El chivo expiatorio de la contemporaneidad

diciembre 1 2017

Las crisis de la política son vistas, analizadas, generalmente, desde el enfoque socio- político, y desde ese punto de vista, estas crisis recurrentes, cíclicas, se han tratado no solo con amplitud sino con la suficiencia, la solvencia que han aportado las personas de mayor inteligencia y sabiduría.

Las explicaciones estructuralistas a las crisis que experimenta –de vez en vez, de tiempo en tiempo, de época en época– la política, son de la más variada naturaleza y de las más diversas interpretaciones. Desde muchos siglos antes con Solón, Platón, Aristóteles, Pericles, Séneca, Cicerón, Marco Aurelio, Maquiavelo, Hobbes, Locke, Descartes, Catalina la Grande, Voltaire, Rousseau, Kant, Moro, Olimpé de Gouges, Hegel, Marx, Bolívar, Jefferson, Napoleón, Indira Gandhi, Simone de Beauvoir y muchos otros extraordinarios pensadores, hombres y mujeres, que han hecho evolucionar el pensamiento de la humanidad desde el ámbito político.

Podríamos referir nombres y más nombres que han esclarecido las causas de los desequilibrios de las sociedades, pero que también han hecho diáfanas las explicaciones acerca de cómo se puede avanzar hacia la consolidación de sociedades de bienestar general y de impresionante desenvolvimiento del conocimiento científico. Precisamente por ello, la política es la actividad humana de mayor riqueza intelectual en lo que al desarrollo de las sociedades humanas se trata. Aristóteles identificaba y señalaba a los seres humanos como animales políticos; es decir, como seres que alcanzamos la condición de humanidad resultado de la política.

Pero la política la piensan, la practican, la desarrollan, las y los políticos, las mujeres y los hombres de Estado, pero más allá de ellos, la política es actividad esencial de filósofos, científicos, académicos, defensores de los derechos humanos, de los integrantes de las organizaciones no gubernamentales, de los integrantes de las organizaciones sociales, laborales, sindicales, gremiales, empresariales; de los jefes y comandantes militares (especialmente estos últimos); de los clérigos de cualquier religión, de los ateos, laicos; de los periodistas, los artistas, los creadores, etcétera. Es decir, la política es la actividad esencial de los seres humanos, cualquiera que sea su trabajo, y es la actividad fundamental que hace posible que las sociedades humanas persistan, y que algunas hayan alcanzado estadios superiores de desarrollo en la civilidad, la democracia, el bienestar.

Y si esto fuese verdad, entonces: ¿por qué tantas personas en el mundo repudian la política y la han convertido en la culpable de los males habidos y por haber en el mundo, en su país, en su región, municipio, grupo laboral, escolar, deportivo? ¿Por qué –aun tomando en cuenta la luminosidad, brillantez de los pensadores políticos– a la política se le ha identificado, antes como ahora, con los ladrones, los corruptos, los flojos, los ineptos, los ignorantes?

¿Por qué una mayoría de personas en México, y en muchos otros países, consideran que la política es una especie de plaga a la cual hay que exterminar, pues en la medida en que ello se lleve a cabo, en esa misma medida mejorarán las condiciones de vida de la humanidad? Estas son algunas de las grandes preguntas que debemos hacernos, y que seguramente pasará buen tiempo antes de que tengamos algunas respuestas más o menos satisfactorias. Por lo tanto, en este número de El Punto sobre la i tratamos de alentar la reflexión para aportar al encuentro de respuestas a estas interrogantes, presentes en las sociedades modernas. Con ello, queremos, modestamente, contribuir a reivindicar la política, en México y en otras regiones del Orbe.

En la Antigüedad, las enfermedades, las plagas, las pestes eran “explicadas” por el enojo, la molestia, la venganza de los dioses, en razón de haber sufrido estos una ofensa por las acciones de los mortales. Los Dioses proveen, pero también castigan según dicen la mayoría de los textos mitológicos o los escritos religiosos, y hubo un tiempo de terrible ignorancia que hizo que las sequías, las inundaciones, los sismos, la pobreza, la desigualdad, la enfermedad se entendieran como castigos divinos ante los cuales nada podrían hacer los individuos, tan indefensos como mortales.

Ahora, en este tiempo, aun permea la ignorancia, y hay personas, muchas, que seguirán culpando a los dioses. Sin embargo, hoy, la mayoría, ya no culpa a Dios (el que fuere) de la pobreza, la violencia, la inseguridad, la discriminación, el abuso, la desigualdad, que padecen; tampoco tienen en el seno familiar o en la escuela la explicación sociológica que, no hace mucho tiempo, construyó Carlos Marx, y que como teoría (materialismo histórico) explicaba todo lo que había pasado y lo que habría de pasar.

No. El asunto para la gente es más sencillo, y los culpables de su situación deben de ser personas “de carne y hueso”, mortales como ellas mismas, y, como ya no son tan útiles las brujas para explicarse la existencia de los desastres, y como tampoco lo son los apostatas, los infieles o los burgueses, entonces, ¡eureka!, se ha encontrado, con la imprescindible ayuda de los grandes medios de comunicación, a los grandes culpables de todos los males de México y de toda la humanidad; es decir, a los políticos, a la política, y de nueva cuenta, como en cada era, en cada época, se ha encontrado al chivo expiatorio de la contemporaneidad.

Pero como ha sucedido con los otros chivos expiatorios, este, el de ahora, la política, dejará de serlo transcurrido un tiempo.

 

Jesús Ortega Martínez
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Jesús Ortega Martínez

Fundador del Partido de la Revolución Democrática (PRD). Fue Presidente Nacional del Partido de la Revolución Democrática. Ha sido Diputado Federal y Senador de la República. Director General de la Revista El Punto Sobre la i
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