas cultivadas. Su base científica es la genética molecular”.8

En un espectro más amplio pero en el mismo sentido, la biotecnología busca, mediante el uso de organismos vivos (microorganismos y sistemas biológicos), el control de plagas y enfermedades de plantas para generar alimentos saludables, eliminar la contaminación de los ecosistemas y generar cultivos más rentables.

Sabemos la manera en la que, en los mercados mundiales y en los organismos de regulación de patentes, se libra hoy una guerra poco visible para la sociedad, pero muy real entre poderosas corporaciones mundiales de los agronegocios y la industria química, por la apropiación de los recursos naturales y biológicos del planeta. “La tragedia de los comunes”, como diría Noam Chomsky en la UNAM, en su reciente visita a la Ciudad de México, es la expropiación de lo común por los monopolios privados con la anuencia tácita de los gobiernos nacionales.

La aplicación de la biotecnología y la ingeniería genética en la agricultura lleva consigo una revolución no solo en las nuevas tecnologías para producir, sino también en la manera de concebir la naturaleza, en las relaciones de intercambio comercial y social, en los hábitos de consumo, en los tratamientos de salud y, especialmente, y de manera inmediata, en los conceptos jurídicos de propiedad.

De cualquier manera, la tercera revolución está en camino y en el ámbito del derecho se están cimbrando los conceptos legales del bien común, propiedad, bien jurídico, invención, patente, reivindicación, entre otros, en virtud de que ha colocado a la materia viva como bien jurídico….9

Los cambios estructurales que requiere el campo mexicano para atender de fondo y a largo plazo los problemas centrales, como el combate a la pobreza, la seguridad alimentaria, la salud, la conservación medioambiental y la defensa del territorio, deben insertarse en esta nueva realidad de la agricultura biotecnológica mundial y de lucha por los recursos naturales y biológicos, pero dándole nueva fuerza a la propiedad social y colocando en el centro del sistema agroalimentario nacional a nuevos actores, a los pequeños productores y productoras, dueños de la mayor superficie agraria del país, de sistemas biodiversos, de tecnologías y conocimientos tradicionales básicos para una agricultura de bajos insumos agroquímicos.

Cuando hablamos de un nuevo paradigma no es solo una nueva tecnología. Es una propuesta estratégica amplia, social y colectiva, de procesos productivos innovadores en marcha, que nacen a partir de ciertos sectores de la sociedad rural y de las organizaciones campesinas e indígenas, pero que también gana partidarios entre científicos, centros de investigación y de educación superior, ONG, instituciones oficiales, en sectores de la iniciativa privada, en consumidores de mercados responsables, y que aspira a convertirse en el proyecto agroalimentario predominante en escala nacional.

El rol del Estado y las políticas públicas para el nuevo modelo

El papel del Estado y de las políticas públicas es primordial en el cambio de modelo agropecuario, pues es fundamental impulsar un conjunto de reformas legales con el nuevo enfoque de derecho, la planeación estratégica de largo plazo, los presupuestos multianuales, la focalización de los subsidios, la liberación del crédito y el fomento de la innovación tecnológica, entre otros “ajustes” al modelo imperante.

Asimismo, se requiere remodelar las instituciones responsables de las políticas agropecuarias para acompañar de manera efectiva los procesos del cambio. Para decirlo con las palabras del Centro de Estudios para el Desarrollo Rural Sustentable y la Soberanía Alimentaria (CEDRSSA), se requiere

…de una acción de rescate, casi propia de una economía de guerra, necesaria para propiciar una base mínima de sustentabilidad productiva, con apoyos en todos los puntos de la cadena, desde la producción primaria hasta medidas de protección frente a los oligopolios, acaparadores y pesadas estructuras de intermediación en la fase comercial….10

La base para que el campo adquiera nuevamente competencia y escala productiva no es abandonarlo. Es ajustar el marco normativo para regresar el apoyo institucional a los millones de las y los pequeños productores, recomponer el sistema ejidal y comunal dándole fuerza a su organización social y productiva, así como reestructurar la producción nacional para abastecer en primer lugar el mercado interno y fortalecer así nuestra soberanía alimentaria.


1 El libro Multitud, guerra y democracia en la era del Imperio, de Michel Hardt y Antonio Negri, no es una obra dedicada al estudio de la agricultura ni a la clase campesina; pero en la parte 2, capítulo I, pág. 131-158, se enfocan en el papel histórico de los campesinos en el cambio social y en el nuevo rol que podrían jugar en la posmodernidad.
2 Registro Agrario Nacional https://tinyurl.com/y7ozdez9
3 Encuesta Nacional Agropecuaria 2014. https://tinyurl.com/yd3yz25t
4 Programa Sectorial de Desarrollo Agropecuario, Pesquero y alimentario 2013-2018. https://tinyurl.com/ya8ce5nv
5 Ibid.
6 http://www.conabio.gob.mx/institucion/cooperacion_internacional/ doctos/dbf_mexico.html.
7 http://www.fao.org/news/story/es/item/260551/icode/.
8 Tayde Morales Santos y Agustín López Herrera, La propiedad intelectual en los tiempos de la Revolución Biotecnológica. Centro de Estudios para el Desarrollo Rural Sustentable y la Soberanía Alimentaria (CEDRSSA).
9 Ibid.
10 Estudios e investigaciones. Metaevaluación de Programas Sociales del Programa Especial Concurrente para el Desarrollo Rural Sustentable. Resultados Generales. México, 2008.

Jorge Arturo Luna

Jorge Arturo Luna

Asesor para Políticas del Campo en la Coordinación de Desarrollo Sustentable del Grupo Parlamentario del PRD en la Cámara de Diputados, LXIII Legislatura.
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